viernes, septiembre 07, 2007

È sempre misero, chi a lei s' affida



Para A. Grisanti





Cuando suena el teléfono en un momento inoportuno, siempre se nos vienen a la mente dos o tres nombres. Tengo un amigo, Gustavo; es de esas personas amables pero invasivas, su voz es un sello, una firma impertinente; no es plagiable, sólo él es capaz de dar la lata y luego hacerte sentir agradecido y con nostalgia; cuando te encuentras en algo interesante o gratificante y no suena el teléfono y esa voz que te regresa en el tiempo (“cinco años no son nada, si buscas romper un coco”) no aparece y frustra e interrumpe, el desánimo gana la partida; igual todo se va al carajo por falta de boicot. Ayer, en la madrugada, horas antes de mi liberación, sólo faltaban horas para que se moviera el mundo y alejara la vulgar y agria maldad de mi lado, en el momento de una reconciliación íntima, suena el teléfono y es él, me dice, se murió. ¿Quién? Me sobresalto, Pavarotti. La noticia me aturde no por el hecho noticioso, por la muerte del divo; su deceso, su finitud, se esperaba, pero me dejó en el interregno y en una duda ociosa ¿Se pudo haber muerto alguien más cercano? Definitivamente no sé. La noche continuó, y de la duda pasé a los recuerdos (“cinco años no son nada, si buscas romper un coco”), la barrita de Chacao, las empanadas en los sucuchos de la calle Guaicaipuro, el pan francés con pernil al lado de la óptica, la carrera que pegamos dos señores y un muchacho desde un negocio en la terraza sur del San Ignacio porque sin mediación ni anestesia, mi amigo el impertinente nos involucró en un carro; echar un carro es irse sin pagar de un sitio, nos dijo, ¡que pague Osama! y comenzó a correr hacia el Centro Comercial Mata de Coco; era como gritar al que le caiga la chupa, un desafío extemporáneo e ineludible. Todo eso y la sevicia, los deseos secretos, el recreo baboso e inquietante buceando y anhelando las tetas generosas, grandes y mamaternales de una programadora sonriente y segura de sus atributos y su perversidad, fue descubriéndose como la madrugada o el día de ayer.
Hace cinco años un grupo dispar se encerró en unas oficinas con la pastelería Danubio a sus pies. A pesar de las aparentes incompatibilidades, todos nos reunimos con un propósito, hacer, crear, juntar, registrar, la librería virtual con más títulos, la más grande, arrogante y pretenciosa de habla hispana, estuvimos así de lograrlo, ayer en la madrugada me di cuenta. El grupo fue honesto y entregado a sus objetivos, cada quien tenía sus afinidades diferenciadas con el proyecto, sus motivos y sus prevenciones. Nos encerramos a trabajar y los encierros y el hacinamiento, siempre dan lugar a un coqueteo perverso, al flirt y a las relaciones insidiosas de una sala de terapia intensiva. He utilizado el nos, es evidente que formaba parte de aquella empresa y también, mi amigo, el impertinente. Han pasado casi dos días desde su llamada y la muerte de Pavarotti me ha devuelto a un encierro donde un grupo de aventureros se manejaba en las formas múltiples e hiperreferenciales de un oficio creativo y audaz, aquellas oficinas se convirtieron en laberintos; la tabiquería, los anaqueles, los computadores personales y los libros eran pasajes seductores; las sugerencias y los entendidos ambiguos y las apariciones arquetipales de algunas diosas dieron paso al cultivo de pasiones sofisticadas, a barbaries cultivadas, a gustos adquiridos.
Fue entonces, en un desayuno, entre jugos, pastillas de vitaminas y minerales, cachitos y el sonido del microondas, cuando uno de los jefes del proyecto, con la mañana alta, las calles de Chacao a las espaldas y al frente la pared más sólida del Ávila, me habló en serio de Giuseppe Verdi. La locura comenzaba a cobrar forma, la semana en homenaje a Verdi iba a comenzar, sentí algo de ladilla en el alma, porque me veía aceptando una invitación, somos humanos, como en efecto lo hice y exagerando mi entusiasmo en una velada operística en El Centro de Arte La Estancia. Por alguna razón, la sobreactuación de las sopranos, de los barítonos y del tenor, dieron lugar a imágenes, a algunas escenas exageradamente trágicas y humanas de Coppola y Scorsese, o a la miseria de la vida en los ghettos de inmigrantes. El melodrama o la adversidad del día, el menú restringido, un menestrón con moscas y los manteles de cuadros, la barbería o el negocio de enlatados. Verdi se me manifestó en la puesta en escena de los desarraigos. Joyce y el Exilio y La Viola da Amore. El desarraigo de la patria chica, de la vida grande, del mundo, el desarraigo de amor; todo mezquino, la negativa, la ironía no lograda, el enunciado vulgar de la dama ofendida; los metales y las trombas, la dolorosa vía de la amargura, el De profundis de Oscar Wilde, el imposible feliz.
Quien me conoce, o cree conocerme, sabe de mi pasión y reservada aprehensión a su vez, por Gustav Mahler y de la paz que logro, una comunidad de lugares comunes, o la inquietud trastocada en oleaje sereno, nostálgico y alegre en las misas, en las cantatas, partitas, variaciones y fugas de Bach. No sé más de música y en verdad, lo he intentado, pero ni modo, otras misas de Mozart y sus composiciones de rigor; mi ignorancia es proverbial. La opera hasta aquel día en la Estancia fue una sopa gruesa y de difícil digestión o un jarabe empalagoso. Como todo equivoco, nacía del prejuicio y de la ignorancia, a veces de la soberbia y de la carcajadita entre amigos, camaradas de ignorancia y prejuicio también; al final de cuentas mi criterio era vulgar, así toda banalización. Al momento me llamé a capitulo. Si te gusta El Padrino o El gatopardo de Lampedusa, deberías dejar las ligerezas sobre el género, fue casi una amenaza, y lo hice, retomé aquella escena en La Pequeña Italia, cuando Don Vito Corleone percuta su justicia por vez primera al liquidar de dos tiros usando su chaqueta de lana cruda como silenciador, luego de perseguir por los techos de los grises edificios y a través de una procesión penitente, al hombre que azotaba con sus impuestos a la comunidad de inmigrantes, muerto el tirano nacía un tirano benevolente, mientras en la calle sonaban las trompetas y los tambores con un ritmo monótono, un anuncio, una fiesta brava. Era opera, un pequeño, común y gran cuadro trágico, el vacío y la imposibilidad, el sinsentido dibujado en los códigos de la emoción sobreactuada; allí la insignificancia adquiere sobrepeso y le da sustancia al dolor de la existencia mortal. Todo eso se fue revelando y también el canto bello, la voz instrumental, las desproporciones o/y las transmutaciones del divo, su exaltación en la escena. Pasó el momento y me sentí tranquilo, purificado, agradecido; Más tarde repetiría la experiencia en la sala Ríos Reina, cuando no era aún de una élite, junto a mis hijas y mi esposa y frente a Rigoletto.
Vuelta al presente, o al pasado inmediato de la llamada de mi amigo impertinente, trabajo mis sentimientos, siempre contradictorios, jamás únicos, ahora menos que nunca y vivo una terrible desesperanza, estoy enojado, para variar, con la realidad, mi país, conmigo mismo y temo; comienzo a formar parte de una mayoría silenciosa que anda en procesión por las calles, sumida en una pasividad explosiva, con las peanas de un destino trágico sobre sus hombros e ignorando la resolución fatal de la trama.
Hubo una vez un lugar, un espacio para Rigoletto y para el ballet Bolshoi, un espacio que buscaba incluir, un auditorio para las bellas artes, ahora saturado por un agitador y sus consignas de odio. Los cuentos que comienza con el hubo una vez tonifican mi alma, es la formula mágica de la niñez para los finales felices, hubo una vez y entonces me recuerda la impertinencia de las aventuras incluyentes, hacer una librería, escribir relatos, participar en ferias plurales y gozarse en las diferencias, sentirse cómodos y legítimos en las minorías, soñar y habitar los pliegues encantadores y a veces fantásticos de la realidad, ser el otro y ser uno mismo, ser sobre todo uno mismo en el otro y en uno mismo, sin que por ello nos matemos o nos impongamos el silencio o el claustro.
Estoy en el momento inmediato a la llamada impertinente, en el momento de la duda y de la liberación, decido retomar sin complejos a Oscar Wilde, ninguna acritud mal construida y pobremente diseñada es capaz de descalificarme su balada, su teatro, sus verdades individualistas y lapidarias y todo, en honor al Divo del Bel Canto, al dandismo y a la supremacía de la estética como única y aceptable alegría capaz de rescatar de cualquier estado de sustracción vital y de dibujar con timidez la imposible trascendencia.

Por eso, a descargo de todos los que sufrimos los enredos de la vida, que continúe y a pesar de la muerte, Verdi en la voz de Pavarotti :


La donna è mobile
qual piuma al vento,
muta d' accento - e di pensier.
Sempre un' amabile leggiadro viso,
in pianto o in riso,
è menzognero.
La donna è mobile
qual piuma al vento,
muta d' accento - e di pensier!
e di pensier!
e di pensier!
È sempre misero
chi a lei s' affida
chi le confida - mal cauto il cor!
Pur mai non sentensi
felice appieno
chi su quel seno - non liba amor!
La donna è mobile
qual piuma al vento,
muta d' accento - e di pensier
e di pensier
e di pensier!