viernes, mayo 11, 2007

El beso de la mujer araña

Trama laboriosa sus hilos concéntricos y transversales; lleva en la parte superior del abdomen dos glándulas perfectas. Escoge, no atrapa al azar. Los primeros zoroástricos escribieron en tablillas de barro sobre la hilandera, buscaban establecer un vínculo entre la predadora ancestral y las brujas de las planicies caucásicas. Los druidas le rendían culto a los pies de árboles negros; en las bocas de sus madrigueras en el río Niger, los yorubas de las primeras dinastías quemaron a las incipientes herejes animistas. Algunas tribus amazónicas aún le ofrendan sacrificios en los manglares de afluentes perdidos en la selva y una secta de incrédulos se intoxica con sus venenos en Rhode Island; gozan al caer en la almizclada intriga de sus telas. La DEA ha infiltrado a estas logias de ateos y busca tipificar el delito como un asunto de narcóticos, sus agentes han sido declarados desparecidos en acción. Con su boca manipula el tejido, lo modula, lo empapa de sustancias y construye el lecho del cortejo. Se protege a sí misma dentro de burbujas de aire que regurgita como goma de mascar o una mentira; no tiene corazón ni sangre caliente, desaparece y deja entendiendo a sus amantes. Es astuta, usa a sus víctimas, las seduce y las convierte en las presas de otra presa deseada, un botín -la victoria-. Su red tiene los atributos de un museo o una sala de disección; en ella terminan expuestos, atrapados, secos, sin vidas, entre los hilos de los laberintos, sus elegidos.