domingo, septiembre 18, 2005

Calletania (Fragmento)


Novela, Monte Avila Editores, Caracas, 1991




Todos miraban hacia el faro, buscaban encontrar la sonrisa de Daniel. Despreciaban el acto, pero nadie se atrevía a acusarlo. Hasta el momento siempre había tenido razón. Al final, éste sería un acto definitivo, intimidatorio. Zucaritas y el Biuti pensarían mejor antes de volver a vender en las esquinas del barrio, antes de disparar contra una puerta.

Daniel parecía tranquilo, sin embargo, debajo de su sonrisa se estremecía, insurgía en contra de sí mismo, se daba cuenta de que había iniciado algo realmente serio, que había echado a rodar una roca cuesta abajo y no se detendría sino después de asolar y destruir indiscriminadamente. Trataba de evadir la idea que, según él, le había sembrado el Coronel: su lucha era personal, era cuestión de honor, de llegar hasta el fin aun sabiendo que ese fin era otro, era distinto a la culminación con entradas triunfales, con cantos de la Internacional, con banderas rojas ondeando en las cúpulas del Congreso. Pensaba, después de la cuarta taza de café, en las consecuencias. Pero continuaba delirando. Miraba a los perros como a piratas, se balanceaban en altos mástiles. Probablemente se equivocaba, erró el camino. El sacrificio de los animales lo exponía a ser blanco del desprecio y Zucaritas y el Biuti seguirían esperándolo a la vuelta de la esquina.

No era miedo, ni arrepentimiento tardío, ni principios traspapelados. Pero por unos momentos se sintió con ganas de arrojar la toalla, de dejar de pelear con boxeadores de baja categoría. Se dio cuenta de que el Coronel seguía teniendo ascendencia sobre él. Lo respetaba a pesar de su cinismo ante la turbulencia existencial desatada una vez desmantelado el partido, una vez desmitificados los líderes que conducirían a un ejército popular a la victoria. Todo se había venido abajo. Los signos de la época cambiaban. Los narcotraficantes que tanto combatió habían logrado en Colombia y en Perú lo que la guerrilla no había logrado después de décadas de enfrentamientos: un poder real, un estado superando al estado, desafiándolo, disputándole el mando, enfrentando las intervenciones de los marines con amenazas hechas realidad, con boicots y atentados. Habían logrado que Estados Unidos se metiera en sus países sin argüir lucha contra el comunismo internacional y sin declarar una guerra de liberación. Estas eran las ruinas, el teatro socavado, el robo de la iniciativa por intereses carentes de toda ideología. Los habían derrotado, habían impuesto una paz democrática y les pautaban las reglas del juego. El Coronel se lo decía: había que aceptarlo, fue un mazazo, se muere o se vive, es el momento de ver en blanco o en negro.

Fue cuando le habló por primera vez de sus problemas con Marta. Las cosas empezaron a ir mal, ambos sentían mucha amargura como para dar respuestas a las interrogantes que siempre existieron, resueltas con verdades a medias, con una práctica de consigna. Era bueno para el ego sentirse los elegidos, los irreductibles, los de las canciones patéticas.

- Es tan cursi. Hoy me da pena. Me pongo rojo de la pena. No nos dábamos cuenta del papel de pendejos que hacíamos.



Marta lo dejaba hablar al principio, luego comenzó a refutarlo, a encontrar justificaciones que la devolvían, si no al redil o al camino, a una trocha accidentada, estrecha, pero con piso debajo de los pies. Podía mantener su estatus dentro de la izquierda, esto la ubicaba en la tierra y terminó con claves y respuestas para todo desengaño: no era una cuestión de ideologías o partidos, era una cuestión de hombres. La dirigencia del partido se había pervertido.

- Es tan pendeja, Daniel, tan nacida para hacer de tonta, que me ha dejado afuera. Ya me catalogó entre los que esperaban una crisis para manifestar la propia. Ahora resuelta que estoy en crisis.

Daniel y el Coronel no quisieron descreer y leían, buscando en los textos de Bakunin las respuestas que Marx no les daba. Trataban de darle forma a Marx restándole méritos a Lenin y entonces veían con simpatía los enfrentamientos de la CGT española contra la burocracia estalinista: todo llegó a ser burocracia, estructura vertical. El socialismo real era una industria pesada, una edificación con andamios afuera maquillando estructuras, ocultando grietas, tapando huecos por donde se escapaban aberraciones típicas del socialismo, sus pugnas, las invasiones, la persecución a la disidencia, la tiranía del colectivo: por eso se ha venido abajo, era un suspiro.

Se emborrachaban en bares de ficheras, en clubes nocturnos de baja categoría.

- Esto no es ni la sombra de los espacios vitales que tuvo mi viejo –decía el Coronel.

Aunque no pretendían evadirse en brazos de ficheras, que, según Daniel, a veces daban más sosiego que la muerte, le daban vueltas a la tuerca, unían elementos que amenazaban con desnuclearse, esperaban autodesmembrarse, nacer del polvo de los ceniceros de aquellos bares y volver a la palestra. Pero terminaban ahítos de ron, tarareando la Internacional, llorando, elaborando diálogos vacíos.

- Yo creo lo que dice Marta, estamos en crisis, Coronel –Daniel arrastraba las palabras.

- En crisis las pelotas. En crisis está el universo desde que existe. –Comenzó a hablar de ella.- La conocí en unas jornadas, deben haber sido por los presos políticos, con huelga de hambre y todo. Ni que me la hubieran puesto, ella estaba allí, escuchando las resonancias de clase. –Se reía-. Sólo nos bastó una reunión para hablar de todos los lugares comunes. Me contó que su papá era un viejo médico, un viejo burgués y yo le dije, igualito al mío, y ella, que no comprende y yo, ni lo intentes, y ella, qué hace el tuyo, y yo, creo que estará haciendo méritos para que le abran las puertas del cielo, su vida fue tan desastrosa aquí abajo que le debe estar costando una y parte de la otra convencer a san Pedro, y ella, ¿está muerto?, y yo, sí, dejó este mundo como quería. Es difícil dejarlo como uno quiere. El se fue en los brazos de una puta. ¿Y por qué no bajamos a su casa en la playa? Ahora es mía. – Allí fue cuando nos abrazamos para cometer la estupidez de decir que era para siempre y ese para siempre me da acidez.

Daniel no terminaba de salir del faro. Jugaba con la mirada de los que le interrogaban. Le guiñó un ojo a Tania, debía estar seguro de que seguiría junto a él. Lo de los perros era el preámbulo, la entrada. Ella sería el plato principal. Su plan le demostraría al Coronel que de lo particular también se puede trascender a lo general, de los boxeadores retirados a los de categoría, de una lucha emprendida por viejas culonas contra un jíbaro, a una lucha descarnada contra el sistema, y el Coronel seguramente le preguntaría por el aparato, el partido, la vanguardia. Volvería sobre las estupideces sobre las que escupe, y él le contestaría que la revolución de Mayo había empezado por una tontería en La Sorbona y había tumbado a De Gaulle.

Terminó por abrir la puerta del faro. Dejó que el sol entrara vigoroso como pocas veces lo hacía en esa habitación de cubo de juguete, donde la luz de las mañanas estaba proscrita. Aunque el camión del aseo pasara con su bulla y las botellas de la bodega del portugués sonaran a quebrarse. Aquellas cosas comúnmente no eran lícitas, pero ese día, Daniel les daba entrada franca.

Tania estaba parada en el umbral de la casa de los susurros. Apretaba los libros a su cintura, bajaba la mirada para eludir el balanceo de los perros. Daniel estaba frente a ella y ella sabía que era su turno, que de ella dependía una buena jugada y que no podía fallarle a su tío. Pero, ¿la dejaría bajar a la playa? Ricardo estaba sentado en las escaleras de su casa. Le gritó a Daniel.

- Esto me recuerda al Bobo.

- Sí. Al Bobo lo guindamos también –trataba de no acusar el golpe.

- ¿Y no te recuerda al Loco, al Cabeza de León? Todos ellos terminaron con el cuello abierto por la navaja de un malandro. A éstos –señaló a los postes- los guindó un chiflado que delira.

® Israel Centeno