Mostrando las entradas con la etiqueta Caracas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Caracas. Mostrar todas las entradas

jueves, noviembre 08, 2007

Encapucheitors y la cola de la mala leche




Un ciudadano común se pregunta parado en una fila para comprar leche o polvo de soya con otros agregados menos leche, frente a la panadería de su calle, por qué el gobierno ha sido incapaz de desarmar a quienes producen los saldos de muertos diarios, muertos sin dolientes políticos, el nieto de Berta, la sobrina de Pedro, el hijo de Julia; esa cifra que aumenta semana tras semana, una cifra en pique con los saldos de Bagdag; insidioso exceso se diría ¿De dónde sacan las armas? luego el tipo mira las fotos en los diarios, mientras avanza unos pasos en la cola. Encapuchados con armas de guerra, “civiles” sobre motos, y rostros cubiertos, abren fuego en una de las escuelas de la Universidad Central y hieren a estudiantes; entonces, recuerda las palabras del ministro, las de siempre, palabras distorsionantes, cínicas, rehacedoras de la realidad que niegan lo evidente. Eso no pasó así. Y los muertos y los heridos son agentes desestabilizadores cuyo fin es incendiar al país y dar un golpe de estado. La violencia es mediática, y afirma algo que se le escuchó a un narrador comisario en un encuentro por allí, nunca antes ha habido más libertad ni caras felices en este país. La cola se mueve y alguien comenta que hay una red anti golpe, una red de defensa de la revolución, una red activa y movilizada, el poder popular, un abre boca de la nueva geometría del poder que va a tener rango constitucional luego de diciembre. Nadie conoce mucho de los fazios de combattimento, ni la naturaleza lumpen de quienes conformaron aquellos grupos de choque de Benito Mussolini, pero se comprende que la violencia está en el barrio, en la urbanización, en la desaparición de los sindicalistas y que tirotea y asalta a las universidades, tirotea y asalta cualquier expresión de disenso. Nosotros al menos nos encapuchábamos, gritó el presidente comandante hace poco, antes de amenazar con no dejar piedra sobre piedra si ordenaba una contramarcha hacia el Este, nos cubríamos el rostro, pero estos hijos de papá, los ricachoncitos, vienen con el rostro al aire, orondo y descubierto a retarnos. Insiste y recuerda a sus líderes que antes, en tiempos de lucha, se taparon la cara, los llama por su nombre y reitera, ustedes usaron capuchas; dos días después aparecen las redes de encapuchados en la universidad y disparan como en los viejos tiempos. Terror. El hombre que hace la cola para comprar aquello que no terminará nunca de ser leche pero que le blanqueará el café, desde hace tiempo ha llegado a una conclusión, una conclusión consensuada, compartida con sus vecinos, no desarman al hampa porque desarmarían a las redes, recuerda que la revolución está armada, es algo dicho a voces por el líder; pero él, un tipo que sólo desea algo para pintar su café, lo susurra: las fechorías quedan impunes; el sicariato y la agresión hamponil caprichosa y generalizada, paraliza y arredra sin distinciones, cerca y recluye, impone sus alambradas de terror a la ciudad, sus estados de sitio y cobra sus cuotas de muertos semanales; en ocasiones es puntual y precisa, es la brigada de choque, la capucha reivindicada desde las alturas del poder, el músculo represor de un mesías. La cola avanza y el estómago se descompone, el día es un borrón aplomado y triste, todavía hay quienes se atreven a afirmar que en Venezuela se dirime un conflicto entre la derecha y la izquierda, cuando en realidad se libra una lucha entre el fascismo y el resto de la sociedad.

jueves, septiembre 13, 2007

Oda al río precolombino y comunal

Escafandra
roja
a dónde vas

Voy de mierdas
por allí


Flota una lavadora, el marco de una ventana, el tinglado y sobre una columnata de yeso, una armazón o una batea, hace equilibrio entre maullidos y temblores un cachorro de gato; se precipita junto a la propiedad privada, un televisor, una maleta, retratos de familias o una pared desquiciada; naufragio mi querido capitán.

Tiene el color de la difteria el río nuestro y es cobarde y retorcido, de verbo turbulento y presidencial. Es la promesa, un establo líquido y corriente.

Por sus riberas, paseos desconocidos para los más apurados, hombres y mujeres se cobijan bajo árboles silvestres o entramados de concreto, lanzan redes o cagan, a veces hacen el amor y se pasan por el culo las suaves caricias de una brisa automotor. Son dichosos y salvajes, promisorios e indigentes.

Hace nada el comandante comunero hizo un milagro, caminó bajo las aguas del rio, multiplicó las escafandras rojas y junto a sus apóstoles sometió al caudal. Desde entonces los hombres de escafandras convierten el agua turbia en vino, se embriagan y hablan lenguas. Otros comuneros han aprendido que ese pantano torrentoso es el mejor lugar para comer embutidos, tomar café con leche, reinventar teorías y sobar viejos resentimientos; sobre sus taludes juegan futbol asimétrico e intentan anclar ligeros hornos de esmaltes, construyen dársenas móviles, elevan globos aerostáticos y se maquillan las caries.

El país se ha mudado, se ha ido largo a esas diversas geografías.

Tercer día de Cuaresma

  Memento Mori Israel Centeno Si solo das cuenta del afán y los éxitos, darás cuenta del costo. No hay victoria sin precio, ni altar sin fue...