viernes, agosto 17, 2007

En torno a esa cosa llamada bubu


A la felicidad le queda grande una maleta, es suficiente un maletín. Los nuevos ricos son delincuentes felices.

Hay que vivir afuera, para estar adentro.

La felicidad le cupo. Eso es, ella abrió las piernas, la dejó salir y le cupo la felicidad.

La felicidad fue una remanencia, la nostalgia y su derrota.

Los caprichos son enfermedades felices, abyecciones ligeras; una plenitud desechable.

II

Verónica cruzó sus brazos al cuello del amante y le dijo, putito y tierno me hubiera gustado brindarte mi protección, olió como un roedor el cuello del sentenciado, estaba imperturbable (no conocemos la acepción en lengua bárbara) y sin esfuerzo venció la tensa resistencia del tallo muscular de aquel hombre despedido.

Pocos días antes, ni una sola locura o infamia, mácula o transgresión hubiera servido como pretexto para olvidarlo, largarlo sin preaviso o ponerlo fuera del cubo. En la edad dorada, en la insipiencia del capricho amoroso, los aplausos ensordecían y las trompetas saludaban las ocurrencias del novedoso estado de ánimo. Cuando fue oportuno notó las arrugas del traje de lino y cualquier ademán o hazaña se convirtió en una amenaza, una incorrección, una manipulación inaceptable.

Quién lo diría, se preguntó con cinismo, fingió no saber la respuesta, el mundo es apariencia. Ella recordará las palabras, sin requiebros tiernos, acompañar al abrazo exhausto :
-es hora, sal - Y él salió.

La rutina tiene sus formas, un cuadrado, Verónica se empeña en convertirla en un cubo abusando, para variar, con la arbitrariedad de su lenguaje; entonces, busca jugar con las dimensiones, pero cada dimensión refleja el plomizo sentido de su vida.



III

Dijo el doctor en ciencias de algo: los hombres (dejó pasar un segundo) y las mujeres, sobre todo las mujeres, hacen trampa, la trampa no es una maldad pretendida o conciente, es un mandato genético. Estamos diseñados para no ser felices. A un hombre condenado a ser feliz (dejó pasar un segundo) o a una mujer condenada a ser feliz no se le hubiera ocurrido, comer del fruto del árbol de la ciencia y del saber, salir del paraíso o abandonar la inocencia inicial; la gente atrapada en la felicidad se suicida un buen día luego de podar el seto de su jardín al pie de una calzada en una calle de Berna. La infelicidad nos hizo descubrir el fuego, la carreta, el bronce, el hierro y acero, a descomponer al átomo, a dibujar hongos en el paisaje y a incomunicarnos en los debates.