miércoles, noviembre 22, 2006

El Guaguancó del Adiós



® israel centeno / editorial memorias de altagracia

a mi clase de cocina literaria de los martes la anoche del 21/11 cocinó dos o tres despechos literarios.


Hace unos cuantos años, ya muchos, yo estaba empatado con la negra Carrasco, una pantera elegante que vivía en Vista al Mar; no sé si ella fue mi primer empate, pero sí me enseñó a bailar salsa de una manera menos elegante, más pasional; a mí en verdad me gustaba su hermana, Daniela, que era una linda y tierna pecosa, tenía mirada de maluca y estaba de novia con Germán; flirtrear con ella podría significar unas punzadas en el pecho; sin embargo, yo me atreví a llevarme a Daniela al cine. Más tarde, ambas me tocaron El Guaguancó del Adiós y Germán me ofreció unos coñazos, nos estuvimos buscando y evitando en las bocacalles y en las escaleras, al final arreglamos el asunto porque, como decía el Sexteto Juventud, por una mujer no se va a la cárcel y los dos nos quedamos sin las hermanas Carrasco, una le dio empate al Niño y la otra se fue a estudiar a Margarita.

Me despechaba amargamente, hacía simulacros de suicidio lanzándome por las escaleras de San Pastor, volaba con los brazos en cruz como un aeroplano y apostaba que podía llegar hasta la casa de Charito sin partirme el cuello. También corría una Yamaha Enduro 80 y me bajaba media nevera de la parchita que preparaba El Médico Asesino en la calle Colombia. He comprendido que mi ángel de la guarda es meritocrático, eficiente y por lo tanto, efectivo. Pienso que cuando ya no tenga que encargarse de mi custodia, le darán un ascenso, me gustaría pensar que me extrañará y querrá que renazca en algún lugar, aún más loco de lo que fui cuando tenía rancho propio en Catia.

Aparecieron las Pepinas de la calle Ucrania. Eran dos hermanas gemelas, dos bellezas de los Alpes italianos, hijas de uno de los dueños de la ferretería Miramar. Eran tan altas y nosotros tan enanos que a veces hacíamos grandes esfuerzos para mirar sus ojos azules o tratar de oler la fragancia de sus cabelleras negras, muy negras. Por esas razones que le atribuyo a mi Ángel de la Guarda, terminé robándole un beso a una de las Pepinas; yo andaba dando vueltas con la Enduro, sin nada que hacer con mi vida sino dar vueltas, subir y bajar calles, apearme de la moto un rato a driblar una pelota debajo de un aro y volver a subir hasta que la veo y dejo de darle vueltas a la calle para darle vueltas a ella, convertido en un indio malo que acecha una diligencia solitaria en medio de un cañón de Arizona; ella no apresuró el paso, era tan alta y tan bella como las playmates de mis gloriosas pajas; la mareaba desde la moto y en una de esas hice como que perdí el equilibrio, traté de sostenerme con la pierna y dejé que se deslizara la máquina, parecía un patín sobre una pista de aceite. La Pepina dio una carrerita y se acercó “¿te pasa algo?” y yo, como Rodrigo de Triana, vi tierra, saqué la lengua y la traje sobre mí con un beso. Desde entonces comenzamos a salir.

Cuando las Pepinas estaban juntas yo les preguntaba ¿Quién es mi Pepina? Y ambas se señalaban entre ellas, al centro del pecho, tenían unas tetas generosas y firmes, más tarde me enteraría cuán rosados eran sus pezones y ésa sería la causa de mi desgracia.

Ellas jugaban conmigo, salía con una y con otra y siempre simulaban que sólo salía con una y me armaban escenas de celos. Siempre besitos, y manitos; a veces, muslitos, hasta que una de las Pepinas me permitió ganarle la partida, la toqué adentro, me fui a su carne, entré a su casa, nos besamos, nos desnudamos y nos hicimos el amor.

Fui feliz por pocas horas: esa noche Jorge tenía unos quince años y todos sudamos las paredes de esa fiesta. Hasta la negra Carrasco fue a la rumbella. Yo estaba sobrado, así me sentía, qué estupidez, digo ahora con la vida corrida, un hombre nunca debe sentirse sobrado con una mujer; pero entonces, estaba petulante y pagado de mi mismo, sonreía mucho y había crecido, era más alto que las Pepinas, el amor de la tarde me había dado el templón y me sentía muy grande. Bailé con Julieta y con Adriana; la negra Carrasco me negó una, dos, tres piezas, y yo, que se joda la Carrasco, pero no sólo la negra se negaba a bailar conmigo; las Pepinas me miraban mal, me hacían caritas y bailaban con Jorge o con el Niño, el novio de la negra. Algo pasaba; comenzó a correr la botella de mano en mano para que bebieran los que estaban recostados de la pared, de pronto yo estaba también contra la pared, sin pareja, con las botas de mis pantalones sucias y cara de sofrito, bebía y trataba de mantener mi orgullo. Intenté de nuevo bailar con una de las Pepinas, pero ya todo me daba vueltas y afuera del mundo, en otra parte donde había un silencio asqueroso “¿por qué te acostaste con mi hermana?” No, yo me acosté contigo. Ella insistió en que me había acostado con su hermana, que eso era intolerable. Tartamudeé, tú eras mi Pepina de la tarde. Pues te jodiste, creí escucharla. Me extrañó, ella no dice te jodiste, pero lo dijo. Y yo daba una excusa tonta y válida, “pero cómo iba a saber…” pues no supe más nada, mientras sonaba El Guaguancó del Adiós vi a la Negra Carrasco y a las dos Pepinas, se cuadruplicaban, se quintuplicaban: ellas me repetían algo, parte de la letra maldita, o sencillamente decían: no somos iguales, has debido saber que tu Pepina tiene los pezones más oscuros.












Moraleja. Cuando escuches ese Guaguancó, aprieta los dientes y aguanta.