lunes, agosto 06, 2007

CSI

Al llegar la vi, y creí que ella iba a llorar o a reír de la alegría, de la tristeza, de la plenitud de un sentimiento; sus pupilas estaban contraídas y los ojos destellaban el brillo instantáneo de la intensidad; eran sólo parte del conjunto; la boca grande, los labios aún húmedos, los dientes perfectos, un poco asimétricos dibujaban una sonrisa suspendida entre la euforia, la plenitud y la urgencia. El cuello desnudo, expuesto apenas, detuvo un movimiento, una sutil deglución. Parpadearía antes de congelar el gesto. Retada pudo haberse sonrojado, una oleada de calor y de frío la recorrería segundos antes; retrajo su piel que presa de la influenza, de la espera y del acecho, del último y definitivo aleteo de un deseo proscrito e íntimo, delató el contorno erecto de los pezones a través de una franelilla de algodón: yace rígida. La cuerda suena, la cuerda emite un sonido armónico, una respiración quejumbrosa que fue; y, pareció retenerlo, no dejarlo ir, mojarlo y marcar su piel con la viscosa y cristalina savia de la cerviz, quiso apretarlo hasta la anoxia. Al llegar la vi, se marcaban los músculos de sus muslos, el tendón que anida dos accidentados declives entre los pliegues inguinales, los labios de la vagina y el nacimiento de sus nalgas. Su piel parecía la hoja lloviznada de un árbol de acacias, le resta el sudor, ya no dará otra vuelta, la vida se ha acabado, sus dientes han comenzado a parecerse al marfil vulgar de un amor perdido y la mirada de sus ojos, ahora vítreos, se la ha llevado un hombre, cualquiera, el asesino.