viernes, diciembre 01, 2006

El cuento de una Victorinox

El domingo, como lo he venido haciendo todos los domingos, no podré peregrinar mis caminos de Santiago por el Ávila. Hoy tenemos un día hermoso y provoca al menos subir al estanque, fumarse algo, quedarse allá un rato como si fuera el lugar de los bancos y de los eucaliptos; de la espera sosegada, de los vientos amables. Me gusta subir y quedarme allí y ver a la gente que va llegando y se lava la cara, se baña o corre sus manos por sus pechos; suben las mujeres más hermosas de Caracas, las que siempre tendrán culos imbatibles y las mejores piernas de la ciudad; conversan sobre el tiempo que han hecho al subir, respiran profundo y dan ganas de morir, de pedir perdón, de rezarle a las ninfas; se miran un poco los lugares que ha manchado el sudor, las gotas que caen y recorren la piel bronceada (...sedienta), las irreverentes pecas, la sensualidad que exalta y realza sus fatigas, sus recesos, sus miradas siempre profundas hacia ninguna parte.
Me han regalado una navaja. No es una navaja cualquiera, no digo que sea una navaja distinta porque sea una Victorinox; no. Todos pueden tener una Victorinox, pero La Victorinox que me han regalado fue seleccionada y elegida con inteligencia y un sentido trascendente. Es funcional sí, pero sobre todo está llena de compuertas más que secretas, sugerentes, unos detalles que solo pueden ser pensados por alguien pendiente en algo más que en subsistir. La supervivencia en sí misma puede ser una pesadilla. De eso hemos visto mucho en estos últimos años.
En un primer momento me ofendí. A nosotros los hombres es fácil hacernos un presente, somos básicos, nos contentamos con algo que corte o haga bulla; escuché a una mamá en una juguetería: dame algo que tenga puños y máscara, mientras yo pensaba que sería muy rico amar y besar entre cajas y celofán, abobado por los olores del plástico (siempre pienso en cosas indebidas en lugares inapropiados)
Contaba que mi navaja vino con otra historia y otra lectura. No es una herramienta para sobrevivir, es más que eso, es una herramienta para mantenerse presentable y digno, para no perder el encanto; quienes me la regalaron comprenden que más que un destapador, un alicate, un garfio, un punzón o una sierra pescadora, se requiere dignidad. Mi navaja tiene eso, los recursos para mantenerse vivo y digno. Quienes escogieron esta navaja trataban de darme un mensaje, fueron sabias y generosas. Fueron puntuales. No se espera menos de unas mujeres que de sobrevivientes no tienen nada.