miércoles, septiembre 05, 2007

Momentum




Subí a hablar con R a la Torre Norte y de vuelta salí por Pajaritos, puse cara de funcionario y me uní a la multitud; al principio, tu sabes, es caótico, puedes querer ir hacia Metrocenter, pero hay resaca y la calle está picada, por eso terminas en el samán frente a La Asamblea; a F lo botó la corriente por Santa Teresa y terminó en medio de una disputa entre un predicador de la Iglesia Pentecostal y un militante del PSUV, peleaban en nombre de sus respectivos dioses por la tribuna de la esquina, se iban a las manos entre gritos y acusaciones de idolatría, pero esa es otra historia. Sobre la acera del antiguo cine Ayacucho estaban los tipos que compran oro o los que cambian dólares, hice un esfuerzo y logré alcanzar la parte sur del Capitolio, encontré una riada entre tarantines y sentí el frío magnético de las estructuras de hierro colado guiar mis flancos; uno nada como puede, sobre todo si se nada en seco y con la ropa encima; quien no se mueva es recogido por un sistema de retracción de rezagados y puesto a hacer barra en un acto de promoción de la reforma constitucional; si tienes suerte, podrás ver a los tiburones más sabiondos, a los que antes nadaban en mares de alcohol y resentimiento dar gracias al señor, Él les ha permitido salir de las aburridas salas de desintoxicación y dar saltos de rana, aun siendo tiburones, para alabarlo como eterno e indiscutible, pero si no tienes suerte la cagas, pudieran obligarte a repetir con otras sardinas un salmo de acción de desgracia; mi idea siempre fue escapar, aprovechar las migraciones de basura y los bancos de carteristas y policías administrativos pendientes de ajusticiamientos sumarios en los arrecifes alcantarillados; en ocasiones encuentras barcas con velámenes de guayaberas, yates de turismo, los más osados suben desde el Anauco Hilton o desde el hostal Alba a reconciliarse con la paupérrima condición humana en proceso de redención revolucionaria; los chicos alegres de Sherwood pagan caro el gesto de solidaridad, la descarga de culpa y la cura del sarampión liberal porque son paralizados con golpes fortuitos en el pecho; secos y fuertes golpes; ellos apenas dibujan una estúpida mueca mientras los despojan de sus divisas, de una cadenita y de la cámara de tomar fotos; desnudos retornan con sus culos pateados pero contentos; están convencidos que todo ha sido un inescrutable acto de justicia, muchos de ellos filmarán películas y darán entrevistas e íntimamente lamentarán no haber sido pateados por la bota de un teniente coronel de la reserva; sin embargo, insistirán en dar explicaciones sobre los extraños caminos de la liberación popular en el tercer mundo. Yo estaba en una Línea de Sombra, un lugar calmo en el ojo del caos, los sabios se refieren a este punto geográfico de la miseria urbana como el momentum, no traté de encontrarle explicación a la sentencia de los lectores de Conrad, sólo buscaba tomar aire y atrapar una oportunidad, una azarosa vaguada, una depresión anímica de la atmósfera revolucionaria, un milagrito de los que nos hace todos los días la virgen del Carmen a los que volvemos sanos a nuestras camas; sucedió, un tipo grueso y retaco, calvo o con tres pelos en la nuca, pero con un peluquín negro indoriental calzado hasta la frente, un hombre a todas vistas, por su carácter y actitud, resteado con los cambios, me pregunta si estoy dispuesto a hacerle una carrerita de taxi, no tengo carro, le digo, él no me hace caso, su pregunta fue retórica; me abre una estela de plata sobre el negro pavimento entre La Catedral y la avenida Urdaneta; tira de mí por la solapilla de la camisa, creo escucharlo repetir un mantra o una vieja canción de lobo de mar, inventamos o erramos; y, de inmediato abre el sésamo o la portezuela de un Fiat; la revolución es un instante de gracia y las epifanías son tan ilógicas como la aventura que relato, únicamente puedo contarles un episodio más, una secuencia; una vez fuera de la tormenta, en paisajes menos devastados, me sequé el sudor de la frente, retomé el ritmo de la respiración y conduje al hombre providencial al aeropuerto Caracas; me sentía agradecido, era muy probable que tuviera que caminar de regreso a mi casa, pero a cada jornada su afán; sin que nadie nos detuviese accedimos a la pista de vuelo y nos estacionamos a la vera de una avioneta; entonces me atreví a ver por el retrovisor al hombre robusto y púrpura; luego de acomodarse el bisoñé y sonreír, abrió un maletín y dio un vistazo dentro, lo golpeó con la palma de la mano, comprendí, fue una revelación, que recibiría un tiro entre los ojos o me regalarían el auto, a veces estos finales son tiernos e impredecibles.