lunes, mayo 28, 2007

Rapto a Nohely

Sólo pudimos afirmar conocerla, luego de aceptar la cuenta y tener un primer contacto profesional. Nos presentamos en la época de los desfiles de Tropicana; a veces la precedía Astrid Carolina, eso fue antes de ser la top, de convertirse en la figura del cierre; la flanqueaban Rosalinda o la Perpetuo; unos estudios nos indicaban que los desfiles en traje de baño carecían de sensualidad, eran uniformes y aburridos; una superposición plana de estilos hegemonizaba los rostros; sonrisas similares, miradas igualadas en la ejecución de una rutina: dejarla caer antes de girar al final de la rampa, nunca antes y erguir el mentón; y, la marcha sin contorsiones, exenta de sugerencias, teníamos el aburrimiento idóneo para el horario estelar. Comenzamos a bromear con una sentencia, este es el mejor ejemplo de lo aburrido que puede ser un modelo único. Ella pudo haber pasado sin pena ni gloria, al menos para los que nos interesamos en abrir un protocolo de investigación; otra más, pasemos la página; uno de sus zapatos le quedaba grande y la hizo trastabillar; rompió el encanto del tedio e hizo evidente la diferencia; desde entonces nos dimos cuenta que había abierto una hendija, producido una fractura, resquebrajaba un poco la homogeneidad, la belleza en cadena, el serial de piernas y los predecibles bustos respingones.
Lo despampanante se quedó sin trapo, el asunto fue impensado, sutil, pero nadie quedó libre de una sensación grata de liviandad, la sensación del vuelo, de los aeropuertos y de las estaciones espaciales; ingresó al protocolo, de inmediato nos hicimos cargo de ella. Trabajamos su imagen en las telenovelas, indujimos otro quiebre imprecisable de los patrones, necesitábamos una diva misteriosa, ausente, despojada de sí; hicimos énfasis en trabajar su sonrisa, tenía el don natural de reír como la Gioconda; reírse como la Gioconda es reírse del mundo, concluimos, había que reforzar el aire de emperatriz y matizar su torpeza con el apuntador. Pusimos trabajadores de campo en la planta; luminitos, sonidistas, camarógrafas, personal de utilería, el escritor que le ingeniara diálogos y dos o tres maquilladores; estaba cercada, cubierta, copada. Nos habíamos convertido en sus amantes discretos y celosos; nada se nos escapaba de ella y estábamos allí para eso; conocíamos con la precisión de los cirujanos plásticos dónde deberíamos intervenir su cuerpo para retocar y hacer más dura una flacidez indeseable, una inconsistencia, por ejemplo el rumor que causa el oleaje inesperado de la piel de naranja; a veces le anotábamos en una pizarra porcelanizada la necesidad de aligerar el recargo del celery en su aliento, no más Blody Mary; el trabajo se hacía grato cuando resaltábamos sus virtudes; la sonrisa irónica, la mirada ausente, mezquina e impenetrable, el dibujo carnoso y sensual de sus labios; fatales y mortalmente fríos; una vez reafirmada su personalidad debimos arriesgarla a una aventura fuera de la pantalla, una pasión desbocada con un estudiante de la escuela de letras; arriesgamos al borde. Paramos en varias oportunidades la noticia en las salas de redacción de los diarios y revistas más escandalosas, cuando sus excesos se hicieron impertinentes; tuvimos que limitar de nuevo, dar un giro, apartar a nuestro seductor, encargarle una tarea o suprimirlo; a ella la obligamos a trastabillar, otra vez, actuamos con decisión y prudencia, nuestra mano puso a las amigas en su camino, ellas se encargaron de malear su corazón, una semana en París y el ajuste de cuentas con un viejo amor atenuaron hasta la insensibilidad la pasión por el joven de la escuela de letras. Él pudo haberse suicidado, muerto de amor, le comentaron sus amigas entre risas. ¿No te halaga? Es un halago, dijo; le dieron a probar la sangre caliente de un corazón roto y su mirada brilló con frialdad, se acostumbró a exigir ofrendas, no olvidaría jamás al pequeño escritor. Ya dictaba la vida dentro de ella, una mujer debe tener un esposo y una familia, ser feliz como la reina en un tablero de ajedrez. La reina se come a todas las fichas o a su corte, una reina causa dolor, cruza la cara de sus amantes de cicatrices y de odio, instituye el celo entre las piezas en el serrallo y disfruta su voracidad. Supo mentir, ocultar sus traiciones; se castigaba en la intimidad, pero no dudaba en declarar su felicidad incuestionable y las bendiciones de su vida; la dicha familiar no se contradecía con la dicha junto a su hombre, a sus amores y a su esposo; considerábamos todo en orden, ya no nos alarmábamos ¿Cuál de ellos era el más ridículo o desdichado? No era asunto nuestro, habíamos cumplido con las pautas del trabajo, sacamos de su cabeza la ansiedad, la angustia de sentirse vieja o deplorable aún sabiendo que estaba en el mejor momento de su vida; como lo acordamos, la saturamos de instintos y le dimos pocos contrapesos racionales, los necesarios para mantenerse joven; aprendió a ser mezquina, avara, a no rendirse ante nadie; a liberarse del dolor al deshacerse de una fijación y de ser marcada con hierro; entonces, se libraría de la vejez, al menos hasta la vejez verdadera; han pasado los años y tenemos resultados, no abusó del botox ni se deformó con polímeros y silicona; podemos celebrar nuestra conspiración, tuvo un final feliz, eso podemos decir; a ella se la ve en las antesalas de los teatros donde aún se presenta en papeles estelares, altiva e irónica; intocada por el tiempo; no estamos orgullosos, pero sí complacidos. Sólo un observador acucioso puede contrastar su belleza al precisar pocas manchas en sus manos y en su pecho, a veces se le notan, en la parte alta de su pómulo izquierdo, unos glóbulos sobre la piel, imperceptible para la mirada profano, nada que un discreto maquillaje no pueda solucionar. Ella fue nuestro primer logro, es inteligente, ocupa su tiempo en grupos de lecturas donde sirve de árbitro encantador de acalorados debates, es nuestro único experimento de esta naturaleza frívola. A veces, en las horas ociosas nos recreamos siguiendo sus contingencias, notamos sin alarmarnos que ha estado decayendo, tiene problemas de colágeno y su estima vuelve a ser la de la joven que se sentía despreciable a pesar de sus dotes; nada podemos hacer con sus complejos, la cuenta desde hace años nos ha dejado de pertenecer: Ahora olvidamos en cualquier lugar los informes que registran sus inconsecuencias y delatan sus miserias; ya no tememos a las derivaciones de una filtración, a la curiosidad inoportuna de un fisgón en busca de noticias.

“caminaba a oscuras por mi departamento, era abatido por el pertinaz insomnio que me aqueja y por las alucinaciones que me atormentan. Sentía la necesidad de acabar con todo. Saqué papel y lápiz de mi escritorio. En la calle las sirenas y las alarmas, el ruido ensordecedor de la gente que hace sonar sus cacerolas me impedían avanzar en mi grito definitivo. Los gases urticantes impregnaban la atmósfera. Escribía con torpeza y mala letra, trataba de completar tu nombre. Puta, irremediablemente tuyo".