domingo, febrero 02, 2014

El mundo de Ayer



El tema del exilio es abordado desde distintas ópticas; a veces temo mucho a aquellas visiones apegadas a la literalidad del significado de la palabra, porque  tienden  a ceñirse a los decretos del
diccionario, a hacerle resistencia a las posibilidades de re-significación de un signo inquieto: Exilio;  siempre periférico y por  naturaleza esencial extranjero.  El desplazamiento es una acción vital que nos acompaña en los distintos planos o escenarios, mientras vamos aconteciendo por la vida.  De alguna u otra forma, todos hemos sido expulsados de estadios anteriores y nadie se ha marchado de sus espacios sin sentirse condenado a la diáspora.
La expulsión parece venir en la condición humana junto con la necesidad de arraigo, nadie termina de acomodarse cuando ya se ve partiendo, nadie termina de partir sin dejar raíces.
Se siente temor de nombrar y mezquindad de conceder. El exilio político comienza cuando se impone una visión única del paisaje y del pensamiento, cuando quien  habla en nombre del colectivo al que se pertenece desconoce al otro y condena las diferencias, lo cataloga como lo adverso, lo refractario que debe ser suprimido y sólo lo nombra  para despojarlo de correspondencia y ciudadanía. La verdad absoluta es excluyente.  En el momento en que, en el nombre del valor colectivo se despoja al individuo de sus querencias únicas, se le desdibuja  con despotismo del lugar compartido, lo común se trastoca por lo único.


En estos días he estado repasando la cadena significativa de la palabra exilio, hay quienes confunden  exilio con refugio o asilo y reclaman como condición una orden de captura o de ejecución. No necesariamente exilio y refugio son términos afines, puesto que aún en el refugio, el exiliado permanece afuera. 
Bastará con leer  el drama de Stefan Sweig, quien se anticipa  con su exilio voluntario en 1934 a la caída de Austria en manos del nacionalsocialismo, y se destierra (al principio sin una ruptura definitiva, puesto que va a regresar a visitar a su familia en varias oportunidades, hasta que en 1938 es despojado de su pasaporte y nacionalidad) para precisar cómo el refugio y el asilo nunca le fueron suficientes al exiliado para llenar el vacío de la exclusión que lo abate,  al admitir en su autobiografía “El mundode ayer la pérdida de Europa como patria espiritual y que intento de recoger en estas pocas líneas para trascender cualquier ortodoxia semántica: “ De todo mi pasado no llevo conmigo, pues, más de lo que guardo detrás de la frente. Todo lo demás esta inaccesible o perdido… abandoné mi casa, desapareció el placer de mi colección y también la seguridad de poseer cualquier cosa de modo permanente… No me lamento, pues por lo que en otra hora poseía y ahora he perdido, pues si los acosados de estos tiempos adversos a todo arte y a toda concentración debiéramos aprender todavía un arte nuevo, sería el de saber despedirse de todo lo que en otra hora había significado nuestro orgullo y nuestro amor”