sábado, septiembre 17, 2005

Cuento


La nostalgia después del sueño
® israel Centeno

Tomado de El rabo del Diablo y otros cuentos 1991

El gato da un zarpazo. Se transforma en un sueño recurrente. Se aviene cuando duermo, con su camisa azul de marinero, con los labios cuarteados y la cara roja. Se ubica frente a mí, extiende sus manos, muestra sus dedos; son garras que suelen atrapar botellas, rasgar una guitarra o tocar las nalgas de María. A veces me parece verlo escudriñar en el barrio como si buscara su alimento en tachos de basura; carece de medida, baja del cerro y se pierde entre las torres de los edificios donde su nombre apenas es pronunciado por vagos de esquinas. Es conocido como el gran prodigador de serenatas en una ciudad de revueltas donde abundan los hurgadores de oportunidades, en las quebradas, debajo de los puentes, en el enrejado de las alcantarillas, o frente a mansiones que ostentan la felicidad por la cual se canta o se mata. El gatosereno viene en la parte trasera de un auto pequeño y convertible, no maúlla. Habla con cierta nostalgia de aquellos grandes Mercurys de los años cincuenta, que atravesaban el continente desde la costa atlántica al Pacífico; iban por tierras de contrastes verdes y dorados donde espigaba el trigo y la avena, el grano de millo y el centeno. Aquello era como atravesar un granero, como repetir de memoria los cuentos de Steinbeck. En la parte trasera del auto, emula poses contradictorias; sin embargo tiene un mismo fin, seducir con excesos de virilidad. Entonces es Pedro Infante con sus

bigotes endureciéndole la cara y la macha amistad que brinda generosamente.
Nos invita, a Germán, a Gabriel y a mí a que lo acompañemos por el barrio. Nos montamos en el pequeño auto convertible en busca de un lugar donde reunirnos a cantar y a beber. Memo está bajo un farol, en la esquina donde el portugués tiene la licorería. Sus dedos arremeten contra el cuero de un bongó que aprisiona entre sus piernas. Allí nos detenemos, fumamos un poco con el instrumento de agua, creamos una banda y maullamos toda la noche esas canciones que bien sabe maullar el gatopadrote.

Desde las escaleras del barrio, trasegando ron y con los ojos reventados por la yerba, le cantamos a todos aquellos que seguramente nos escuchan desde los pabellones del retén de Los Flores. Allí, frente a nosotros, se pueden ver las barras oxidadas de donde cuelgan zapatos y sábanas sucias.

Aquella noche, en San Pastor, me sentía integrado a un grupo de seres que irrespetaban la moral y las luces y todas aquellas consignas que cada quien había repetido y repetido hasta dejar huecas, mientras el gato se burlaba con una risita torpe, de todos quienes se encontraban en sus camas con las mujeres flacas y gordas de sus sueños, mujeres por las cuales habían pujado y llorado y que ahora emitían un ronquido indiferente y asqueante.

Sueño y en el sueño se repiten las escenas donde estuvimos, fuimos camaradas armando la realidad más allá del bien y del mal y al despertar tengo que asumir al día que va creciendo con el calor y el caos propio de la ciudad.

Miguelito siempre viene a visitarme al banco. Comienza hablando de Bakunin, de los anarquistas masacrados por el ejército rojo del camarada Trotski y yo sé que me quiere hablar de su hermano. Yo también quiero decirle que soñé con el gatocatire; que me persigue cada noche: pero Miguelito continúa por la tangente o se empeña en mostrarme la espina dorsal de Carlos Marx y Federico Engels. ¿Qué me puede interesar a mí el fracaso histórico de esos señores? No aborda el tema del hermano con la franqueza que espero y termina por revelarme a medias que el gato no tiene vuelta. Se pone nervioso, se rasca una oreja, tartamudea, se despide. El día ha llegado a su máxima expresión de calurosa anarquía.

Al llegar a mi casa lanzo el saco sobre una silla, me desanudo la corbata, extiendo el periódico sobre la mesa, me miro en el espejo. Estoy demacrado. Abro una lata de atún, preparo un sándwich, enciendo el televisor y me arrellano en una vieja poltrona. Me falta aire, una mujer ocupa la pantalla con su cara, se pone rouge, mucho rouge, su mano incansable pincela sus labios con la nueva línea de color de Mon Reve. Recuerdo, no sueño.

El gato y yo bebíamos y escalábamos paredes en Mérida. Íbamos en medio de una multitud luego de una tarde de toros, bebíamos y comíamos pizza, la mozzarela colgaba de nuestros dientes y bebíamos vino ligado con anís intercambiándonos las botas de cuero trenzadas en nuestros pechos. El bebía de mi pecho, yo bebía de su pecho. ¿Qué era aquella vaina? Eso de bebernos del pecho nos sonó a mariconería. Era una manera de darle un tono fraterno a los deslices del hombre.

En la calle nos temblaba todo el cuerpo por el frío. Fuimos al trotecito hasta llegar a la plaza en donde recordamos a los amigos de San Pastor. Buscamos ambientes enrarecidos y no hubo burdel, ni bar de ficheras, ni esquina donde se oliera coca, ni cueva de travesti por la cual no pasáramos. Terminamos en una fiesta de amigos de faena que fumaban largos cigarrillos y derramaban aguardiente dentro de sus bocas y entonces todos a coro propusieron ir a darle una serenata a María.

Me doy cuenta de que con María no he soñado, porque eso de andar soñando con el gatosiniestro me agota, me confunde. Termino el pan con atún, voy a la cocina, abro la nevera y saco una lata de cerveza; la destapo. Por la ventana miro hacia la calle donde se reúne un grupo de muchachos en torno a un auto rústico. Al fondo, en la sala, escucho la voz de Nathalie Cole cantando Unforgetable. No sé a qué olerá ese perfume, pero recuerdo a una mujer sobre una de las carrozas de la feria; vestía un traje de satén azul y le ladeaba una diadema sobre su cabeza. Ella tiraba serpentinas y papelillos, ella tiraba caramelos, ella tiraba, decían, con los doctos catedráticos de la Facultad de Sociología, tiraba con hombres estruendosos como el decano subversivo, ella repartía su totonita acostumbrada a la represa de los trajes de baño Lony, rasurada hacia las piernas, de pelos podados y alámbricos como la cabeza de Don King, a un grupo selecto de amantes. No la sueño, es una cuestión de celos, lo de nosotros no radicó nunca en quién la llevaría a la cama.

Al final, compartimos los tres el mismo lecho, entonces la vida fue una cuestión de prevalencia. Vuelvo a la sala, me observo desdoblado escribiendo sobre el pantry:

María, yo me sigo hundiendo en la cama hasta llegar a lo más profundo del foso y pido un fósforo para encenderte una vela ¿por qué un nombre tan puro si fuiste tan puta? Has dejado rastros falsos en los hombres a quienes llevaste a tu lecho para trocarlos en cerdos. Gatoperdido, no te diste cuenta de que ella se hizo amar por animales. Tú hozabas en su chiquero y yo me quedé solo en aquella ciudad emparedada por montañas. Quería deshacer la ilusión y correr desde una playa de arenas gruesas hasta una barca mitológica, subirme a ella y gritarles: me cago en ustedes aunque los ame.

Apagué el televisor. Iba por la segunda cerveza, ya sentía un poco de sosiego. Me desnudé, me eché boca arriba sobre la cama, con la palma de la mano acaricié mi torso de donde sobresalían relieves y rosetones. Pude haber llorado como en otros momentos, pero me contuve. Mérida de nuevo se revelaba y escuché con claridad cuando me dijiste que yo era un pendejo, que me faltaba coraje. Era una cuestión de servirte de emergente, de tomar el bate cuando tú no pudieras y sacar de jonrón las estadísticas orgásmicas de aquella mujer pretenciosa que se daba el lujo de tener una ventura con dos malandritos de Catia para darle un sentido universal a sus vivencias sexuales. Cómo me reprochaste, gatofantasma. Tú tenías más de cuarenta años, estabas viejo, ya no eras el gatohermoso que mordía a las gatas por el cuello y luego se regocijaba al verlas patas arriba pidiendo plañideras una penetración por el amor de Dios.

Hoy vino tu hermano Miguelito, me dijo que has muerto. No pienso volver sobre aquellos pasos de gatos que brincaban sobre los techos de zinc. Anoche, cuando soñaba, cantábamos y bebíamos. Ya no viene Memo con su bongó. El sueño es recurrente, angustioso.
Me preocupo por alguien con quien no he podido soñar, por quien nos peleamos en más de una ocasión.

Aunque María se prestara para ser amada por muchos, imperaba romper el triángulo, decidirnos. Pasó el tiempo y la promiscuidad nos agobió, yo te veía hozar en el chiquero junto a los negros de Curiepe, junto al cacique de la Mesa de Guanipa, junto a los intelectuales de la nueva izquierda y los viejos tiempos ya no importaban, cada cual procuró exagerar su desden por el otro y su pasión por quien sabía prodigar el veneno.

Miguelito me ha dicho que has muerto. Siento ganas de sumergir mi cuerpo en una tina de agua. Abro los ojos y comprendo que de nada servirá que me rasgue el pecho, me doy vuelta sobre la cama y miro hacia la pared, se murió al fin el gatoamigable, sus huesos estarán saliendo ya de la piel y de nada servirá recordar que una vez transitamos por las calles del barrio sobre un pequeño auto convertible en busca de Memo.

Al fin duermo. La noche es ligera; abajo, en uno de los pisos inferiores del edificio, se escucha a alguien improvisando unas notas en un clarinete. El escenario ha cambiado. Antes, los cueros respondían a las manos de Memo, ahora un hilo de aire arma melopeas que me inducen a un estado más acá de la vigilia, donde María se quita las medias con premura, se levanta las faldas y se sienta sobre la poceta. Acoda sus brazos sobre las piernas y sostiene entre las manos su cabeza. Mira hacia el frente. Su mirada es imprecisa, pareciera estar contemplando un paisaje en la losa del baño. Recuerda cuando llegó a Mérida. Había atravesado medio país para cursar una carrera que bien pudo hacer en Caracas, pero aquella ciudad que la recibía entre montañas era más idílica. Se adueñó de ella. Era una hiedra y crecía en el ambiente, sabía medrar al ritmo de cada novedad, se hizo fanática del cine y para ello eligió a dos autores; Buñuel y Spielberg; aquello le permitía permutar sin traumas entre los complejos laberintos del inconciente y el simple y fascinante efectismo. Así también discutía con apasionamiento sobre un cuento de Borges y leía con desparpajo en los pasillos de la facultad una novela de Stephen King. Era voluble. Se comprometía ferozmente con causas perdidas, ribeteadas del romanticismo necesario para promocionarla como un alma sensible; sin embargo nunca tuvo reparos para revestirse con la frivolidad inherente de quien se ha propuesto proyectarse en los medios glamorosos que conforman las élites. Así pasó de ser una estudiante que usaba lentes de pasta y ocupaba un lugar irrelevante en el claustro, a ser la mujer de pretendido buen gusto, que sabía combinar una blusa de seda de escote apropiado con pantalones de crepé y fijar sus pestañas, que ya no escondía tras anteojos, con rimel gel que importaba de Miami. Se transformó en un acontecimiento. Todo estudiante, investigador o profesor que se preciara debía tratar por todos los medios acercarse a aquella mujer que con sólo dejar entrever un romance, categorizaba a su acompañante como alguien que valía la pena ser tomado en cuenta. Así llegó a ser la novia de la feria, y, aunque parezca incongruente, la amante de dos hombres que habían sobresalido por su capacidad de escandalizar incluso en sitios considerados disolutos e inmorales. Aquella relación era un peldaño, un escalafón que le daría definitivamente la imagen de Lou Andreas o de Vanesa Reedgrave con la que últimamente procuraba investirse.

Extiende la mano, toma el papel higiénico, hace un movimiento envolvente y se seca. Sube sus pantaletas, luego, ya con más cuidado, las medias negras, una de ellas se ha corrido. Se dirige al espejo para retocarse. Las manchas enrojecen su cara, se dejan ver a través del maquillaje. Abre la cartera y toma un estuche.

El gatocatire parece haber muerto sobre ella. No admitió que María haya debido retornar a la elaboración cuidadosa de su imagen, que hubiese desaparecido aquel ridículo paisaje donde se creyó original al andar formando terceto, abrazados por la plaza Bolívar, bailando juntos en un bar o confundiendo sus caricias en algún cine. El fue otro más que quedó rezagado y tuvo que volver sobre sus pasos en su pequeño auto convertible.

Las notas del clarinete se apagan. María sale del baño y yo vuelvo a la vigilia. Recuerdo su voz al otro lado del teléfono maldiciendo porque se va a morir y su cara es un vómito y los ganglios se le revientan. Yo no hice nada por consolarla, escuché en silencio hasta que colgó.
Ahora la noche me cubre, de nada valdrá que tome un baño o que me sobredosifique con somníferos, en mí está la historia, el mundo. Las horas transcurrirán lentamente y no habrá descanso. Vuelvo a la sala, me hundo en la poltrona, en la calle se escucha un rumor monótono y frente a mi se desdibuja Natalie Cole con su premio Grammy, una sonrisa enorme y la imagen en blanco y negro de su padre. Escucho Unforgetable y al final me encuentro frente a una decisión que ya no debo postergar. Esperaré a que llegue el día, pondré la renuncia en el banco, iré a Mérida, la buscaré. La nostalgia es una constante que se repite después del sueño y la debo conjurar. María no tendrá más opción que amarme hasta la muerte, como debió haber sido desde un principio.