lunes, marzo 10, 2008

El conflicto

¿Cómo lo expreso en español? Así, me dijo, fue típica la pregunta y la respuesta pudo ser demoledora, tenle misericordia a la dama, responde David, existen equivalentes más precisos. Rubén le da vuelta a las frases, te haces viejo y no encuentras a Dios ni a la bondad de las cosas, una justificación, los hitos de la juventud; escuchó a un personaje de una película recién vista, el personaje era modesto y sabio, en esas cosas pensaba Rubén y en Lutecia, no me dijo adiós, ni hizo la pregunta; qué va a pasar con nosotros, para ser honesto nunca tuve a flor de labios "siempre nos quedará París". Daniel sale del carro, sonríe, está loco, vainas del despecho, se cruza al automercado, deja al amigo frente al volante, sobre la acera, atrapando luciérnagas con la boca, detrás de una camioneta aplomada y brillante; entra al establecimiento, se desplaza, siente que es literal: se ha parado estático sobre una rampa y a él vienen las estanterías con las bolsitas de avena y los envases de sopa deshidratada, espárragos, cereales, pastas, es tan paupérrimo todo y excesivamente blanco, un lugar sobreexpuesto, similar a una morgue de uno de esos seriales CSI, le han dicho que hay leche por el lado de las harinas ¿Dónde? déjate llevar por estos laberintos disímiles y pobres. Un hombre va hacia la camioneta que está delante del auto donde espera Rubén, calvete, fornido, es de los tipos que van al gimnasio y escogen con meticulosidad la ropa que usan, se acerca a la ventanilla del acompañante del conductor, intercambia un par de frases con alguien, luego marcha hacia atrás, lleva las bolsas de las compras en sus manos, abre el vidrio de la compuerta trasera y pone dentro su carga, cierra y en vez de terminar de rodear su camioneta para abordarla se va hasta la ventana del carro de Rubén, él le sonríe. Oye, mi esposa me dijo que la chocaste, mira, señala el parachoques. Rubén abre y cierra los párpados repetidas veces, trata de ver la superficie negra de la defensa ¿Yo? ¿Está seguro? ¿No sería otro? El recalvete, con voz limpia, se empeñaba en la buena dicción, si fuiste tu, chico, eres un bruto. Algo tenía que ver la brutalidad en aquella situación, cierta y absurda. Si fui yo, me disculpo, no me di cuenta. Rubén detalla al hombre ¿Sabes una cosa? insiste el tipo, tengo ganas de meterte un coñazo; si no lo hubiese ganado la extrañeza del absurdo, Rubén hubiera paseado rapidamente los escenarios; ajá, tiene ganas de meterme un coñazo, hay tres opciones, me dejo dar el coñazo, abro la puerta, le doy en el pecho y lo hago caer de culo o lo ignoro, no somos bárbaros. Esto sin considerar otras variantes más dramáticas, como aquellas de que el tipo pudiera saber artes marciales; se le ocurrió pensar, luego de mirarle el cinto del pantalón, que no se puede ser tan irresponsablemente bravucón si no se tiene calzada una pistola; cómo no, adelante, dame el coñazo, le ofreció el rostro; sintió que toda la piel se le congelaba, su saliva burbujeaba y la garganta se le secó, pasó un segundo, dos, tres. Dame el coñazo pues. El tipo pequeño pero fornido dejó de estar reclinado contra la ventana del auto de Rubén, se incorporó y buscó recobrar cierto garbo, tocó con gestos rápidos sus antebrazos, vestía una camisa mangacortas a cuadro y comenzaba a transpirar; tu quieres que yo te de un coñazo, esas eran mis ganas ¿sabes? pero no te lo voy a dar, voy a dejar las vainas así; ¿ah, va dejar eso así? Rubén recordó a Lutecia, ella dejó aquello así, adujo razones vagas para no entrar en los detalles, ella lo había dejado desde hacía tiempo pero cuando le tocó encararlo se mantuvo ajena en inglés. Si la hubiese retado, si no se hubiera paralizado cuando le dijo, estoy ajena en su equivalente sajón, si no lo hubieran detenido las posibles consecuencias, no ser bárbaro cuando media un acto de barbarie es una tremenda bisagra, el amor es un acto de barbarie, el desamor de brutalidad, es inadecuada la compostura, al menos, si la hubiese increpado. Sabes una vaina, Rubén abrió la puerta del carro y se plantó sobre el pavimento de cara al furibundo retaco, se dió cuenta de que estaba viejo para la escena pero ya todo le importaba una mierda, venme a dar el coñazo, mamatuercas, hoy tu y yo nos vamos a matar a coñazos, y de verdad; el tipo reculó hacia su camioneta, mejor vuelves a tu carro, te lo advierto, es lo que te conviene. Rubén se le encimó; lo que me conviene un tornillo, chupacbales; la gente arremolinada sobre la acera comenzaba a exaltar los ánimos, Daniel se abrió paso entre ellos; qué sucede; nada respondió Rubén, sentía los ojos irritados y ganas de llorar, he curado mis desdichas ¿Cómo era Lutecia? Oblivious. Lo estoy. Estoy alcanzando la vaina. Siempre me quedará París, Londres, Praga o el coñísimo de la misma madre.