jueves, febrero 23, 2012

Aclarar para oscurecer - Revolución como artículo de fe


Israel Centeno






Una realidad ultra analizada reverbera y genera toda clase de sonidos; una bulla con pocas posibilidades de articulación armoniosa.   La enfermedad  y la muerte son temas comunes a nuestra naturaleza, pero leerlas dentro del contexto venezolano, determinado por el caudillismo y las tensiones que produce la polarización política, impone una mirada desaprensiva y poco especulativa.  La consigna girada desde el mando político de “la revolución” pareciera ser, siembra el rumor especulativo para cosechar victorias.
Se tienen muchas lecturas sobre enfermedad del comandante-presidente.  Sus posibles consecuencias y el desenlace de la condición que lo aqueja, determinan la bitácora de la dialéctica política con las más variadas interpretaciones; cada una pareciera más “creativa” que la anterior; desproporcionadas, distantes, irónicas, sarcásticas; se ha apelado a todas las figuras retóricas, a los guiños y al fastidio de un lenguaje oscilante y recurrente para tratar el meollo de la situación.   ¿Cuál situación?  ¿Cuál enfermedad? ¿Qué verdad estamos buscando? Vamos por la segunda operación del líder incuestionable del proceso, y navegamos sobre todas las contradicciones contempladas por el materialismo dialéctico. Somos asaltados por una certeza embarazosa al tratar de contestar las inquietudes expresadas en las preguntas que todo el mundo se formula: carecemos de elementos “fenomenológicos”: en castellano, un sencillo examen de patología y un parte refrendado por un médico, para establecer la verdad, pero desde hace tiempo, la verdad en Venezuela es un extravío más cercano al chisme morboso que a los hechos.
Los organismos de información del gobierno ejecutan el papel de una gran maquinaria de desinformación, cuyo único objetivo es diluir y dispersar cualquier posibilidad de constituir sin ambigüedades un hecho.  El asesinato de la verdad es el primer objetivo de un  propagandista;  plantar ideas y hacer que “las masas” actúen de acuerdo a los escenarios prefigurados por los operadores políticos, un fin.  El Ministerio Popular de Información de tal manera, deviene en el Ministerio Popular para la Desinformación y  la Propaganda. 
Alzarle el volumen al padecimiento del comandante presidente,  poner sobre las distintas capas de la realidad manipulada por la inmensa infraestructura propagandística del gobierno, echar mano a los resabios totalitarios usados por otras experiencias con el fin de preservar el poder,  pareciera ser la línea. Televisoras, radios, cadenas, guerrilla comunicacional y la exposición dramática de “las contradicciones calculadas” de los voceros de El Partido en las redes sociales,  tiene un predecible fin político y no la esperada función  informativa.  Un gobierno autocrático no informa, no dice la verdad; nadie  en su entorno goza de libertad  para expresarse con espontaneidad; incluso las desapariciones y los rumores sobre la muerte del líder, aunque parecieran una hipérbole paranoica de Orwell, son manipulados por "el líder".   Aumentar la estática y las versiones encontradas sobre un hecho, tienen un propósito: contaminar como se acostumbra, cualquier situación medianamente potable. Y tiene por objetivo  desplazar el interés nacional hacia donde lo  crea necesario y conveniente, “la revolución”, o el líder de” la revolución”.  
Haré un ejercicio para establecer una dinámica. El presidente, luego de injuriar, insultar y desatar otra oleada de odio montado a caballo sobre el antisemitismo, la homofobia y  el desprecio vulgar  hacia su contendiente,  nacido por la voluntad de tres millones de ciudadanos; desaparece y de inmediato se activan los rumores. Se apagan las luces en la rampa presidencial del aeropuerto, ruido en la Habana, voces en Caracas, viajes van, viajes vienen, los tubazos informativos que nacen de las aguas turbias, desmentidos oficiales, insultos y crispación, pero repentinamente cuando todo ya figura ser caótico, aparece, no grupo médico ni un especialista, sino el ausente y encarna  el diagnóstico, la dura verdad; restablece de un lado y del otro "el punto de orden" y  le otorga un sentido a la realidad distorsionada.
En todo el juego preliminar han sucedido dos cosas, se reacomodan las piezas a gusto de quienes ejercen la hegemonía informativa (propagandística) y se reordena el escenario; por ejemplo,  el interés y la esperanza surgidos por las elecciones  primarias de la oposición y el significativo número de votos obtenido, se desliza hacia la enfermedad, la muerte, la posible ausencia absoluta, el dolor y el desconcierto, la alegría y la esperanza o la anomia, la despedida, el recibimiento. El luto y la fiesta. Se trabaja duro para restablecer la empatía del caudillo con su pueblo.  Y es aquí, en este momento,  cuando sentimos que estas circunstancias humanas,  se transforman en un elemento distorsionador y supresor de la libre expresión.  Porque si la verdad no se puede expresar por la ausencia de elementos, ¿sobre qué tipo de libertades estaríamos hablando? ¿La libertad de un artículo de fe?   No existe la mentira, no existe la verdad y sobre esas piedras se fundamenta el juego político.
Desde los primeros años de “El proceso revolucionario” la baja notable o  la pérdida trascendente ha sido la medida de la verdad,  la imposibilidad de mensurar los hechos disueltos en la atmósfera conspirativa desde los subterfugios iniciales: el embaucamiento de Arias Cárdenas, pasando por los sucesos de abril del 2002, los subsecuentes capítulos de la opereta bolivariana y así, hasta la presente tragedia presidencial.

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