sábado, agosto 05, 2006

Fidel nos hace sombra, diría un junguiano

A Rosol Botello, por sus constantes referencias acerca del hermano Jung
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Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.
Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve.
Silvio Rodríguez
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El lunes pasado regreso a casa y me encuentro con la proclama de Fidel.

-El regreso es arquetípico -casi escucho el comentario de una amiga que está ahora inmersa en los asuntos junguianos.

Me asombró el suceso. El líder revolucionario no delega ni en los momentos cruciales, él mismo proclamaba la súbita intervención, no de las fuerzas imperialistas, sino de las manos quirúrgicas que le saldrán al paso a una proclamada hemorragia producida por su proclamado estress viajero, una especie de jet lag que sobreviene a los grandes hombres. Imaginé al comandante, cubierto por una bata verde oliva y embriagado por el néctar de la anestesia, dictar cada punto de aquel asombroso documento histórico que sobrepasaría, como hecho mediático, al tópico de la guerra en el Medio Oriente. También lo imaginé dando consejos y recomendaciones a los médicos que buscaban detener la efusión anárquica de su sangre. Su presencia absoluta no podía privarse de controlar su salida de escena.

Fidel había regresado de su viaje a la Argentina, adonde, entre otras cosas, fue a desmentir los rumores de la CIA sobre su precario estado de salud.

El ejercicio de la estupidez no ha sido tan desenfadado como suele ser; y cubre sus lacras guardando, cosa rara, un prudente silencio. El ruido continúa siendo la guerra en el Medio Oriente, un ruido viejo y sobrecargado de lugares comunes. Y a pesar de que la figura de Fidel Castro casi es tan tópica y añosa como el conflicto árabe-israelí, y cualquier mediano amateur podría decir lo suyo, un estupor paraliza a la masa de ingentes comentadores. El miedo pareciera trascender un espacio determinado, una realidad específica. Los halcones en el Pentágono apenas se atreven a cruzar sus miradas y prefieren continuar sobre sus escenarios bélicos, y hasta la mano de doble U Bush ha temblado al alzar la taza de café que ha ido a beber en un local cubano en Miami. Es un mérito del viejo dictador, se ha hecho temible, ha calado como la malaria en la médula de la opinión global, ningún análisis escapa a la trémula febrícula del trópico.

En momentos como éstos creo poder alcanzar la profundidad de la tesis de la ficción de George Orwell, creo comprender un poco más, en el tema del autoritarismo, a Anna Arent; luego vuelvo sobre mis confusiones, me abstraigo y apelo al recuerdo, esa distorsión esclarecedora que decanta las impresiones. Ahora, luego de sobreponerme al embotamiento, a la contundencia abrasadora de la proclama, manejo las impresiones de una figura que ha estado a mi lado a lo largo de toda la vida. Pareciera que anduviera echando mano a un giro hiperbólico al afirmar que yo, a los 48 años de edad, no pueda hablar de un antes de Castro ni de un después de Castro, ojo, y no soy cubano. Hay un párrafo con el que comienza Roberto Bolaño su cuento magistral, El Ojo Silva, que parece avalar esta certeza que hoy manifiesto: “…pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década del cincuenta…” En estos momentos la proclama del hombre que administró la violencia mesiánica en el continente durante los últimos cincuenta años, sume en el aturdimiento a quienes hemos formado parte de su coreografía. El gobernante absolutista no solo copa los espacios públicos y las instituciones, también copa el ánima de los que han dejado de ser ciudadanos para suscribir o enfrentar los sueños hegemónicos del hombre de poder. Ante estas figuras hay una pérdida sustantiva de la libertad de conciencia, ellas llegan y usurpan toda inquietud y esperanza, le dan su nombre, las desdibujan en el turbión del proyecto colectivo, al que también poseen de manera inequívoca.

Más acá de toda la elaboración anterior, comprendo que sólo en las impresiones podré encontrarle forma a lo que digo.
Ángel de la Guarda,
dulce compañía,
no me desampares ni de noche ni de día.
Mi abuelo y mi abuela no compartieron nunca el lecho. Cada cual tenía su cuarto y se encontraban sólo para los asuntos puntuales del amor. En gran medida fui criado por mis abuelos. Ahora tengo una evocación nítida: los vítores e himnos que salían, siempre de noche y en la oscuridad; desde el cuarto de mi abuelo, un canto marcial saludaba a los combatientes de la Sierra Maestra, a los pueblos oprimidos del mundo -adelante cubano, la patria premiará tu heroísmo-, a la gesta del Granma, a playa Girón, a la declaración de La Habana del año 62. Todas las noches de cada día, Radio Habana Cuba, estaba allí, y en la oscuridad el ruidito que acompañaba la sintonización, porque quizá era subversivo escuchar aquellas cosas. Puedo pensar que aquello era natural en mi casa, pero en la casa de mis amigos también se hablaba de Fidel, se le condenaba o se le ponderaba, nunca, incluso sus enemigos, en aquellos tiempos, lo despojaron de su terno romántico.

Era un asunto de inteligencia, de sensibilidad.

Primero salió de escena Camilo Cienfuegos, luego el Che. Fidel los sobrevivía y reinterpretaba sus épicas, los despedía en efusivas alocuciones ante las multitudes, lloraba, leía su correspondencia, e invocaba al valeroso ejemplo de sus vidas. Y en la medida que morían los camaradas, perdían aquella igualdad que los hermanó en la gesta contra la dictadura de Batista y se realzaba la figura de un héroe constructor del hombre nuevo por quien todos los demás habían ofrendado la vida.
Cuba la última colonia del imperio español, la única que no participó de la Guerra continental de Independencia, la que estuvo al margen de las ambiciones de Bolívar, de San Martín y de O’Higgins, se reinventaba a sí misma bien entrado el siglo XX, y le devolvía al continente un ejercito libertador, nuevos próceres y un líder. Las repúblicas americanas habían nacido de la capa y de la espada de los libertadores. El futuro, en aquel entonces, a finales de la década de los cincuenta y a principio de los sesenta, parecía comenzar a nacer de los fusiles de aquellos guerrilleros de la Sierra Maestra. Algo se repetía, y se repetía mal. El militarismo libertario y caudillista que había sembrado nuestros siglos de tiranuelos y guerras civiles cobraba un vigor insólito en la humanidad redentora de Fidel Castro, y se proponía de nuevo extenderse por toda la América. Todas aquellas cosas salían de la radio de mi abuelo.
Más adelante, andaba con mis inquietudes revolucionarias, y a veces me involucraba en ciertas cosas, estaba cerca de los grupos de solidaridad con los presos políticos, y visitaba mucho al cuartel San Carlos. Aparte de las tareas propias de los comités de solidaridad, propaganda, agitación y denuncia, nos reuníamos con los presos, ellos eran una especie de mentores, nos daban charlas de marxismo, que seguramente aprendían de los manuales de Plejanov y de los folletos de la ya impertérrita Martha Harnecker. Me preguntó un compañero preso, que era poeta y componía canciones sobre qué cosa quería hacer yo con mi vida, le dije que me gustaría escribir, entonces de inmediato me habló del caso Padilla, de las razones de Fidel para darle una lección al egoísmo pequeño burgués e individualista de los intelectuales, porque todas las libertades estaban sujetas a un proyecto colectivo y dentro de la revolución todo, y fuera de la revolución nada; había que tener cuidado porque la duda llevaba al cuestionamiento de la revolución y cuestionar a la revolución era, en definitiva, cuestionar a Fidel y hacerle el juego a la derecha y al imperialismo. De eso no se dan cuenta los intelectuales pequeño burgueses, repetía el compañero preso con cadencia y eufonía cubana. En aquellos momentos, luego de la crítica al estalinismo, la muerte del Che y de la invasión soviética a Checoslovaquia, el liderazgo de Fidel fue debatido desde dos flancos distintos, la gente que se desencantaba del socialismo real y buscaba derroteros en la socialdemocracia y los que querían más dureza, mayor contundencia y ortodoxia en la aplicación del marxismo leninismo y observaban en la revolución cultural China y en las enseñanzas del camarada Mao la alternativa real de liberación. Fidel sería criticado con ferocidad por muchos de los que hoy lo lloran y le rinden culto. Por aquel entonces, el caudillo cubano, que nunca dejó de estar presente, se reconciliaba con Carlos Andrés Pérez.
Y el país terminó reconciliándose con Fidel. Acción Democrática, el partido político que había conjurado varios levantamientos militares, que había hecho frente a, entre otras, la invasión de Machurucuto y derrotado a los guerrilleros que gritaban en las sierras el Patria o Muerte del Che, se alejaba de su anticastrismo y encontraba coincidencias, Junto a Omar Torrijo, el verde oliva de Panamá, en una nueva visión nacionalista en la región.
Fue la época del whisky con Nueva Trova Cubana, Alfredo Sadel interpretó La canción del Elegido en el CEN del partido de Rómulo Betancourt, y junto al decreto uno por uno, el lanzamiento vernáculo de Lilia Vera, Jesús Sevillano y Cecilia Todd, llegaron Silvio Rodríguez y Pablo Milanés con sueño con serpientes y Yolanda. Había furor y a finales de los ochenta la fidelmanía llegó a su clímax en el momento en que connotadas figuras del anticastrismo, y enemigos jurados de la revolución, se dieron codazos en la casa presidencial - La Casona-, para estrecharle la mano al comandante. Nadie podía negar conocer los juicios sumarios, las torturas y el confinamiento de cientos de presos políticos en las cárceles del dictador, la persecusión de intelectuales, hasta Brian de Palma había filmado Caracortada, los sucesos de Mariel pusieron al desnudo al paraíso tropical, pero en Venezuela no pasaba nada, cientos de figuras, aun a sabeindas de lo que le ocurrió a Reinaldo Arenas, por ejemplo, firmaron manifiestos de bienvenida y otros tantos desfilaron en el besamanos al supremo. Se puede afirmar que los años ochenta y noventa en Venezuela estuvieron retratados por dos personalidades: El Papa Juan Pablo II y Fidel Castro Ruz. Hubo mucho más entusiasmo, sobre todo entre la clase media y la clase media alta, por el mito viviente que el que ha tenido el pueblo ahora, en los tiempos de Hugo Chávez. Aun recuerdo la voz conmovida de Nelson Bocaranda narrando con desbordada emoción su encuentro cercano del tercer tipo, le había tocado el hombro verde al comandante.

Inmediatamente después de la coronación de Carlos Andrés Pérez, bendecida por la presencia del viejo guerrero, en Caracas y en otras ciudades del país, se produjo el sacudón. Luego de un incremento del precio del pasaje, la gente se lanzó a la calle, y en una fiesta de anarquía y saqueo, cobró las promesas electorales. Todo aquel exceso fue reprimido. Pocos años más tarde, viviríamos el folclórico pronunciamiento militar del teniente coronel que hoy amenaza con perpetuarse en el poder tantos o más años que Castro. El primer telegrama de respaldo condenando al militar traidor, fue de Fidel. Y con el telegrama llegó un consejo: elimínalo. Desde aquellos tiempos en los que se deploró la figura de Castro, pasando por la gran reconciliación nacional entre los años ochenta y noventa, hasta hoy cuando todos de una forma u otra, compartimos la incertidumbre que ha generado la críptica proclama, Fidel ha estado dentro y fuera de nosotros, como diría mi amiga que se ocupa de los asuntos junguianos, haciéndole sombra a este país que nació a la luz de la voluntad de un militarismo mesiánico y absolutista, expresado en la figura de sus libertadores.
No quiero cerrar esta larga nota que no llega a ningún puerto sin rescatar un comentario que le dejé en su blog a Victoria Spinter. Creo que solo he debido limitarme a reproducirlo, y liberarme de esta gran perorata. A quienes aburrí, les suplico consideren y comprendan que de alguna manera, he estado tratando de lidiar y explicarme por qué me indignaban dictadores como Videla y Pinochet, mientras que siempre fui primero simpatizante, luego tolerante y más tarde indiferente ante la figura cruel y totalitaria de Fidel.


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Victoria: como todo hijo de mi generación, con respecto al Caballo tengo recuerdos y algunos sentimientos que se han resuelto en lo que los marxistas llaman lucha de contradicciones irreconciliables.

Recuerdo que en el liceo me aprendí de memoria el discurso de Fidel en la declaración de La Habana, casi que hicimos (teníamos un grupito de arte dramático) un montaje de teatro; luego vinieron las pugnas en el seno de la izquierda de la época, Luben Petkoff enterró sus armas en Humocaro o en la sierra de Coro y se fue a la isla y mucha de la gente que llora hoy a Fidel, se desgarraba las vestiduras y lo acusaba de revisionista y de traidor; de lameculo de los rusos y de amigo de Carlos Andrés Pérez.
¿Te imaginas?
Más tarde me fui a La Habana, por razones similares a las tuyas, quería hacer cine; acercarme a Gabriel García Márquez, el cortesano, el sastrecillo valiente; él hacía su corte en un Mercedes Benz negro del tamaño de la isla; a veces se corría con suerte y se le podía escuchar fuera de palacio. Nunca llegué a san Antonio de Los Baños, pero sí al Habana Libre y al Hotel Nacional; cuando me escapaba de cierta marcación militante de los camaradas, me iba por los lados del Barrio Colón, eran los tiempos de Gorvachov y la Perestroika, un poco antes del escándalo de Ochoa y los hermanos La Guardia,. Tenía un amigo muy amigo, casi que hermano o padre, bastante cercano al partido, y pude ver de cerca y con asco todo el rollo de la nomenclatura, estuve junto a esa especie de oligarquía del proletariado, de sus descorches, de su tráfico electrodoméstico desde Panamá, y de nuevo escuché los cantos a Carlos Andrés Pérez en medio de una ligereza, un dandismo de vanguardia que tenía un tono pardo, como el que pudiera haber tenido la exquisita élite romana en los tiempos del Duce Benito. En aquel momento brindé con muchachos que iban a morir o a sobrevivir en Angola, no eran brindis alegres, eran tristes, nadie recordaba la Habana de Bustrofedon, tampoco se respiraba el ornamento estético de Lezama Lima, Estuve con médicos que se iban a Eritrea, todos a las órdenes de Arnaldo Ochoa del avance del socialismo y del tráfico de marfil y esmeraldas en África; ya venía de vuelta y aquella ilusión de la humanidad diciendo basta iba en franca retirada, a veces no escondía mi estúpida repugnancia burguesa ante las opiniones desenfadadas que tenían los compañeros irreductibles – en su homofobia- sobre el individualismo marginal de Reinaldo Arenas. Unos amigos en Casablanca me encomendaron hablarle a Carlos Giménez a ver si cuadraban un viajecito refrescante para el Festival Internacional de Teatro; y otros sólo me pidieron que les llevara cartas. Hace poco hablaba con José Napoleón Oropeza sobre la sensualidad de La Habana, una ciudad construida sobre el mar, a pesar del mar, una ciudad muy bella, muy pobre y desgraciada. En fin, nunca pude ver al Caballo, no de cerquita, ni siquiera porque me había aprendido su declaración del año ’62 y conocía al camararada X. Pero sí lo vi en una concentración, como siempre, ante una multitud monótona, en la Plaza de la Revolución. Aquella multitud no estaba triste ni alegre, coreaba, vitoreaba, repetía una nota oscura, un bajo, un blues; y él héroe se vapuleaba más allá de todo, más acá de nada, en su muerte antigua, en la historia, sobre cualquier sensibilidad, con el vendaje retórico dando vueltas en torno a las dignas ruinas de su sueño. Desde entonces supe que trataba con un muerto.