lunes, mayo 15, 2006

La calidad literaria no la determinan intereses políticos

Entrevista a Israel Ceenteno/Arnaldo Rojas Notitarde

La política editorial del estado venezolano en la actualidad maneja una apertura insensata e indiscriminada, según la cual, todo el que tenga buena ortografía puede publicar lo que escribe. Esto atenta contra la literatura cuya calidad no puede ser determinada por intereses políticos inspirados en el populismo.
Tal es la conclusión de Israel Centeno (Caracas, 1958), narrador, editor, promotor editorial. Autor de Calletania (Premio CONAC de narrativa, 1991); Hilo de Cometa (Planeta, 1996); Exilio en Bowery (Troya- Ediciones Nuevo Espacio, 1998), El rabo del diablo y otros cuentos (Eclepsidra, 1993), Criaturas de la noche (Alfaguara, 2000) y El Complot (Alfadil, 2002), La Casa del Dragón (Alfadil 2003) y recientemente editorial Norma publicó su novela "Bengala". También formará parte del jurado de la próxima Bienal de Literatura José Rafael Pocaterra del Ateneo de Valencia. Conocido por sus polémicas apreciaciones sobre la realidad política y cultural del país, tuvimos la oportunidad de entrevistarlo en Caracas para hablar de su obra y de sus inquietudes.
¿Cómo despierta tu vocación literaria?
-Desde pequeño vi el trabajo de las imprentas porque una estaba cerca de mi casa. Mi abuelo fue de esas personas de antes que escribían y armaban un periodiquito por iniciativa propia; era un hombre que tenía una obsesión por El Quijote. En mi familia había buenos lectores, y yo mismo me convertí en un lector obsesivo. Tiempo después viajé a Europa buscando algunas respuestas. Estuve haciendo teatro, pero descubrí que mi pasión era la palabra escrita. Una de las experiencias más interesantes que viví en el viejo continente fueron mis visitas a las bibliotecas públicas donde leí con mayor detenimiento autores como Jorge Luis Borges. Descubrí a varios autores venezolanos, como por ejemplo, Francisco Massiani, lo leí en Londres, también tuve contacto con poetas españoles.
Regresé a Venezuela y participé en los talleres de literatura del Celarg, en la antigua sede de Altamira, con Oswaldo Trejo y José Napoleón Oropeza, quienes fueron mis grandes maestros. A ellos les debo mucho, en un momento cuando estaba buscando oficio, porque la Escuela de Letras te da muchas cosas pero no te enseña a escribir. Llega un momento que se presenta un dilema y sientes como un llamado vocacional, pero al cual sólo puedes acceder cultivando una gran pasión y desarrollando el oficio de escribir. Eso lo daban, en aquel momento, los talleres literarios, que eran muy estrictos, la selección era estricta y el trabajo era férreo, y con el tiempo se iban decantando los participantes. No eran talleres complacientes, donde se aprendía que el reconocimiento lo da la confrontación sostenida en el tiempo, la confrontación con el otro, con tu lector, con tu crítico, con tu detractor. Era un criterio menos romántico del asunto pero más asertivo.
¿Crees en la inspiración?
-Creo que uno tiene un duende que le dicta, pero a veces ese duende puede ser tu gran enemigo, si no lo sometes a una disciplina. Puedes tener un "don" pero hay que saber administrarlo y, si no lo tienes, estudiar y practicar mucho para lograr que aparezca.
¿Cómo ha sido tu evolución como autor desde tu primera novela "Calletania" hasta la actualidad?
-Ha sido un proceso interesante. Entre Calletania y Bengala, mi más reciente novela, hay quince años de trabajo. En estos quince años veo con satisfacción que mi voz en vez de diluirse, de desdibujarse, ha ido encontrando nuevas formas de expresarse, pero es la misma voz, conservo las mismas inquietudes. Desde "Criaturas de la noche" para acá he ido incorporando nuevos elementos, entre ellos el registro gótico: la noche, los vampiros, cierto esoterismo, tanto en Bengala como en la novela que trabajo actualmente incorporo un narrador que no está fijo, que se mueve mucho, hay contrapunteo. Esto es producto del oficio, de la búsqueda de nuevas formas de narrar en forma más efectiva.
¿Cuáles son los retos narrativos que asumiste en Bengala?
-Los personajes están envueltos en una dinámica autodestructiva, quieren devolverse de la noche pero no pueden. Su historia tiene mucho que ver con los pactos que uno establece en la vida. La gente cree que puede establecer pactos y, como es inteligente, romperlos, devolverse. Creen que esos pactos en ningún momento van a incidir en su vida ni le van a pasar factura. En Bengala se entraman historias sobre la historia, cada uno de los personajes cuenta la suya. Vladimir tiene ausencias, porque sufre de ataques epilépticos que lo hacen remontarse a la época de la Revolución Rusa, lo que permite introducir algunas consideraciones sobre la guerra civil y sobre la guerra civil revolucionaria. Igualmente aparece Cato un personaje que dibuja unos cómics donde se parodia una asamblea plumífera, una asamblea inútil, decadente, que no representa nada, que supuestamente están legislando, manteniendo el orden pero que no controla nada. Están los delirios del malandro que se cree vampiro, y así van confluyendo varias historias en una sola noche. Todos al final confluyen en Bengala y en torno a un asesinato que nunca se resuelve. La novela culmina en una visión que se inscribe dentro de la tradición del Orfeo: hay un descenso al infierno. En Bengala ese descenso a la noche es una especie de descenso a los infiernos. Todo el que desciende al infierno cree que puede volver, aunque se le advierte que no puede hacerlo. Por ejemplo, a Orfeo le dicen que no voltee porque perderá a Eurídice y él voltea. Toda este gente que desciende al infierno esa noche en Bengala sabe qué debe hacer para escapar, hay una reflexión por lo menos de uno de los personajes, pero ya no hay vuelta atrás. La consideración final es que no podemos banalizar al mal, ni subestimar ningún pacto con él, porque esto implica involucrarse en una situación que necesariamente te va cerrando las salidas, las posibilidades de regreso.
¿Cuál es tu opinión de la literatura venezolana en la actualidad?
-Necesitamos reconocer a nuestros autores y volver sobre ellos, como Enrique Bernardo Núñez, Rómulo Gallegos o Guillermo Meneses. Tenemos autores cercanos como Antonio López Ortega, José Napoleón Oropeza, Juan Carlos Méndez Guédez, Eduardo Liendo, entre otros.
Tenemos una buena generación de relevo. Lamentablemente, el gobierno está imponiendo un criterio muy peligroso, según el cual todo aquel que tenga buena ortografía y que más o menos estructure algo tiene acceso a la edición, porque ahora las editoriales son del pueblo, son de todos. UN libro por día ¿te imaginas? Resulta que en arte eso no funciona así. No basta con darle la oportunidad para que le gente haga arte. Esa es una elección muy personal y que tiene que ser trabajada. Me parece que hay brindarle las oportunidades a todo el mundo para formarse pero, necesariamente, la opción por el arte responde a proyectos y necesidades individuales, no tiene que ver con programas colectivos ni con la masificación del arte. El Estado, las empresas privadas o un mecenas deberían brindar las posibilidades para que los individuos puedan encontrar las formas de expresarse una necesidad individual. Lo peligroso de esto es se rompe la barrera legitimadora. Porque lo que legitima a un artista es pasar por un comité estricto de lectura. Ser rechazado, muchas veces, legitima, porque cuando eres aceptado, cuando logras ser leído correctamente, sabes que estás llegando por méritos. Con estas politicas nadie sabe por qué exactamente está llegando, y duda mucho de que sea por méritos. En este momento, para el Estado, por los intereses políticos, la lealtad o la sumisión están por encima de la meritocracia, esta se ha convertido en tabú, es un delito, te convierte inmediatamente en traidor de muchas cosas. Tenemos una tradición literaria y, lamentablemente, no se ha podido expresar hacia fuera. En las nuevas generaciones contamos con autores interesantes que se han fajado y han logrado sus cosas por méritos, superando el inmediatismo, pero atenta contra ellos la apertura insensata e indiscriminada porque banaliza el oficio y todo va a depender de la capacidad trepadora de cada quien.
¿No reconoces nada positivo?
-Lo que veo de positivo en todo esto es que los autores que antes buscaban publicar en Monte Avila, Fundarte, o en editoriales del Estado, se sienten incómodos con esta política y están tocando las puertas de las editoriales privadas, donde tienes que ser competitivo y tener méritos, dos cosas que son tabú para el gobierno. Si eres competitivo, te tachan de neoliberal y si tienes méritos te consideran golpista. Es una visión básica del totalitarismo.