lunes, noviembre 06, 2006

Ayer en El Periódico de Extremadura


foto, Laura Morales Balza






ENTREVISTA DIARIO DE EXTREMADURA

Por Liborio Barrera

-Su novela parece ajustarse al precepto tolstoiano de que las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.

Incluso las familias felices, las más felices, pienso yo, llegado el momento, tendrán ese motivo especial para sentirse desgraciadas.

--La novela tiene 10 años encima. Supongo que habrá vuelto a leerla o la tendrá reciente ante su nueva publicación. ¿En qué circunstancias fue escrita? ¿Qué significa dentro de su producción? ¿Qué perspectiva tiene de ella una década después?

- Esta novela en efecto tiene una década encima. Es casi un nonato, Creo que fue Jorge Luis Borges quien dijo que un libro realmente comenzaba a nacer después de cien años de lectura. Aún más si tomamos en cuenta que en nuestros países –voy a hablar mejor por Venezuela- la distribución y la promoción, tanto del libro como del autor, es bastante tímida, por no decir limitada. Iniciaciones es una novela que se inscribe dentro de una tradición y recoge las resonancias de voces que fueron importantes para mí. Uno no puede nacer y romper de un tajo con lo que le precedió. En ella pudiera estar haciéndole un guiño a Antonio Márquez Salas, a Gustavo Díaz Solís, a Rómulo Gallegos y al Guillermo Meneses de “Campeones”. Para mí era importante conciliar las formas de expresión con las historias. En Iniciaciones, un texto de reconocimiento vital, hay una búsqueda manifiesta en los fragmentos de un absoluto existencial: la adolescencia y el tema de la adolescencia, ahora o hace diez años, o en los tiempos en que Francisco Massiani escribió Piedra de Mar o Mario Vargas Llosa “Los Cachorros” maneja las mismas pérdidas, expectativas, complejos y negaciones. En ella todavía podemos encontrar un paisaje que nos es común, un territorio interior compartido. Iniciaciones fue mi tercer libro editado y daba continuidad al tránsito y a la consolidación de una voz que se reconocía (la mía), y necesitaba contar de cierta manera. Ahora, en España, espero que produzca el goce en otros muchos lectores.


--Sexo, violencia, turbiedad pueden asociarse a "Iniciaciones".
Si vamos al detalle, cada uno de estos elementos puede asociarse a la historia de cualquier persona, en mayor o menor medida. Incluso a la vida de algunos santos. Ahora bien, esta novela, como lo dice su título, toma el registro de una etapa de la vida signada por estos tres elementos. La visión del adolescente es confusa y turbulenta en estos temas. Es un momento en que se cree que todo está claro, pero en realidad, todo está oscuro.


--En alguna entrevista que le he leído hablaba del riesgo como una condición de su literatura. En "Iniciaciones" cuál fue ese riesgo.

En cada nuevo libro hay una apuesta y un riesgo. Iniciaciones le daba continuidad a mis primeros dos libros. Sin embargo, forzaba un poco más la barra en el aspecto formal. Allí estuvo el riesgo y sobre todo en tratar de concertar las tentaciones de ruptura estilística con las necesidades de reconciliación, buscar el equilibrio, la sensatez, comprendernos insertos en la modernidad sin perder las perspectivas del país que fuimos, que somos, o que vamos siendo. Esto incluye a la Hispanidad como una patria de lengua común y de tradiciones compartidas. De mi generación se dijo que hacíamos nuestra la voz de la urbe. En esta novela hay una vuelta de la urbe hacia la provincia y de la provincia hacia las grandes metrópolis: Una ciudad está en un país de una o dos ciudades, un país de pueblos, deshabitado, de grandes migraciones y ese país y esa ciudad a su vez están en el mundo. Los personajes de la novela se mueven en estos escenarios.


--Su vida en Venezuela no parece fácil ahora (o hace tiempo ya). Ha manifestado opiniones contra Hugo Chávez y el cambio que ha traído a su país. ¿Qué dificultades tiene? ¿Mira a Europa como un modelo (o al menos una referencia)?

Esta pregunta es difícil de responder, creo que han caído muchos referentes en estos últimos años. Mi vida se ha vuelto difícil en la proporción en la que el Estado y el Gobierno o un proyecto político se han confundido, en la medida en la que la modernidad ha perdido espacios y todo pareciese reacomodarse como en el siglo XIX o principios del siglo XX, a los caprichos de una figura fuerte o a la del famoso tirano necesario. En Venezuela el Estado, desde hacía tiempo, no sólo regulaba y controlaba el quehacer de sus ciudadanos, en todos sus detalles, estamos hablando incluso antes de la era Chávez, de un Estado omnipresente y con recursos, la famosa chequera venezolana. En el momento en que se exigía descentralización y regulación del Estado, en un país que por tradición siempre fue regido de forma personalista y que tiene una figura que ha sido el techo de todos los venezolanos desde el nacimiento de la República –hablo de Simón Bolívar, especie de deidad laica- se comenzaba a vislumbrar o por lo menos a tener la perspectiva de un cambio que descentralizara y morigerara los poderes. Pero ocurrió todo lo contrario: las lacras del caudillismo decimonónico, del militarismo redentor, del mesianismo bolivariano se han hecho del poder y tienen un solo e indiscutible líder. Bajo ningún aspecto ni siquiera bajo el pretexto del pago de una deuda social, esto es tolerable. Vivimos bajo el signo de la espada de Bolívar. Mis dificultades son aquellas que produce una actitud crítica y de disenso en una situación como la que estoy describiendo. Disentir en este país lo convierte a uno en realista, vendepatria o traidor. De nuevo aquellas figuras que se utilizaban en la guerra de independencia han renacido, e incluso hemos escuchado a la claque que dice hacer parlamento hablar de decretar una nueva guerra a muerte, una figura odiosa de lo que fueron nuestras luchas independentistas, en contra de todo aquel que no esté con “el proceso”. En lo práctico, el ejercicio democrático, por ejemplo, o respaldar acciones políticas contrarias y opositoras a esta situación, como pedir un referéndum revocatorio, colocó a muchos venezolanos en una lista que los excluía de posibilidades de trabajo, de crecimiento, de participación ciudadana.
¿Qué busco en los referentes europeos? Los valores fundamentales de la democracia occidental: división e independencia de los poderes públicos, contrapesos, elecciones sin fraude cada cuatro años, profundización de los derechos humanos, sentido de justicia social. Ninguna de estas necesidades se contrapone, sino que se complementa: libertades políticas, libertades económicas, libertades ciudadanas, ejércitos dentro de los cuarteles, alejados del escenario público. Y sobre todo, dejar a los caudillos, a los mesías y a la espada de Bolívar de una vez por todas en un panteón.


--¿De qué manera la inestabilidad --vital, en su caso, social o política, en el caso de Venezuela-- repercute en su literatura?

Este es un Estado muy rico. Las editoriales y las instituciones culturales están supeditadas a él. Un Estado que es a la vez “el proceso” o el caudillo. Esto es una gran limitante. Sin embargo, a muchos esta situación nos ha estimulado a aprender a continuar siendo, a pesar del Estado, de “el proceso” o del caudillo. Esto nos ha llevado a hacer apuestas en editoriales privadas, a buscar con más ahínco y determinación ediciones fuera del país, y a abandonar el regodeo endógeno que a veces permite un país donde una chequera petrolera sabe sobar, halagar y doblegar los egos.


--¿Qué significado tiene para usted publicar en España?

Mucho. El mismo significado que ha tenido para todos los escritores hispanoamericanos en todo espacio y época. Es indudable que a pesar de que uno ve a una España pluricultural hoy en día, ella continúa siendo el centro integrador de la hispanidad. Es un mercado más grande, hay lectores generosos y el trabajo editorial, a pesar de las críticas que puedan hacerse en casa, es profesional. Para hablarte en términos beisboleros: esto para mi es como pasar a las grandes ligas. Porque en España hoy día nos reencontramos todos.


--¿Cuál es su relación con la tradición literaria de su país? ¿Es deudor de ella?

Evidentemente. Yo me reconozco en la tradición literaria venezolana que en algún momento fue leída en España. Cuando hablo de ella, estoy hablando de Rufino Blanco Fombona, Teresa de La Parra, Rómulo Gallegos, Miguel Otero Silva, Julio Garmendia, Guillermo Meneses, Salvador Garmendia, Oswaldo Trejo, Antonia Palacios, Adriano González León, José Napoleón Oropeza, Ednodio Quintero, Eduardo Liendo y Denzil Romero, entre otros muchos. Ahora trabajo muy cómodamente junto a otra gente de mi generación y leo con detenimiento a los que están comenzando a publicar.

¿Qué deudas, o lecturas, tiene presentes en relación a otros países, culturas?

Soy un hijo de lo que se llamó el boom literario latinoamericano. Lo digo sin rubor. A partir de ellos llegué a la literatura universal y a partir de ellos aprendí a comprenderla. Creo sinceramente que le debo mucho a Carlos Barral, por las lecturas que, a través de su casa editorial, me dio.