lunes, mayo 07, 2007

Historia

Me convertí en campeón. Al comienzo subía al cuadrilátero y hacía un juego de piernas y de caderas, era la rutina, enrostrarle a mi oponente una confianza imbatible.
-Debe tener un secreto, un truco, una maña, susurraban mis detractores.
Derrochaba técnicas y fortaleza. Las bicicletas, los amagos, el paseo por el ring. Sabía sacar de abajo un upper, un gancho sobre el riñón, el misil directo a las suprarrenales del contendiente; luego buscaba otro uppercott, un jab, la recta a la cara, mentón, nariz y entonces, mandaba al otro a dormir sobre la lona. Fankie me dijo:
-ya vendrá uno y lo hará mejor que tú y te hará dormir, te sacará del juego. Preparas tus derrotas con estas vulgares victorias.
Yo debía ser un campeón por siempre. No bastaba la fuerza y la técnica, tenía que aprender a desensibilizarme, a no sentir dolor, a soñar.
-El dolor te hace cobarde -me decía Frankie y me prometió convertirme realmente en un invicto. Consiguió una entrenadora, la mejor, no me dio pausa, me sedujo hasta la locura con su arte de confrontación, sus golpes eran inauditos, inesperados y predecibles. De ser un temible prodigador de ganchos cortos, pasé a lanzar torpes swings que se perdían en la nada. Ella se metía en mi cuerpo y me hacía trastabillar, sólo utilizaba el hoock, o la puñalada corta, a veces en mi mentón, detrás de la oreja, sobre el estómago, y cuando abría la boca de cansancio, me daba el beso mortal con un jab y repeticiones de golpes en la parte inferior de los pectorales, se abrazaba a mi con ternura y castigaba mi espinazo. Me di cuenta de su propósito una vez consumado el trabajo, fue destruyendo el flujo de corriente sensible, golpeó los corredores del dolor hasta abatirlos y no tuvo apuro, ni orgullo, ni pausa; era una profesional; le mostré mis flancos; uno a uno los trabajó, me despojó de los secretos, de mis defensas; quebró mi espina mientras yo esperaba alcanzar la perfección en el arte del combate entre dos; fue apagando mi ilusión verdadera y la confundió con la ilusión del golpe perfecto, de la victoria futura e inmortal. Nunca me concedió el goce presente, y desvirtuó las victorias pasadas. Ahora soy un campeón verdadero; sueño postrado, unido a un respirador: en el cuadrilátero soy el rey porque soy insensible. Ya nada puede dañarme, nadie podrá asestar la mano demoledora, ni tumbarme; ningún esfuerzo será el suficiente. He superado el dolor, he superado la conciencia, respiro apenas y tengo pesadillas donde me reconozco como un temible devastador.