jueves, agosto 10, 2006

El Adiós de Ingrid

a propósito de María Francia y
a Salvador Garmendia

* Premio Lola de Fuenmayor 1986
Israel Centeno
(Hoy, si me tocase elegir un título, hubiese puesto treinta años no es nada)

He estado ordenando mis cosas, lo que he escrito y me encontré con este relato que por cuestiones de casualidad, formó parte de un homenaje a Arturo Uslar Pietri organizado, hace veinte años, por la Universidad Santa María. Nunca he sentido particular simpatía por este escritor, pero en dos oportunidades he participado en homenajes a su nombre y figura. Una anécdota que desnuda al personaje: en una entrevista, poco antes de morirse, se le preguntó si había leido a la joven narrativa venezolana y dijo (juro que no intentaba una ironía, porque si hubo alguien incapaz de una ironía, ése fue Uslar): "creo haber leido algo de Salvador Garmendia". En ese entonces, mi admirado Salvador tenía setenta años.




La rama crujía en medio del patio, soportando el peso virgen de la señorita. Mecida, jugaba con la sombra y la resolana en el ir y venir del columpio. Ramona resbala por los corredores abriéndose paso en la luminosidad de la tarde, espanta el mariposeo de las hojas, el salto de las ranas, el zureo de las palomas, la lluvia de polvo dorado y el sueño del perro. Sólo se escuchan sus faldones en una pelea de espadas, la agitación de su pecho y los vasos sonando en la bandeja como si toda la cristalería de la casa estuviese suspendida en sus manos, a punto de caer. Doña Mercedes incursiona en el mundo amarillo de las revistas, agota los artículos, palabra por palabra, rostro por rostro. Su cara fija, apergaminada, confusa en el visaje ante un escote excesivamente pronunciado, una milagrosa gelatina desvanecedora de pecas, arrugas, sufrimientos, la sonrisa de Humphrey Bogart frente al piano de Sam: es demasiado bella, bruta, blanca como el papel del corto cigarrillo sostenido por el pulgar y el índice en la boca, inhalado, con la mirada fija en Ingrid, recostada en la pulida madera del piano, ausente de doña Mercedes, las revistas, el ofuscamiento de Ramona y el liviano irse y retornar de la señorita que enreda sus brazos a la soga del columpio en la hora sin minutos de la limonada fría. La hija de Ramona, correteada de habitación en habitación por el abuelo quien, espoleado por la intermitencia de su libido, tiembla, quiebra la voz: -pero venga acá mijita –para allá, para acá- si no le voy a hacer nada –para acá, para allá. Sudorosa, la hija de Ramona: -Que voy a gritar –se ríe- Mamá Ramona –susurra –Chito, carricita- la calla el viejo, le aprieta el pecho –Mamá Ramona- aprisiona la risa con sus labios, gira, detiene al abuelo con las manos estiradas, le suspende el paso, lo mira, deja de reír, baja una de las manos y le pellizca la barriga- viejo feo-. Corre ahogando sus carcajadas hasta llegar a la cocina. Ramona le lleva el vaso de limonada a la señorita, que ha dejado de mecerse, un pequeño libro cae de sus manos, salta del columpio sin darse mayor importancia y sorbo a sorbo se pierde en el jardín.

Tocan a la puerta y pareciera que nadie escucha. El abuelo se arrellana en una poltrona, abre un álbum de donde caen estampillas, la hija de Ramona le pasa por el frente, el abuelo recoge las estampillas del suelo y otra vez tocan a la puerta. -¡Hola, Inés!- El señorito bachiller, el señorito contable, el señorito de la señorita también la corretea y no hay para dónde ir porque el zaguán es pequeño y el abuelo está en la sala, los puede ver, y si los ve, Inés no podrá sentir la respiración fuerte, el agua de colonia, las manos allí atrás. Forcejea por cumplir con el ritual: – Mire que le arrugo la ropa, le echo a perder las flores, le marco el labio con un mordisco y la señorita se va a enterar- . Escapa por última vez, se estampa en el muro, el señorito acerca su corbata al jadeo de Inés, rasguña el friso y recibe uno, dos, tres besos que suenan apenas, lo suficiente para ella. El se aparta, la contempla difusa en el vaho de su agua de colonia, se arregla la corbata, ladea un poco el sombrero, saca un cigarrillo de su petaca plateada, lo enciende, casi olvida que debe pasar, casi se le cae el ramo de flores del cual saca una, se la regala a Inés: - Ésta es para ti, Cenicienta- . Apenas ríe, avergonzándose por un sonrojo que no le debe a la hija de la vieja Ramona.

En la sala, el abuelo mira su álbum con una lupa, se distrae para saludar, sigue con la lupa rostros en sus perfiles más perfectos, esculturas mutiladas, un cañón de la guerra de Secesión, espaldas, hombre de la patria y de las otras patrias, galeotes, cimas de cerros, humo de máquinas que dibujan huracanes en el Mississippi, plantaciones de algodón: el mundo recortado de los sobres, de las cartas recibidas en las que nunca importó lo dicho sino el grabado de la estampilla.

Ramona vuelve del patio con la bandeja caída a un lado, saluda al bachiller, él se lleva la mano al sombrero, abre la puerta que da al solar y, al fondo, bajo el níspero, ve a doña Mercedes en su soliloquio con las revistas, casi siempre abiertas en las páginas de cine, con una sonrisa de la Garbo, o de Tyrone, con una sonrisa de todo Hollywood, una sonrisa de borrasca, reflectores, flashes de cámara, la amabilidad de los autógrafos por dar, dantesco Hollywood, foro de gloria de donde ve surgir al joven que abre la puerta del patio, claro como la tarde, con el traje ancho y cruzado, el perpetuo cigarrillo en la boca, el sombrero ladeado, cubriendo del polvo la gomina de su pelo. Pudo haber nacido en Nueva York, hijo de un reverendo y de una ilustradora de revistas religiosas, pudo haber estudiado en la Phillip’s Academy, pudo haber hecho bromas pesadas a las maestras hasta ganarse la expulsión, las calles que terminan en los puertos, los puertos en el enrolamiento. Pudo haber sido él, un hombre de rostro feo, bello, contraído, malo, con aire de decencia e impostaciones de rudeza, sentado en algún lugar de Marruecos con la frente arrugada, la mirada fija, atrapando con ligereza un vaso de whisky mientras le decía a Doley Wilson, play again, Sam. Deja caer la hoja, le sonríe al señorito, yergue aún más su nariz queriendo destacar un perfil sajón, casi le dice, con títulos en español, tócala otra vez, Sam, Una bandada de pericos no los deja hablar por largo rato. A través de la corta distancia, sonríen como disculpándose por no poder más allá de lo permitido en su juego de ser el novio de la hija gustado por la madre, acariciado por la madre en las páginas de una revista, deseado por la madre en la costa del fin de Africa, donde teclea Sam y tamborilea Bogart recostado de la barra, abordado en París por la tibia y blanca piel de Ingrid y esta otra piel amarilla bajo el níspero, sin las botellas quebradas, las maldiciones por abandonar al hombre amado por otro que huye, sin la ratificación en el celuloide. Un cuadro tras otro corre la escena en la que ambos están en el cuarto de arriba, confrontando las respiraciones, culpándose, requiriéndose en el degradé de grises entre el blanco y negro. Un tren se fue hiriendo la historia, separando la vida de un conjunto de vidas y adhiriéndola a la circunstancia de una guerra por llegar, de otro hombre que huye y su destino es América, la de loa sauces y las plantaciones de algodón, la América de quien los vio pasar por su bar, de quien la reconoció, de quien la recriminó y la ayudó a escapar, a dejarlo atrás con el batir de las hélices despeinando su cabello, la pistola en la mano y la complicidad del policía francés. La palabra Fin en los hangares y la ausencia de los pericos dan paso al saludo bajo la mata de níspero, a la realidad de una tarde que ha dejado su calor en las páginas de las revistas. El bachiller pide permiso para sentarse frente a ella, se acomoda la solapa, saca un cigarrillo, lo enciende -¿le molesta?- De ninguna manera.- El eterno cigarrillo en los labios y le sonríe: luego de exhalar el humo, saca un pañuelo impregnado en agua de colonia, lo sacude, lo pasa por su frente y se deja en la tarde olorosa.

Inesita se muerde los labios detrás de la puerta de tela metálica de la cocina, se agarra los pechos, arruga sus faldas apretándolas, como si apretara el cuerpo del señorito, del bachiller, del contable que la acaricia en el zaguán y le convierte las noches en látigos de insomnio, en llantos silenciados, en esfuerzos por recordar el olor del agua de colonia, la cara bien afeitada, los dedos como raíces sembrándose en sus nalgas –no señorito, que la señorita se entera- Y que se entere, cállate y quédate quieta.- Un beso, dos, uno más abajo, las sábanas se mojan y sus olores se escapan, humedecen la casa, se unen al quejumbroso gemido de doña Mercedes, al anhelo congelado más allá de la entrada cubierta por la tela metálica, en donde ella se sienta para hacer de Celestina, anhelante de una sonrisa detrás del eterno cigarrillo, una sonrisa de la cara bella, ruda, fea, acabada a golpes de virilidad. Inés se lanza al patio –permiso- recoge el vaso sin limonada y las revistas, agita su cuerpo, remueve sus olores de mar intenso, de caracoles aún palpitando en sus conchas, entregándose a los dedos del día. Inés palpita, Inés enrojece, Inés gime, premuere, se ahoga, resucita, Inés corre con el vaso y las revistas. Las deja en la cocina y se abandona en su habitación boca arriba, respira como lo haría en un osario donde la única carne que rebulle es la de ella, acariciada por su mano que prefiere creer ajena, la deja hacer con una brusquedad sin códigos, hasta manar de su frente un agua de colonia almibarada para mojar el pañuelo del hombre que está sentado hilvanando un discurso de más de una intención frente a doña Mercedes, quien ya no escucha sino el piano de Sam, los disparos de la noche, el final de los hangares y el adiós de Ingrid.

¿Y la niña? Hace rato, tanto como la tarde de Ramona, revistas, limonada, la fatiga del abuelo tras Inés, Inés fatigada en su alcoba, el bachiller con su traje blanco, el sombrero ladeado y la humedad del agua de colonia… ¿y ella?- pregunta por la señorita. Nunca se sabe de ella cuando se pierde en el jardín. Sólo es visible en las horas en que se mece en el columpio. Sólo es visible cuando vuelve con clavellinas tiñendo de sangre sus manos y se sienta frente al señorito para no decirle nada, para no respirar su colonia, para aborrecer su cigarrillo, para ausentarse como ahora en las fosquedades donde juega con lagartijas, persigue mariposas rojas y atrapa el ala de un ángel. ¿Ella? Se preguntaron rodos, seguidos por el grito de Ramona: estaba dormida junto a la acacia, con una mordedura en el tobillo izquierdo
.