domingo, septiembre 18, 2005

El Complot para matar al presidente


Manuel Caballero

El complot para matar al Presidente El complot para cometer un magnicidio existe, está actuante y realizándose por lo menos en los miedos de los hombres de Palacio

¿Por que resulta tan desconcertante esta novela de Israel Centeno (El complot, Alfadil, 2002)? Para tratar de explicárnosla, comenzaremos por lo que siempre resulta más fácil a los perezosos: su clasificación. Se trata de una ucronía; cosa que el diccionario define como una construcción lógica adaptada a la historia, de algo que no ha sucedido, pero que pudo o puede suceder.
El complot para cometer un magnicidio no es nada que se haya dado en la realidad, pero que si nos atenemos a las advertencias, a los temores, a los terrores, a las huidas, a los chalecos antibalas, a los círculos de seguridad y otras zarandajas, existe, está actuante y realizándose por lo menos en los miedos de los hombres de Palacio.

Un escenario. Es decir, que quienes sienten esos miedos podrían darle otra clasificación a esta novela: se trata de un simple informe de inteligencia, base de lo que los pedantes y otros politólogos llamarían "un escenario".

También se podría decir, con toda la mala intención del mundo, que se trata de una novela de anticipación, una anticipación inmediata. Finalmente, también podría uno, extremando la manía clasificatoria, decir que se trata de una novela realista.

El texto de Israel Centeno impresiona por su maestría en sumergirse en la realidad sin dejarse vencer por ella. No hay, a lo largo de todo el texto, la menor concesión a la actualidad tal y como la concibe, por ejemplo, un reportero: el autor sabe establecer aquí la indispensable lejanía entre su ficción y la realidad, lo que hace de la suya una novela y no un simple reportaje imaginario. Pero tampoco se aleja de esa realidad (o tal vez sea mejor decir, de esta actualidad) como para que la novela se transforme en un simple juego alrededor de algo que no ha sucedido ni sucederá jamás.

Mi desordenada avidez. Al decir que El complot sea una novela desconcertante, debo agregar que ella lo sería mucho más si mi desordenada avidez lectora no me hubiese llevado hace muchos años a una serie de irlandeses, entre ellos autores teatrales (The Undertaker, cuyo autor se me escapa). Allí se describía la inacabale espiral de violencia en que se ven sumidos los personajes.

En efecto, y lo demuestra todavía en gran parte la situación irlandesa, la violencia es un toro que una vez suelto, cuesta Dios y su ayuda volverlo al corral, y a veces nunca se logra. Los personajes de la novela de Centeno no solamente viven en la violencia, sino que viven para la violencia. No hay manera de salir de ella, porque sólo conocen una forma de vida, y por lo tanto una sola salida: la muerte, dada o recibida.

Pero no es sólo eso, sino que los peores odios no son contra el enemigo evidente, sino contra los propios camaradas y amigos, siempre sospechosos de ser traidores en acto o en potencia. Así Sergio y Gloria no huyen abriéndose paso a balazo limpio contra el enemigo ubicado y detestado, sino contra sus propios amigos que consideran que ya no son útiles a la causa, y más bien molestan.

Recuerdan a Chesterton. El problema es que ese es un proceso que no se detiene nunca, y en el fondo, estos personajes trágicos no dejan de recordar a los que en tono más bien zumbón, describía Chesterton en su El hombre que fue jueves; un grupo de revolucionarios que no eran tales, sino policías infiltrados. Al final, no estaban espiando a nadie más que a ellos mismos, y si otro hubiese sido el carácter de Chesterton, hubiesen terminado, como éstos de Centeno, matándose entre sí. En el fondo, también, y sin querer reír en un escenario donde corre tanta sangre, hay algo más que une a Centeno con la tradición de Chesterton: recorre todo su texto una sutil ironía, burla de los asustados y burla de los obsedidos, burla de la ambición del poder absoluto.

Por otra parte, la novela de Centeno nos lleva a Orwell, al Vargas Llosa de la Historia de Mayta, porque es también, a su manera muy personal y con una escritura nerviosa pero clara, una amarga reflexión sobre las utopías maximalistas. Sobre la serpiente que se muerde la cola en que se convierten todas ellas.

¿Tienen algún destino esos personajes? Sí: Centeno les ha reservado un refugio en esa especie de valle de las sombras donde nunca terminarán por saber si viven del lado acá o del lado allá del sueño, del lado acá o del lado allá de la muerte; donde vivirán acaso por siempre en lo que ha sido su vida de toda la vida: en la provisionalidad, en el no-mañana.

Debo concluir señalando algo que también me ha impresionado en esta novela de Centeno: la limpidez de su prosa, que no deja de asombrar en un texto que, por su tema y podríamos decir su actualidad, tiene que haber sido escrito en un tiempo muy corto y muy reciente.