lunes, enero 05, 2009

Hybris ὕϐρις





Recuerdo una imagen de mi juventud, el estadio de Chile, era para muchos el debut de Augusto Pinochet; miles de personas presas, torturadas y desaparecidas, confinadas en un estadio de futbol. Un asunto indignante; entonces, quienes estudiábamos en liceos y universidades salimos a protestar a las calles de Caracas, a denunciar los nexos del entonces presidente Rafael Caldera con la Democracia Cristiana chilena y su silencio cómplice frente a los desmanes bárbaros de los militares sureños. Luego nos indignaron las desapariciones en la Argentina, atentos casi siempre reaccionábamos con intransigencia, cuando le plantábamos cara a las salvajes violaciones de los derechos humanos, digo casi siempre, porque de alguna manera, a veces irritante, nos hacíamos los tontos o justificábamos repitiendo consignas encantadas, los exabruptos de la revolución cubana, sus excesos criminales, su absoluto desprecio por la dignidad de su pueblo, en nombre, siempre, de intereses mayores. Gritamos contra la injerencia norteamericana en Vietnam y callamos cuando los soviéticos ocuparon Afganistán o cuando Pol Pot en nombre del hombre nuevo, otro interés mayor, masacraba a los cambodianos, igual Cuba intervino en Angola, en El Congo o Eritrea con fines imponderables de redención y a pesar de que una de las mayores masacres de palestinos la cometió el rey Husein de Jordania, un príncipe árabe enemigo de Israel, aquel septiembre negro, los asesinos y usurpadores continuaban siendo los crueles sionistas. De hecho, hoy nadie la recuerda ni condena.

¿Y ahora qué?

Una conclusión

Parece que practicamos una manera muy hipócrita de dolernos del drama humano, de su tragedia.

Ahora mismo los legisladores de la Asamblea Nacional Bolivariana, imperturbables, condenan los sucesos de Gaza y acusan al Estado de Israel de genocidio, cada minuto que se toman en desgarrarse las vestiduras y echar cenizas sobre sus cabezas, alguien muere en Venezuela víctima de la violencia, probablemente un niño, una niña o un adolescente; cada vez que invocan a la lucha del clases, al odio como un arma legitima de los desposeídos y oprimidos del mundo y a la expropiación justiciera como vendetta de sus empichados resentimientos, alguien ingresa a la morgue con la cabeza destrozada de un tiro; por cada madre palestina, tres madres venezolanas lloran en este momento a sus hijos, madres que no son, hijos que no importan, hijos que no existen, porque no han muerto en franco y heroico enfrentamiento al imperio, al capitalismo o al sionismo internacional. Por cada día que estos próceres de verbo incendiario dejan de legislar para salvar a la humanidad (no son humanos gringos, sionistas, capitalistas, liberales, intelectuales burgueses ni ciudadano con conciencia individual), la sangría mana de las inermes venas de su pueblo. Estos enfurecidos legisladores, humanistas todos y adalides luchadores a tiempo completo por el continuismo de Hugo I, fin último de la gesta chavista, deberían, en honor a la honestidad histórica, ser condenados, repudiados y señalados por el mundo que tantas atrocidades se empeña en condenar, pues su responsabilidades son graves ineludibles y grandes. Les recuerdo a ellos, o me recuerdo a mí mismo, aquel verso de una canción de Alí Primera, siempre a flor de labios de la casta responsable de nuestras desgracias: “basta de mentes hipócritas, basta de mentes estólidas, que nos quieren mandar”