sábado, septiembre 17, 2005

Santiago de León




® Israel Centeno

La ciudad es, o puede ser, un orden descodificable, un caos a ordenar, el texto a escribir sobre un monociclo mientras se ejecuta un juego de malabares; una lectura polisémica, un entramado de conflictos o el ruido sinoidal que percibimos desde una de sus montañas, bien sea cerro, loma o cumbre.

Nací en Caracas hace en el año 1958. Sólo durante cortos paréntesis de tiempo, he vivido en otra parte.

He transcurrido dentro de ella permutando, debería ser de la parroquia San Agustín, pero Catia o Santa Paula, Casalta y El Cementerio, San Bernardino, Cotiza, Boleíta, El Valle o la California Norte, reclaman su potestad; en buena medida les pertenezco. Conozco el lejano oeste hasta "la madre" de Tacagua; desde un rancho de hojalata al borde de una quebrada vi el tránsito aéreo de Maiquetía, escuché los rumores de Catia La Mar, y en las vetas del barrio Niño Jesús fundé un grupo de autodefensa popular. Así también mis diversiones eran manejar autocar en El Cafetal, hacer picar mi Volkswagen superescarabajo en Chuao, subir a Sartenejas y pernoctar en el pueblo de Gavilán para degustar conejo y beber cerveza, ver el cielo azul cruzado por aviones de juguetes; enamorarme de Adriana en Altamira, de Aída en Montalbán, de Victoria en Las Acacias, de Zulay en la Ciudad Universitaria, de Yaida en Los Magallanes; serle fiel a Manuela en los indistintos baños donde hice reales mis más frescos y demoledores amores.

Caracas son mis quince años cabalgando una Yamaha 80 Enduro de cross, hacerla correr sobre su rueda trasera frente al portón del Liceo Antonio José de Sucre, mientras las púberes aplauden y piden parrilla para quebrar sus culos romos sobre el asiento en el cual moldean la curva abrupta y sensual que se expresa allí, entre cadera y la espalda, esa variación exacta que hace a la niña gasolina comprimir, con la fuerza centrífuga, sus tetas perfectas, sobre la espalda de quien conduce; más perfectas… nunca jamás; atrás la hembrita tanque full, con el mentón en el hombro y ambas manos en el pecho de quien cree que no va a morir de ningún modo, pues corre su moto y vive en Caracas.

Es Santiago de León un valle largo de lágrimas, angosto valle en el cual vivo, biblioteca abierta, solapa de libro, contraportada, texto. A ella la temo, la quiero, espero volver sobre mis pasos a descubrir calles que nunca antes he transitado; y buscar el destino a través de túneles, cloacas, quebradas; así, en la esperanza del desenlace imposible, mientras, el tumor crece y asfixia a la hierba."Todo verdor perecerá" dijo el profeta y por lo tanto yo acecho el final, el desierto, la corrosión, el silencio. Ya no tengo quince años, ni manejo motos, tampoco anhelo redimir a ningún hombre, estoy viejo, gordo, acabado, tan disuelto como la urbe. Sólo me queda el lenguaje. ¿La ciudad? Qué más da, sólo existe la palabra y mis esperanzas se constriñen a ella. Es un concepto rosa, pero cierto.