viernes, diciembre 20, 2013

Aventura del niño mosca de Casalta / Pittsburgh





Recuerda el sentimiento, una punzada escindiéndole las tripas, al otro lado de la calle continúa el tipo sentado dentro del Dart  dice S, comenzó a ponerse nervioso,  el tipo tiene binoculares, puede ser un pervertido, le responde F, ajusta la mirada a los cristales de sus lentes, yo los escuchaba desde el sillón tratando de no perderme a Meteoro,  ¿tú crees? El colegio queda a dos cuadras, el tipo mira hacia acá,  o hacia el piso de abajo, el hermano de Meteoro se peleaba con su mono y estan por bajar la bandera del Prix del Sahara, epa Israel porque no bajas y le das una vuelta al tipo del Dart, llévate la pelota y hazla rebotar unas cuantas veces en contra de la pared, fíjate si tiene un periódico doblado sobre el asiento del acompañante, mierda, justo ahora cuando la aventura del desierto comienza, me levanté sin un gesto en particular, fui al cuarto, tomé la pelota del rincón donde apilaba la ropa sucia, levanté el colchón de la cama, corroboraré si F no había descubierto mis Pent Houses,  cuando F se esconde en casa, acupa mi cuarto,  y me timbra que descubra que no he estado leyendo el librito  “La guerra prolongada”, del camaradacarajotocayomío,  me he estado fajando unas buenas pajas mirándole  el culo a Gloria Guida o imaginando un polvo con Elvirita, al volver a la sala les dije que deberían darme el 38, porque ya me estoy graduando de mosca, moscardón coño, sólo ve y lanza tu pelota contra esa maldita pared, salí dando un portazo que no estaba permitido en aquel guión de pionero, ¿ y qué si tenemos que sacar ese guacal de  israelíes automáticas? Me ladillaba profundamente la posibilidad de otra mudanza, bajé corriendo las escaleras dándole con la palma de la mano a las paredes de los descansos, daba trancos escandalosos y desordenados, en Propatria, desde hacía ratos los timbales sonaban con agua y barro, en Casalta apenas comenzaba la llovizna, vivíamos en la letra E de Elvirita, flaca y tremenda,  chocó contra mí o choqué contra ella, una colisión de hormonas, debí oler a mono y a pajas, a pajas Elvirita, unas dos o tres con tu nombre estampado a salivazos,  nuestros cuerpos jugaron en la entrada del bloque, era la danza del desencuentro morboso, silbado, con un montón de eses, así: sssssss haaaaraaaaaaa, cuidado que me unto, me mojo, acabo, apenas le rocé la cintura y traje de las memorias solitarias de un niño mosca una animación de ella desnuda,  al vuelo sobre mis caderas,  ooooo, entrar y salir al vuelo apenas tomando sus nalgas al aire, ingrávido, silabizando, eeee,  resistencia mulo, uuuuu, y con esa imagen la dejé en el bloque,  carne empapada, crucé al trote la calle, hice repicar mi pelota de goma contra la pared de friso crudo en donde se leía la pinta anaranjada: PUTA LA BOLIVAR, cada golpe contra el muro reverberó en mi cuerpo, mi cuerpo era un "La" sostenido por una erección inmortal entonces, arriba, vuela, arriba  un sonar de crispaciones me desollaba, aún en el carro estaba el hombre, aindiado, con el pelo negro, muy negro o pintado y sus lentes de sapo ¿o no? El viento recoge las hojas que no han amontonado  los barrenderos del parque, el otoño fue corto, las verjas de El Aviario resplandecen heladas, estoy escribiendo sobre Pittsburgh, algunas cosas sueltas que no terminan de cobrar forma, sería mi primera no ficción le dije a una de las pocas personas con quien intercambio ideas sobre mis proyectos,  alcanzo la iglesia y cruzo hacia el correo,  comienzan a caer copos de nieves del tamaño de unas obleas, hay que hacer un largo trecho hasta el río ¿paseo? mira que mis bolas son cuadradas, una jornada, la garganta se seca, la nariz rota, todo queda lejos, el siguiente paso es al más allá o Islandia, dos pasos, una jornada a Montana, la caminería del río es una mezquita en Esmirna, eso sucede en verano,  recurro al sentido de las marchas de supervivencia, cuento y marco el paso, el uno dos,  mientras cruzo bajo las bóvedas del PNC Park,  solo, la gente está en las tabernas o en los hoteles, solo,  a quién se le ocurre cruzar los témpanos de un capricho unicamente para alborotar sus velos, ni un pato habita el paisaje, las estatuas  gigantes de los jugadores de béisbol,  son de bronce y están a punto de sacarme del juego, sin necesidad de lanzar o batear la pelota, solo deben hacer valer el peso de la ausencia de vida, nada más,  en las galerías los bares están protegidos de la intemperie por ambientadores de vidrio, la hora feliz, la nuez, la barca, el silencio de la noche temprana,  el río es un gigante y corre hacia el oeste como un forajido, eso creo, al fin llego al pequeño bosque, los troncos de los árboles mudan la piel, el marrón pálido ha sustituido el color blanco de sus cortezas, elegantes,  estriados y rotos permanecen indiferentes a  mis calamidades de invierno, nobleza, es la palabra,  no soy muy dado a lo salvaje, pero debo tocarlos, sentir las cicatrices, sus costras, la tesitura de sus pieles encrespadas, sin hojas, acariciar las heridas del cruce de los vientos, en ese punto el hombre se quita los lentes y sonríe, muestra su dentadura manchada por el sedimento de la nicotina, lo veo claro, Elvirita, es tu  padrastro, no, no hay que salir disparando, literalmente, habría que darle un tiro por otras razones a esos copos perfectos que caen sobre mi cara y se disuelven en la corriente congelada donde flotan, sobre la espesura escarchada del Allegheney: los  trozos de hielo se llaman hielo, ni siquiera puedo nombrarlos para decir con nombre propio cómo se siente haberlos tocado, nombrar a  los árboles me convertiría en el plagiario de un cuento que no me toca escribir jamás.