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domingo, febrero 02, 2014

El mundo de Ayer



El tema del exilio es abordado desde distintas ópticas; a veces temo mucho a aquellas visiones apegadas a la literalidad del significado de la palabra, porque  tienden  a ceñirse a los decretos del
diccionario, a hacerle resistencia a las posibilidades de re-significación de un signo inquieto: Exilio;  siempre periférico y por  naturaleza esencial extranjero.  El desplazamiento es una acción vital que nos acompaña en los distintos planos o escenarios, mientras vamos aconteciendo por la vida.  De alguna u otra forma, todos hemos sido expulsados de estadios anteriores y nadie se ha marchado de sus espacios sin sentirse condenado a la diáspora.
La expulsión parece venir en la condición humana junto con la necesidad de arraigo, nadie termina de acomodarse cuando ya se ve partiendo, nadie termina de partir sin dejar raíces.
Se siente temor de nombrar y mezquindad de conceder. El exilio político comienza cuando se impone una visión única del paisaje y del pensamiento, cuando quien  habla en nombre del colectivo al que se pertenece desconoce al otro y condena las diferencias, lo cataloga como lo adverso, lo refractario que debe ser suprimido y sólo lo nombra  para despojarlo de correspondencia y ciudadanía. La verdad absoluta es excluyente.  En el momento en que, en el nombre del valor colectivo se despoja al individuo de sus querencias únicas, se le desdibuja  con despotismo del lugar compartido, lo común se trastoca por lo único.


En estos días he estado repasando la cadena significativa de la palabra exilio, hay quienes confunden  exilio con refugio o asilo y reclaman como condición una orden de captura o de ejecución. No necesariamente exilio y refugio son términos afines, puesto que aún en el refugio, el exiliado permanece afuera. 
Bastará con leer  el drama de Stefan Sweig, quien se anticipa  con su exilio voluntario en 1934 a la caída de Austria en manos del nacionalsocialismo, y se destierra (al principio sin una ruptura definitiva, puesto que va a regresar a visitar a su familia en varias oportunidades, hasta que en 1938 es despojado de su pasaporte y nacionalidad) para precisar cómo el refugio y el asilo nunca le fueron suficientes al exiliado para llenar el vacío de la exclusión que lo abate,  al admitir en su autobiografía “El mundode ayer”  la pérdida de Europa como patria espiritual y que intento de recoger en estas pocas líneas para trascender cualquier ortodoxia semántica: “ De todo mi pasado no llevo conmigo, pues, más de lo que guardo detrás de la frente. Todo lo demás esta inaccesible o perdido… abandoné mi casa, desapareció el placer de mi colección y también la seguridad de poseer cualquier cosa de modo permanente… No me lamento, pues por lo que en otra hora poseía y ahora he perdido, pues si los acosados de estos tiempos adversos a todo arte y a toda concentración debiéramos aprender todavía un arte nuevo, sería el de saber despedirse de todo lo que en otra hora había significado nuestro orgullo y nuestro amor”

miércoles, octubre 28, 2009

La revolución o Terminator, notas

El revolucionario es eficiente haciendo una revolución. Es el destructor de un orden.

Al revolucionaro no se le puede criticar si gobierna dentro de esos criterios. Una revolución, según Trostky, es una inspiración devastadora y voraz , no pretende mover los paradigmas, busca destruirlos.

Gobernar es un asunto conservador e institucional. Quien gobierna una revolución, impone un orden revolucionario. El orden revolucionario, es una contradicción y sólo se resuelve en la requisa totalitaria donde el fin es el medio para mantener el sueño: el fin.

La revolución encarna en un líder, como Dios en su hijo unigénito. La encarnación de la revolución no se entrega para ser crucificada y trascender, pretende perpetuarse personificada en su estado deífico y en el poder hasta el final de los días. Contrario a lo que se cree, la revolución es contingente.

Si la encarnación tuviese el poder para acabar al mundo al ser tocada por el ángel de la muerte, lo acabaría, no concibe al mundo sin su encarnación; mientras, juega seriamente a ser el ángel de la muerte.

Quien gobierna instituciones ciudadanas, busca sus puntales en una constitución ajustada a los derechos ciudadanos, es un servidor transitorio, preserva a las instituciones eficientes para el beneficio sus gobernados. Eso no es la revolución

Quien gobierna una revolución sólo busca preservar la revolución, abolir, batallar, devastar; luego la revolución es la subjetiva voluntad del revolucionario gobernante, del líder dueño del poder. La revolución se sirve a sí misma y quien la dirige gobierna su permanencia y perpetuidad demoledora.

El líder de la revolución lo confisca todo en nombre de la revolción. La revolución es pueblo, partido, comité central, buró político, asambleas, gabinete de gobierno; es la suma de todo, luego el todo desaparece y queda Él (unigénito) .

Muchos creen que los racionamientos, por ejemplo, la falta de agua, electricidad , servicios y diversidad de bienes de consumo - alimentos-, es causa de la ineficiencia . No. No es así. es parte de lplan estratégico de una revolución. El desmantelamiento revolucionario. Una revolución se consolida en la misma proporción que desmantela.

La Unión Soviética, luego del la revolución de octubre, mantuvo, no por ineficiennte, durante más de setenta años un racionamiento radical y sistemático. La prosperidad o la comodidad, generan bienestar individual y el bienestar individual, según la revolución, es una desviación burguesa o pequeño burguesa, búsquese la etiqueta conveniente, y estas desviaciones atentan en contra de la revolución; léase la encarnación de la revolución, el mando único del líder indiscutido.

El racionamiento es planificación, un estadio revolucionario, un fin. Quebrar toda empresa individual un objetivo. Las empresas estatales, deben administrar y perpetuar hasta el final de los días el desmantelamiento y la clausura. Generar riqueza atenta contra los principios anteriores. Eso es la revolución.

El pensamiento diverso no es revolucionario, es “egoísta” reafirma la individualidad, la individualidad genera diversidad y egoísmo, atenta en contra de la empatía indiscutible de la masa, o colectivo, con su líder. El único egoísmo revolucionario, es el egoísmo de la revolución. La única individualidad, la revolución encarnada en el líder indiscutido del proceso.

La persecución del pensamiento diverso, también es revolucionaria. En una revolución tanto el caos como el orden, son necesarios y manipulados.

La revolución es insaciable, ninfomaníaca, incapaz de sentir satisfacción o gratificación, siempre desea y quiere más. Más. más. más, no pares, más.-

Por lo tanto, creer enfrentar a un mal gobierno cuando se enfrenta a un gobierno revolucionario, no sólo es un error o ingenuidad: es parte solidaria, consciente o no, de la revolución, porque toda revolución es impulsada por su reacción, si no existiese la reacción. ella buscaría por todos los medios inventarla, no puede vivir sin ese elemento, como nosotros no podemos vivir sin el oxígeno, y el hombre libre sin la libertad.

Las revoluciones son monstruos contradictorios y poderosos, por lo general no se tumban desde fuera, se marean, se caen, cuando las contradicciones gangrenan al cuerpo de la revolución, se desprenden sus carnes e implotan, ellas mismas se tumban desde su centro gravitacional


(-al margen- ) Fue un consigna revolucionaria comunista: "agudicemos las contradicciones del capitalismo" A mi entender, al menos esta revolución militarista socio chavista del siglo XXI, y las comunistas en general, son un criadero de contradicciones irreconciliables. Tiene sentido aplicar la consigna a la inversa, agudicemos las contradicciones del militarismo socialista del siglo XXI

lunes, junio 25, 2007

Una variación sobre arañas

Las arañas. Ellas saliban sus tejidos, mantienen hasta ocho partes de su cuerpo en labores; una araña construye el lecho y la otra lanza sus telas hacia adelante o hacia los costados; inventa, ambas recelan, pero una cederá y se acostará en el lecho improvisado y neutral de la otra, aceptará el capullo, se dejará hacer cosas de arañas, la perspicaz escapará y largará sus tendidos protectores, sus tramas; allí caerán las moscas de la mañana, los insectos del día, las luciérnagas de la noche; la otra no insistirá, añora el lecho humedecido para la ocasión, vulgar, no diferenciado; sabe cómo pierden fluidez y viscosidad las telas abandonadas; tiene miedo a ser devorada; su orgullo le impide reconsiderar el mandato de los instintos ¿Morir envenenada por una arañita tramposa? Jamás.






El silencio es como el negro, en él están contenidos todos los sonidos; un paso en el silencio, la respiración, el murmullo de un ave espantada en la sombra, el amor y sus ausencias. Las ausencias son como el negro; he hecho de mi blog una botella partida, de muchos picos; un capricho particular, mi expresión más descuidada y errática; polimorfo, heterogéneo y he ido cerrando mis máscaras, las travesuras o las maldades, los meandros posibles; nunca he creído en la honestidad y en el altruismo de un creador, pienso como uno de los heterónimos de Pessoa: sólo lo hace, crea, recrea, el daño es la contraparte, lo colateral; soy un hombre viejo y me debo circunspección; así va esto, no busco el diálogo ni el debate; me es suficiente el interior, el cotidiano con el entorno, el mundo no mejorará un ápice por un cometario entre millones, ni la vida dejará de ser la irracional expresión de un Dios. Detesto la multitud, es la negación de la palabra, la bulla o el tormento, deploro los púlpitos y a los predicadores, a veces me escandalizan los más escandalizados, estas conclusiones no me hacen menos ciudadano, menos político, menos beligerante; pero no me llamo a engaños, mi espacio es una voluntad expresada, es mínimo, nadie vino a triunfar, el triunfo es contingente y relativo; a veces logramos exlamar ¡no! como el hombre rebelde de Albert Camus y debería bastar porque comenzamos a ser diferentes y rebeldes. Ayer el día estuvo azul nubloso, pocas nubes y siempre blanco el azul; el día presagiaba la tormenta de la madrugada inmediata, alguien me dijo: se aprende a leer el tiempo; lo hice y supe, tendremos un día bueno para caminar, puedo rehacer mi itinerario por el cerro: aun no han abierto el acceso por Los Naranjitos a Papelón e hice el camino por el cortafuegos hasta la pica de Loma del Cuño y desde allí hasta las antenas, todo un periplo; me gustan los periplos, las soledades y sus incertidumbres; pensar mientras camino, pensar con la cabeza llena de hormonas y de espiritualidad ebria; he estado leyendo tragedia y he vuelto sobre el suicidio de Ayax, la contraposición de su delirio a su lucidez, clave de un buen drama, Hamlet de Shakespeare; sólo los hombres libres encaran los dilemas, a veces la resolución es drástica; Ayax el rebelde, el loco, el lúcido, reconoce la deshonra; su orgullo se ha roto, el equilibrio es imposible y actúa en consecuencia; sino puedo procurar la muerte de los que me humillan, me niego a someterme a sus voluntades, es el suicidio vindicador, el triunfo compensador del narcisismo humillado; el tema. A Oscar Wilde no lo calla la Inglaterra victoriana, me niego a pensar en su derrota, Oscar Wilde, entre el delirio y la lucidez ( podemos precisar su ánima en La balada de la cárcel de Riding y en De profundis), ha tomado la decisión libre de quitarse la vida o la palabra, y entre sus grandes citas (ha sido leído más como un hombre de grandes citas y no como un autor de grandes obras), se lee: cuando no conocía la vida, escribía; ahora que conozco su significado, no tengo nada más que escribir. Al igual que Ayax es humillado y exige la reparación en la desmesura de la tragedia y en la dolorosa lucidez; ya pasaron los tiempos del desvarío; resta el silencio, el suicidio; Oscar Wilde se muere antes de morir y en París, se muere, se calla a sí mismo; el silencio es como el negro, el negro es como la soledad, la soledad es como el amor, los caminos son muchos y son los medios del destino, de cualquier destino; el camino no es culpable de los extravíos, ni la ausencia de caminos es ausencia de destino; o la cobardía el bombardeo de los pretextos; es una nota pensar con la cabeza inundada de hormonas y escribir mal en una libreta Moleskine; por ejemplo, en una parada, ayer bajo un árbol barbado, mientras miraba a dos arañas tirar, construí un despropósito, el amor puede darse vuelta y descubrirse tan feo como un monstruo grabado en una catedral, las ilusiones son las expectativas de una víctima; la victima termina inculpada, es inevitable el crimen de la víctima; no tiene sentido escribir a mano, no entiendo mi letra; no tiene sentido llegar hasta el final de mis desbarres, sobre todo el de estos últimos días, son infelices y no dicen sino pendejadas, ustedes entenderán, en un mundo, en una comunidad de millones de escribidores, todos los dicientes imbuidos en la certeza de agregar y en un país beligerante e inteligente; no decir nada, sustraer, puede ser ofensivo. Se ha perdido el sentido de arriesgar la máxima pretensión del arte, la sustracción o una tontería; decir: me usaste y me gustó; me gustó tanto e hice trampa para ser usado de nuevo. Retomo el sentido del límite, de él dependió siempre no ir más allá, al delito.

domingo, junio 10, 2007

Confrontación IDEOLÓGICA ¿un choque de trenes entre dos fanatismos?

Hace años luchamos por activar el referéndum revocatorio presidencial, nos acogíamos a la constitución, no había agenda golpista: “cuando es igual o mayor número de electores o electoras que eligieron al funcionario o funcionaria, siempre que haya concurrido al referéndum un número de electores o electoras igual o superior al veinticinco por ciento de los electores o electoras inscritos o inscritas, se considerará revocado de su mandato….” Entonces, cambiaron las reglas del juego, el monarca militar ordenó violar la constitución y convertir el mandato constitucional en un plebiscito entre el Sí y el No; recordemos que la sala electoral falló, pidió que se cumpliera lo ordenado en la constitución; la presidencia se ponía al margen de la ley y la oposición al no obedecer la ley refrendada por lo que quedaba de independiente del tribunal supremo, también lo hizo. Según algunos analistas había que quedarse, agarrar la oportunidad aunque fuera fallo e ir a un plebiscito que legitimó al monarca militar. Lo correcto hubiera sido pararse de la mesa de negociaciones y ausentarse, hasta que se cumpliera lo contemplado en el artículo 72 del librito que tanto se nos enrostra y con el que se han limpiado el rabo hasta el cansancio. Todos sabemos lo que pasó luego.

El movimiento estudiantil de mayo pidió la palabra en el congreso, exigió un desagravio por las descalificaciones de las que habían sido objeto por parte de la diputada Amaral y de entrada, los diputados Tascón y Varela, con posiciones tomadas negaron la réplica. Ellos querían un match de boxeo, mover las emociones en una sopera ideológica, convirtieron El Palacio Legislativo en una arena donde se batirían los gladiadores de la revolución en contra de los niñitos oligarcas, el arbitro les daba tridentes y mallas a unos e intervino con sus macanas desde el podio para asegurarse que no se escapara el golpe del anticipado efectismo, pero algo les salió mal, los líderes del movimiento estudiantil ejercieron su derecho a réplica, escucharon las razones ideológicas de la funcionario estudiante que intervino y sin aspavientos, expresaron la desnaturalización del escenario y se retiraron. Ellos estaban claros, sabían que el adversario violaba las normas y que abusaba del poder; ellos le dijeron al país, en este escenario no hay libertad, la libertad para la discusión se ejerce en las asambleas, y todo el poder ha vuelto a las asambleas, el poder originario del que tanto cacarean: Cuando los poderes están secuestrados, cuando no hay contrapeso y en nombre del pueblo se arman linchamientos y un solo hombre es el que juzga, legisla y ejecuta ( el líder INDISCUTIBLE según el liderazgo estudiantil gobiernero) los destinos del ciudadano se discuten en la calle. Es el verdadero parlamentarismo de calle, no la opera bufa y complaciente que montan de vez en cuando, señora Flores. Entiéndase de una vez, NO SE FUE A UN DEBATE IDEOLÓGICO, ni a contrastar fanatismos, mucho menos a escuchar la retórica vacía de los que en nombre de la lucha de clases expresan resentimientos, entre otros, sexistas y racistas; se fue a ejercer un derecho a la réplica y en su propio terreno se fue a despojarle el triste ropaje parlamentario a una asamblea cada vez menos parlamentaria. Por eso la rabia y la impotencia expresada por la señora Flores.

Entonces, pasado el tiempo y para tratar de medir las consecuencias del acto, nos preguntamos:

¿Qué hubiese pasado si cuando desnaturalizaron al referéndum revocatorio cambiándolo por un plebiscito, hace años, la oposición se levanta y le da la espalda una imposición impía, dictatorial e ilegitima? Eso no se sabrá nunca; de algo estoy seguro, no hubiésemos legitimado al monarca militar.

jueves, junio 07, 2007

En la asamblea



La exigencia del movimiento estudiantil a la Asamblea Nacional unicolor era una: el derecho a réplica; el objetivo fue entregar un documento donde se respondía a las agresiones, a la represión, a la segregación, a deplorar los llamados a la violencia hechos desde el perifoneo mayor del monarca militar. Era puntualizar la defensa de los derechos civiles, negarse al uso de la franela y la guayabera roja para disfrutar de garantías constitucionales y no pertenecer a un partido único ni repetir, como vimos y escuchamos a los oradores oficiales, un pensamiento único y excluyente empeñoso en la confrontación de dos Venezuela. El objetivo fue cumplido, como dijo Jon Goicochea; lúcido, no pisó la celada mediática, escucharon amablemente una de las alucuciones y se retiraron, se negaron a participar en el circo armado por los bufones del proceso; los estudiantes no tenían por qué quedarse a escuchar la cartilla del poder, de un parlamento que no parlamenta; obedece, tampoco era obligada la clase de politología, de materialismo histórico y científico que pretendieron darles. Mientras unos exigían elegir otros ya habían decidido que la elección tal como la planteó quien expuso el documento del movimiento estudiantil, era una trampa oligarca y burguesa, nunca un acto que privilegia a la libertad.

La Asamblea Nacional es el espacio natural de los legisladores, un lugar para legislar y no para delegar sus funciones al monarca militar. Los estudiantes tienen sus espacios naturales para discutir, hubiese sido una deslealtad para con los cientos de miles de estudiantes que han protagonizado la resistencia por los derechos civiles en estos días, quedarse en un cenáculo hablando de lucha de clases, del lider "indiscutible" del proceso, del partido de la revolución o del sexo de los ángeles que llevan la espada de Bolívar por América Latina. Los asuntos del movimiento estudiantil se debaten en sus espacios naturales: las asambleas de estudiantes, no en un circo donde una animadora trémula y genuflexa al monarca, orquesta las voces de una coral que repite el monótono ritmo de las ciencias políticas, estudiados, probablemente, en una vetusta cátedra en la Universidad de La Habana.






Una coda nada más, y para los estudiosos de la revolución sovietica ¿Recuerdan cuando Lenin boicoteó a La Duma ( La Asamblea) al grito de todo el poder a Los Soviet? Bueno, ahora el grito pertinente debería ser: todo el poder a las asambleas estudiantiles. Cilia debería leerse los 100 días que conmovieron al mundo. Los movimientos reivindicativos y políticos no están al servicio del poder, es ley.









viernes, abril 27, 2007

El Piquirico

“Y entonces, tocaron el Piquirico” Boves el Urogallo
IC



En Junio de 1814 José Tomás Boves, el taita, caudillo asturiano, a la cabeza de un ejército de criollos, zambos, negros y pardos, sitia a Valencia. En el sitio de Valencia captura a dos hermanos que se contaban en las filas patriotas, y a las afueras de la ciudad los obliga a ser actores de una tragedia particular.

Organiza una fiesta brava, toro y matador van a ser representados por los hermanos. Lo terrible es que cada uno asume su rol hasta el final. Un hermano le da muerte al otro. El matador luego es sacrificado por las huestes del caudillo.

De inmediato Boves propone un acuerdo al jefe patriota que defendía la plaza, Juan Escalona, y jura cumplir con religiosidad las estipulaciones convenidas. Desmoralizados, entregados al sino o confiando en las promesas del taita, los defensores entregan la ciudad. Como deferencia, el vencedor, en un gesto magnánimo, invita a la sociedad valenciana a una fiesta. Muchos supusieron que faltar a ella podía ser interpretado como un desaire a una reconciliación necesaria. Otros asistieron porque contemplaron la posibilidad de salvar sus vidas y bienes mostrándose adulantes. Los demás creyeron que al cambiar la bandera tricolor por la bandera de España y declararse realistas, estarían al resguardo de los estragos del asturiano.

De esta manera, comenzó el ágape. El caudillo socarrón fungió como maestro de ceremonias. Guardó las mejores formas, mandó a tocar aires y valses de la época, dio muestras de gentileza y se permitió galantear a las damas reunidas. No pasaron muchas horas, cuando de improviso y sin transición, la banda fue sustituida por un conjunto de música vernácula que al grito del taita, tocó El Piquirico. Al golpe de este joropo, fueron lanceados los hombres, violadas las mujeres y la ciudad fue entregada al saco. Se exhibió sin pudor el único y verdadero rostro del guerrero.

II

Voy a intentar un ejercicio y me permitiré las arbitrariedades que brinda el juego.
Fracasa un modelo político, el parecer común es que todo va a ser devorado por el caos, pero surge el taita entre los olores de la niebla y la pólvora de un golpe militar. Es la señal, la encarnación de los nuevos tiempos. El dice haber nacido para asumir la misión de demoler a las cúpulas podridas de los partidos políticos, no hay tiempo que perder, la corrupción gangrena las extremidades de la patria. Seduce a los medios de comunicación, su carisma es incuestionable. Convoca el interés de los hombres de las finanzas, de empresarios que piensan que sería bueno encontrar derroteros inéditos, conmueve la sensibilidad de una sociedad civil apática y frívola y se gana, con su verbo redentor, a un pueblo resentido por prácticas excluyentes.

De teniente coronel y fracasado golpista deviene en exitoso candidato presidencial, rompe los esquemas, es un encantador de serpientes, un pedagogo. El gran comunicador llega al poder sobre los hombros del soberano.

Medios de comunicación, empresarios, excluidos, clase media, financistas, asisten entre la euforia y la esperanza, a su mesa. El taita arma la fiesta.

Casi por unanimidad se celebra un toque del Piquirico a los partidos políticos. Casi por unanimidad se celebra el desmontaje (Piquirico constituyente) del ancien régime, el salvador de la patria se relegitima y festeja su nueva constitución al golpe del Piquirico. Le ha tomado gusto al ritmo del joropo y lo convierte en música de fondo de una gesta inacabable y destructora de todas las instituciones republicanas. Le toca el Piquirico a los medios de comunicación, le toca el Piquirico a los empresarios, a los compañeros de armas que una vez lo acompañaron en su aventura golpista, a los aliados políticos. Le toca el Piquirico a los sindicatos, a las gobernaciones y alcaldías, a la clase media, a las organizaciones civiles, a los educadores, a los militares. Hace tocar a ritmo redoblado el joropo levantisco a los trabajadores de la empresa petrolera.

Todo el pueblo baila al ritmo del Piquirico: violencia e inseguridad, economía informal, desempleo, caída del poder adquisitivo, quiebra de los hospitales, pérdida de seguridad social, aumento significativo de la pobreza. Y ahora, se escuchan las notas del Piquirico en los articulados de la constitución que una vez creyó hecha a su medida..El taita organiza a sus falanges de lanceros, endurece el verbo y engorda la retórica revolucionaria. Es una brizna de paja, pura paja, en el viento.
El caudillo ha quedado solo. Pero aun se reserva un espectáculo macabro: pretende poner a los hermanos frente a los ojos del mundo a ejecutar, asumiendo el rol de toro y matador, una siniestra fiesta brava.

sábado, agosto 05, 2006

Fidel nos hace sombra, diría un junguiano

A Rosol Botello, por sus constantes referencias acerca del hermano Jung
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Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.
Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve.
Silvio Rodríguez
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El lunes pasado regreso a casa y me encuentro con la proclama de Fidel.

-El regreso es arquetípico -casi escucho el comentario de una amiga que está ahora inmersa en los asuntos junguianos.

Me asombró el suceso. El líder revolucionario no delega ni en los momentos cruciales, él mismo proclamaba la súbita intervención, no de las fuerzas imperialistas, sino de las manos quirúrgicas que le saldrán al paso a una proclamada hemorragia producida por su proclamado estress viajero, una especie de jet lag que sobreviene a los grandes hombres. Imaginé al comandante, cubierto por una bata verde oliva y embriagado por el néctar de la anestesia, dictar cada punto de aquel asombroso documento histórico que sobrepasaría, como hecho mediático, al tópico de la guerra en el Medio Oriente. También lo imaginé dando consejos y recomendaciones a los médicos que buscaban detener la efusión anárquica de su sangre. Su presencia absoluta no podía privarse de controlar su salida de escena.

Fidel había regresado de su viaje a la Argentina, adonde, entre otras cosas, fue a desmentir los rumores de la CIA sobre su precario estado de salud.

El ejercicio de la estupidez no ha sido tan desenfadado como suele ser; y cubre sus lacras guardando, cosa rara, un prudente silencio. El ruido continúa siendo la guerra en el Medio Oriente, un ruido viejo y sobrecargado de lugares comunes. Y a pesar de que la figura de Fidel Castro casi es tan tópica y añosa como el conflicto árabe-israelí, y cualquier mediano amateur podría decir lo suyo, un estupor paraliza a la masa de ingentes comentadores. El miedo pareciera trascender un espacio determinado, una realidad específica. Los halcones en el Pentágono apenas se atreven a cruzar sus miradas y prefieren continuar sobre sus escenarios bélicos, y hasta la mano de doble U Bush ha temblado al alzar la taza de café que ha ido a beber en un local cubano en Miami. Es un mérito del viejo dictador, se ha hecho temible, ha calado como la malaria en la médula de la opinión global, ningún análisis escapa a la trémula febrícula del trópico.

En momentos como éstos creo poder alcanzar la profundidad de la tesis de la ficción de George Orwell, creo comprender un poco más, en el tema del autoritarismo, a Anna Arent; luego vuelvo sobre mis confusiones, me abstraigo y apelo al recuerdo, esa distorsión esclarecedora que decanta las impresiones. Ahora, luego de sobreponerme al embotamiento, a la contundencia abrasadora de la proclama, manejo las impresiones de una figura que ha estado a mi lado a lo largo de toda la vida. Pareciera que anduviera echando mano a un giro hiperbólico al afirmar que yo, a los 48 años de edad, no pueda hablar de un antes de Castro ni de un después de Castro, ojo, y no soy cubano. Hay un párrafo con el que comienza Roberto Bolaño su cuento magistral, El Ojo Silva, que parece avalar esta certeza que hoy manifiesto: “…pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década del cincuenta…” En estos momentos la proclama del hombre que administró la violencia mesiánica en el continente durante los últimos cincuenta años, sume en el aturdimiento a quienes hemos formado parte de su coreografía. El gobernante absolutista no solo copa los espacios públicos y las instituciones, también copa el ánima de los que han dejado de ser ciudadanos para suscribir o enfrentar los sueños hegemónicos del hombre de poder. Ante estas figuras hay una pérdida sustantiva de la libertad de conciencia, ellas llegan y usurpan toda inquietud y esperanza, le dan su nombre, las desdibujan en el turbión del proyecto colectivo, al que también poseen de manera inequívoca.

Más acá de toda la elaboración anterior, comprendo que sólo en las impresiones podré encontrarle forma a lo que digo.
Ángel de la Guarda,
dulce compañía,
no me desampares ni de noche ni de día.
Mi abuelo y mi abuela no compartieron nunca el lecho. Cada cual tenía su cuarto y se encontraban sólo para los asuntos puntuales del amor. En gran medida fui criado por mis abuelos. Ahora tengo una evocación nítida: los vítores e himnos que salían, siempre de noche y en la oscuridad; desde el cuarto de mi abuelo, un canto marcial saludaba a los combatientes de la Sierra Maestra, a los pueblos oprimidos del mundo -adelante cubano, la patria premiará tu heroísmo-, a la gesta del Granma, a playa Girón, a la declaración de La Habana del año 62. Todas las noches de cada día, Radio Habana Cuba, estaba allí, y en la oscuridad el ruidito que acompañaba la sintonización, porque quizá era subversivo escuchar aquellas cosas. Puedo pensar que aquello era natural en mi casa, pero en la casa de mis amigos también se hablaba de Fidel, se le condenaba o se le ponderaba, nunca, incluso sus enemigos, en aquellos tiempos, lo despojaron de su terno romántico.

Era un asunto de inteligencia, de sensibilidad.

Primero salió de escena Camilo Cienfuegos, luego el Che. Fidel los sobrevivía y reinterpretaba sus épicas, los despedía en efusivas alocuciones ante las multitudes, lloraba, leía su correspondencia, e invocaba al valeroso ejemplo de sus vidas. Y en la medida que morían los camaradas, perdían aquella igualdad que los hermanó en la gesta contra la dictadura de Batista y se realzaba la figura de un héroe constructor del hombre nuevo por quien todos los demás habían ofrendado la vida.
Cuba la última colonia del imperio español, la única que no participó de la Guerra continental de Independencia, la que estuvo al margen de las ambiciones de Bolívar, de San Martín y de O’Higgins, se reinventaba a sí misma bien entrado el siglo XX, y le devolvía al continente un ejercito libertador, nuevos próceres y un líder. Las repúblicas americanas habían nacido de la capa y de la espada de los libertadores. El futuro, en aquel entonces, a finales de la década de los cincuenta y a principio de los sesenta, parecía comenzar a nacer de los fusiles de aquellos guerrilleros de la Sierra Maestra. Algo se repetía, y se repetía mal. El militarismo libertario y caudillista que había sembrado nuestros siglos de tiranuelos y guerras civiles cobraba un vigor insólito en la humanidad redentora de Fidel Castro, y se proponía de nuevo extenderse por toda la América. Todas aquellas cosas salían de la radio de mi abuelo.
Más adelante, andaba con mis inquietudes revolucionarias, y a veces me involucraba en ciertas cosas, estaba cerca de los grupos de solidaridad con los presos políticos, y visitaba mucho al cuartel San Carlos. Aparte de las tareas propias de los comités de solidaridad, propaganda, agitación y denuncia, nos reuníamos con los presos, ellos eran una especie de mentores, nos daban charlas de marxismo, que seguramente aprendían de los manuales de Plejanov y de los folletos de la ya impertérrita Martha Harnecker. Me preguntó un compañero preso, que era poeta y componía canciones sobre qué cosa quería hacer yo con mi vida, le dije que me gustaría escribir, entonces de inmediato me habló del caso Padilla, de las razones de Fidel para darle una lección al egoísmo pequeño burgués e individualista de los intelectuales, porque todas las libertades estaban sujetas a un proyecto colectivo y dentro de la revolución todo, y fuera de la revolución nada; había que tener cuidado porque la duda llevaba al cuestionamiento de la revolución y cuestionar a la revolución era, en definitiva, cuestionar a Fidel y hacerle el juego a la derecha y al imperialismo. De eso no se dan cuenta los intelectuales pequeño burgueses, repetía el compañero preso con cadencia y eufonía cubana. En aquellos momentos, luego de la crítica al estalinismo, la muerte del Che y de la invasión soviética a Checoslovaquia, el liderazgo de Fidel fue debatido desde dos flancos distintos, la gente que se desencantaba del socialismo real y buscaba derroteros en la socialdemocracia y los que querían más dureza, mayor contundencia y ortodoxia en la aplicación del marxismo leninismo y observaban en la revolución cultural China y en las enseñanzas del camarada Mao la alternativa real de liberación. Fidel sería criticado con ferocidad por muchos de los que hoy lo lloran y le rinden culto. Por aquel entonces, el caudillo cubano, que nunca dejó de estar presente, se reconciliaba con Carlos Andrés Pérez.
Y el país terminó reconciliándose con Fidel. Acción Democrática, el partido político que había conjurado varios levantamientos militares, que había hecho frente a, entre otras, la invasión de Machurucuto y derrotado a los guerrilleros que gritaban en las sierras el Patria o Muerte del Che, se alejaba de su anticastrismo y encontraba coincidencias, Junto a Omar Torrijo, el verde oliva de Panamá, en una nueva visión nacionalista en la región.
Fue la época del whisky con Nueva Trova Cubana, Alfredo Sadel interpretó La canción del Elegido en el CEN del partido de Rómulo Betancourt, y junto al decreto uno por uno, el lanzamiento vernáculo de Lilia Vera, Jesús Sevillano y Cecilia Todd, llegaron Silvio Rodríguez y Pablo Milanés con sueño con serpientes y Yolanda. Había furor y a finales de los ochenta la fidelmanía llegó a su clímax en el momento en que connotadas figuras del anticastrismo, y enemigos jurados de la revolución, se dieron codazos en la casa presidencial - La Casona-, para estrecharle la mano al comandante. Nadie podía negar conocer los juicios sumarios, las torturas y el confinamiento de cientos de presos políticos en las cárceles del dictador, la persecusión de intelectuales, hasta Brian de Palma había filmado Caracortada, los sucesos de Mariel pusieron al desnudo al paraíso tropical, pero en Venezuela no pasaba nada, cientos de figuras, aun a sabeindas de lo que le ocurrió a Reinaldo Arenas, por ejemplo, firmaron manifiestos de bienvenida y otros tantos desfilaron en el besamanos al supremo. Se puede afirmar que los años ochenta y noventa en Venezuela estuvieron retratados por dos personalidades: El Papa Juan Pablo II y Fidel Castro Ruz. Hubo mucho más entusiasmo, sobre todo entre la clase media y la clase media alta, por el mito viviente que el que ha tenido el pueblo ahora, en los tiempos de Hugo Chávez. Aun recuerdo la voz conmovida de Nelson Bocaranda narrando con desbordada emoción su encuentro cercano del tercer tipo, le había tocado el hombro verde al comandante.

Inmediatamente después de la coronación de Carlos Andrés Pérez, bendecida por la presencia del viejo guerrero, en Caracas y en otras ciudades del país, se produjo el sacudón. Luego de un incremento del precio del pasaje, la gente se lanzó a la calle, y en una fiesta de anarquía y saqueo, cobró las promesas electorales. Todo aquel exceso fue reprimido. Pocos años más tarde, viviríamos el folclórico pronunciamiento militar del teniente coronel que hoy amenaza con perpetuarse en el poder tantos o más años que Castro. El primer telegrama de respaldo condenando al militar traidor, fue de Fidel. Y con el telegrama llegó un consejo: elimínalo. Desde aquellos tiempos en los que se deploró la figura de Castro, pasando por la gran reconciliación nacional entre los años ochenta y noventa, hasta hoy cuando todos de una forma u otra, compartimos la incertidumbre que ha generado la críptica proclama, Fidel ha estado dentro y fuera de nosotros, como diría mi amiga que se ocupa de los asuntos junguianos, haciéndole sombra a este país que nació a la luz de la voluntad de un militarismo mesiánico y absolutista, expresado en la figura de sus libertadores.
No quiero cerrar esta larga nota que no llega a ningún puerto sin rescatar un comentario que le dejé en su blog a Victoria Spinter. Creo que solo he debido limitarme a reproducirlo, y liberarme de esta gran perorata. A quienes aburrí, les suplico consideren y comprendan que de alguna manera, he estado tratando de lidiar y explicarme por qué me indignaban dictadores como Videla y Pinochet, mientras que siempre fui primero simpatizante, luego tolerante y más tarde indiferente ante la figura cruel y totalitaria de Fidel.


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Victoria: como todo hijo de mi generación, con respecto al Caballo tengo recuerdos y algunos sentimientos que se han resuelto en lo que los marxistas llaman lucha de contradicciones irreconciliables.

Recuerdo que en el liceo me aprendí de memoria el discurso de Fidel en la declaración de La Habana, casi que hicimos (teníamos un grupito de arte dramático) un montaje de teatro; luego vinieron las pugnas en el seno de la izquierda de la época, Luben Petkoff enterró sus armas en Humocaro o en la sierra de Coro y se fue a la isla y mucha de la gente que llora hoy a Fidel, se desgarraba las vestiduras y lo acusaba de revisionista y de traidor; de lameculo de los rusos y de amigo de Carlos Andrés Pérez.
¿Te imaginas?
Más tarde me fui a La Habana, por razones similares a las tuyas, quería hacer cine; acercarme a Gabriel García Márquez, el cortesano, el sastrecillo valiente; él hacía su corte en un Mercedes Benz negro del tamaño de la isla; a veces se corría con suerte y se le podía escuchar fuera de palacio. Nunca llegué a san Antonio de Los Baños, pero sí al Habana Libre y al Hotel Nacional; cuando me escapaba de cierta marcación militante de los camaradas, me iba por los lados del Barrio Colón, eran los tiempos de Gorvachov y la Perestroika, un poco antes del escándalo de Ochoa y los hermanos La Guardia,. Tenía un amigo muy amigo, casi que hermano o padre, bastante cercano al partido, y pude ver de cerca y con asco todo el rollo de la nomenclatura, estuve junto a esa especie de oligarquía del proletariado, de sus descorches, de su tráfico electrodoméstico desde Panamá, y de nuevo escuché los cantos a Carlos Andrés Pérez en medio de una ligereza, un dandismo de vanguardia que tenía un tono pardo, como el que pudiera haber tenido la exquisita élite romana en los tiempos del Duce Benito. En aquel momento brindé con muchachos que iban a morir o a sobrevivir en Angola, no eran brindis alegres, eran tristes, nadie recordaba la Habana de Bustrofedon, tampoco se respiraba el ornamento estético de Lezama Lima, Estuve con médicos que se iban a Eritrea, todos a las órdenes de Arnaldo Ochoa del avance del socialismo y del tráfico de marfil y esmeraldas en África; ya venía de vuelta y aquella ilusión de la humanidad diciendo basta iba en franca retirada, a veces no escondía mi estúpida repugnancia burguesa ante las opiniones desenfadadas que tenían los compañeros irreductibles – en su homofobia- sobre el individualismo marginal de Reinaldo Arenas. Unos amigos en Casablanca me encomendaron hablarle a Carlos Giménez a ver si cuadraban un viajecito refrescante para el Festival Internacional de Teatro; y otros sólo me pidieron que les llevara cartas. Hace poco hablaba con José Napoleón Oropeza sobre la sensualidad de La Habana, una ciudad construida sobre el mar, a pesar del mar, una ciudad muy bella, muy pobre y desgraciada. En fin, nunca pude ver al Caballo, no de cerquita, ni siquiera porque me había aprendido su declaración del año ’62 y conocía al camararada X. Pero sí lo vi en una concentración, como siempre, ante una multitud monótona, en la Plaza de la Revolución. Aquella multitud no estaba triste ni alegre, coreaba, vitoreaba, repetía una nota oscura, un bajo, un blues; y él héroe se vapuleaba más allá de todo, más acá de nada, en su muerte antigua, en la historia, sobre cualquier sensibilidad, con el vendaje retórico dando vueltas en torno a las dignas ruinas de su sueño. Desde entonces supe que trataba con un muerto.

Tercer día de Cuaresma

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