miércoles, abril 11, 2007

Verdad oficial

Estuve allí, delante mío cayó Malvina Pesate como si hubiese recibido una pedrada en el rostro; estaba herida. Una bala entró por su pómulo y se alojó cerca de la columna; Tuvo suerte, no murió ese día. Estuve allí, y desde la esquina de Korda Modas vi a la gente replegarse y a unos hombres de civil disparar sus armas, bajaban como batallones desde puente Llaguno; mi hermano tuvo que meterse debajo de un kiosco de periódicos, otros buscaron, inútilmente, refugio en el marco de los negocios cerrados, juntaron sus cuerpos contra las santamarías. ¡Están disparando cerca del Fermín Toro! se escuchó gritar; la Guardia Nacional vaciaba las cacerinas de sus pistolas y de sus fales ¡hay francotiradores que hacen muertos de lado y lado! se decía. Estuve allí. Asumo aquel día, es mi nombre, mi apellido. Nadie jugará con mi memoria, no permitiré que me confundan. Salimos la mañana del 11 abril del 2002 con el propósito de llegar al palacio de gobierno, una marcha de cientos de miles, una marcha parecida a la que procuró la renuncia del presidente argentino de La Rùa, es verdad, íbamos pidiendo la renuncia de Hugo Chávez, sin armas, íbamos pidiendo su renuncia y fuimos emboscados. Hoy, a cinco años de los hechos, no hay condena, nadie paga, pareciera que el Estado "revolucionario" y cierta oposición se hubiesen propuesto forzar la desmemoria, la distorsión, la apatía, el olvido. Para algunos, el gobierno consolidado sobre eventos criminales, es legítimo. Y negocian con la memoria y hablan de legalidad, de logros parciales del proceso, se alínean y conviven, dicen que ven las cosas en perspectiva. Ceden al chantaje, al músculo poderoso, sedicioso, proxeneta y corruptor de “El proceso”. Estuve allí, y conmigo cientos de miles, nosotros sabemos qué pasó ese día, y nos tomamos en serio la consigna Prohibido Olvidar. La impunidad no pacifica ni a las conciencias ni a las sociedades. La impunidad fractura y vuelve remota cualquier posibilidad de reconciliación. No puede haber reconciliación si no se promueve la verdad, no puede haber paz si pretendemos olvidar o banalizar los hechos. Sin una comisión independiente que busque establecer la verdad y sin tribunales que condenen a quienes invocaron sangre, a quienes dispararon y promovieron la emboscada del 11 de abril, continuará la herida franca, el dolor estoico, la necesidad imperiosa de justicia. Juegan con la dignidad de las personas aquellos que imponen y se hacen eco de la verdad oficial y convierten a los asesinos en héroes; aquellos que ven, en perspectiva, limpias de sangre las manos del déspota y hoy con osadía oportunista le celebran sus chistes, sus ocurrencias líricas, sus dotes de estratega. Han rendido su memoria. Estuve allí, Hugo Chávez, y junto a mi, cientos de miles. Cinco años después no olvidamos.



Verdad Oficial
(fragmento de Cien años de soledad)

Cuando José Arcadio Segundo despertó estaba bocarriba en las tinieblas. Se dio cuenta de que iba en un tren interminable y silencioso, y de que tenía el cabello apelmazado por la sangre seca y le dolían todos los huesos. Sintió un sueño insoportable. Dispuesto a dormir muchas horas, a salvo del terror y el horror, se acomodó del lado que menos le dolía, y solo entonces descubrió que estaba acostado sobre los muertos. No había un espacio libre en el vagón, salvo el corredor central. Debían de haber pasado varias horas después de la masacre, porque los cadáveres tenían la misma temperatura del yeso en otoño, y su misma consistencia de espuma petrificada, y quinies los habían puesto en el vagón tuvieron tiempo de arrumarlos en el orden y el sentido en que se transportaban los racimos de banano. Tratando de fugarse de la pesadilla, José Arcadio Segundo se arrastró de un vagón a otro, en la dirección en que avanzaba el tren, y en los relámpagos que estallaban por entre los listones de madera al pasar por los pueblos dormidos veía los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños, que iban a ser arrojados al mar como el banano de rechazo. Solamente reconoció a una mujer que vendía refrescos en la plaza y al coronel Gavilán, que todavía llevaba enrollado en la mano el cinturón con l hebilla de plata moreliana con que trató de abrirse camino a través del pánico. Cuando llegó al primer vagón dio un salto en la oscuridad, y se quedó tendido en la zanja hasta que el tren acabó de pasar. Era el mas largo que había visto nunca, con casi doscientos vagones de carga, y una locomotora en cada extremo y una tercera en el centro. No llevaba ninguna luz, ni siquiera las rojas y verdes lámparas de posición, y se deslizaba a una velocidad nocturna y sigilosa. Encima de los vagones se veían los bultos oscuros de los soldados con las ametralladoras emplazadas.
Después de medianoche se precipitó un aguacero torrencial. José Arcadio Segundo ignoraba dónde había saltado, pero sabía que caminando en sentido contrario al del tren llegaría a Macondo. Al cabo de más de tres horas de marcha, empapado hasta los huesos, con un dolor de cabeza terrible, divisó las primeras casas a la luz del amanecer. Atraído por el olor del café, entró en una cocina donde una mujer con un niño en brazos estaba inclinada sobre el fogón.
- Buenos - dijo exhausto -. Soy José Arcadio Segundo Buendía.
Pronunció el nombre completo, letra por letra, para convencerse de que estaba vivo. Hizo bien, porque la mujer había pensado que era una aparición al ver en la puerta la figura escuálida, sombría, con la cabeza y la ropa sucias de sangre, y tocada por la solemnidad de la muerte. Lo conocía. Llevó una manta para que se arropara mientras se secaba la ropa en el fogón, le calentó agua para que se lavara la herida que era sólo un desgarramiento de la piel, y le dio un pañ limpio para que se vendara la cabeza. Luego le sirvió un pocillo de café, sin azúcar, como le habían dicho que lo tomaban los Buendía, y abrió la ropa cerca del fuego.
José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó de tomar el café.
- Debían ser como tres mil - murmuró.
- Que?
- Los muertos - aclaró él-. Debían ser todos los que estaban en la estación.
La mujer lo midió con una mirada de lástima. "Aquí no ha habido muertos - dijo -. Desde los tiempos de tu tío, el coronel no ha pasado nada en Macondo." En tres cocinas donde se detuvo José Arcadio Segundo antes de llegar a la casa le dijeron lo mismo: "No hubo muertos." Pasó por la plazoleta de la estación, y vio las mesas de fritangas amontanadas una encima de otra, y tampoco allí encontró rastro alguno de la masacre. Las calles estaban desiertas bajo la lluvia tenaz y las casas cerradas, sin vertigios de vida interior. La única noticia humana era el primer toque para misa.