lunes, diciembre 04, 2006

Los prisioneros



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Hace unos años, cuando salía de trabajar, para variar en mis gustos, me iba a tomar unas cervezas en el Doral China; me reunía allí con los amigos, un grupo anclado en una vanguardia que había dejado de ser, creo que eran una caterva retro y decadente; allí cabía de todo y se andaba por los bordes. La carencia, la desesperanza, la negación y un desmedido e insensato sentido de trascendencia se contradecían botella a botella o noche pasada-noche vivida; nos reunimos los peores y fuimos los mejores; teníamos gustos tan diversos y elocuentes como el culto por Bob Marley o la fascinación por El Canto de La Tierra de Gustav Mahler; recuerdo una apuesta en la que mediaba Maxwell, digamos el más astuto y el menos erudito; Armando Luigi alardeaba del exclusivo conocimiento de los lieders de Hugo Wolf. Eso se encuentra en Don Disco, le sostuve casi toda una noche, de una forma tan monótona como intensa en su aburrimiento, antes de que la conversación se fuera adonde siempre: a las disputas mayores, algunos trancazos de panas y reconciliaciones de ebrios. Previamente a abandonarnos al hambre de la noche, era infaltable, terminábamos cantando temas de Los Prisioneros.

Recuerdo que escuché y vi por primera vez a Los Prisioneros en A Toque, el programa de Erika Tucker. Eran los tiempos de Zapato 3, Desorden Público y de Soda Stereo; de inmediato compré un casette; en música no soy exigente, a menos que me reten con los Italinenches Liederbuch. Me llamó la atención porque estos tipos llevaban ese nombre que denota tanto en un contexto extraño; no eran exiliados y vivían la dictadura del temible Pinochet. No innovaban, sonaban terrible, pero el sarcasmo o la amargura construidos por una trabajada decadencia, la burla hacia sí mismos y la apatía corrosiva de aquellas letras, entre malas y conmovedoras, de quienes no esperan nada, me los convirtió en subversivos poderosos.

El sábado pasado estuve leyendo un post sobre cocina kitch que Milorillas escribió en su blog. Alguien advertía que nos preparáramos, porque volvían los tiempos retro. Hoy, dos días después, me levanté temprano, con ganas de correr por una carretera, así lo hice; abrí la ventana de mi pequeño Daewoo Cielo y dejé que toda la brisa de la mañana lluviosa golpeara mi cara. Me puse en poco tiempo en Higuerote, me bañé en Caracolito, sentí ganas de aprender a pescar para treparme en un enclave marino a pasar las horas; una ida por vuelta veloz. Ya estoy de regreso y nunca dejé de escuchar El Baile de los que Sobran, de Los prisioneros. Sonó siempre en mi cabeza.

Dentro de poco me voy a dar una vuelta por el patio, compartiré el silencio con otros que bajen a esperar que el tiempo mejore. Esta noche habrá luna llena.