domingo, noviembre 26, 2006

Capim melao




En mi vida he rehecho mis caminos. Hay quienes pudieran ver en ello una falta de consecuencia; anda y desanda y vuelve sobre rutas que han sido selladas, abre de nuevo los precintos y deja entrar todo aquello que pueda salir y deja salir todo lo que pueda entrar. Hay quienes analizan el asunto desde otro punto de vista, es la terquedad y la reincidencia; la vida es un asunto de reincidencias, de empeño dice alguien que dijo otro que al fin no dijo nada. Nunca he ocultado mis gustos y disgustos. Ayer sábado salí a afirmar un anhelo, una decisión tomada desde hace mucho tiempo; no me aparté, no desdeñé, no desdije; no me hago falsas expectativas, no sueño caminar por Oxford Street cuando transito una calle en Las Palmas; no veo a la vuelta de la esquina un país moderno, libre de sus lacras montoneras; todavía tenemos esa deuda que saldar; creíamos haber llegado tarde adonde nunca llegamos, y ahora tenemos más o menos siglo y medio de retrazo. Habría que contratar al conejo de Alicia, o a mi padre, no el inmigrante, sino el relojero.
Ayer fui sin complejos, sin escrúpulos, sin rubor, por la calle del medio y con mis hijas al cierre de campaña de Manuel Rosales; la opción siempre, en mi caso, será civil, siempre será por el menos malo de los sistemas que rigen al hombre, la democracia sin adjetivos, ante un dilema no me detengo a ponderar los detalles. No me quedé en casa, ni me encerré a escuchar La Resurrección de Mahler. La vida trata de amores y desamores, de aventuras y de vilezas, siempre de apuestas y de opciones; es el relato de las posiciones que se toman.





Hoy domingo amanecí con ganas de irme al cerro, de no escuchar dianas ni llamados a la guerra, a los escuadrones, a la vanguardia o a la retaguardia, a la formación de cohortes y al canto épico; decidí marcar una distancia sana y efectiva a los repiques de los tambores marciales. Dos veces al año, una cercana a diciembre, las lomas, las pendientes, los paredones y los estribos; todo menos las zonas más húmedas, se ponen color púrpura en el Ávila; las espigas se someten a la brisa, los amarillos se avivan, se escarmenan tenuemente y las sinuosidades de las estaquillas florecidas por el capim melao mecen al paisaje; entonces, la gente en la ciudad comienza a sentir alergias y los consultorios de los neumonólogos se abarrotan.








A las personas asmáticas les recomiendan alejarse del cerro. Hoy me fui con mis hijos a subir lo más alto que me permitiera el día, a conquistar un lugar en El Paraíso o en Laguna Negra, a desafiar al polen urticante. Hacerse fuerte en tales condiciones es un remedio casero y homeopático.