lunes, agosto 14, 2006

A sus pies

Para mi la felicidad era tenerla a ella y vivir en Hampstead. Esto lo pude haber puesto en la novela que me va tomando casi un año escribir. Volver sobre la escritura es enamorarse de nuevo.
-Seis meses ansiosos, arduos, contradictorios; con las ilusiones al hilo y la desesperanza tocando a la puerta
Estoy de vacaciones y quiero ser feliz. Para mi la felicidad se reducía a tener buenas lecturas y aislarme en Araya. Ahora no lo sé. Mi mediocridad individualista y burguesa, esto de no aspirar liberar naciones ni salvar a raza alguna, se ha movido un tanto. Estoy por tomar en serio, como lo hizo León Trotsky, a la novela escrita por los franceses en el siglo diecinueve. Me ha dado por pensar que todavía en aquellos libros de grandes lomos hay códigos que nosotros, los hombres inteligentes de la posmodernidad, no hemos desentrañado aún; y, por eso, como en aquel relato de Julio Cortazar, caemos y r(D)ecaemos.
Si hay que repetirse, se debe hacer con propiedad.

Acabo de leer una escena en Travesuras de la niña mala en la que Ricardito el bueno dice: Yo mismo le calcé los mocacines, besándole antes, uno por uno los dedos de los pies. Paré la lectura y recordé que hace años viví una conmovedora escena erótica en el momento en que leía Rojo y Negro: Julien Sorel mira los pies de la señora de Renal. No es casual que Vargas Llosa tome el apellido de madame Arnaux de La educación sentimental de Flaubert y que, sin rubor, se lo ponga a la heroína maluca de su últma novela. Toda novela debe ser leída como un homenaje a una novela anterior. Tampoco es gratuito que todos los amantes luego de besar uno por uno los dedos de los piés de sus amadas expresen:
para mi la felicidad era tenerla a ella y vivir en París.
Hay mar de fondno en todo esto; nunca una patología.