lunes, noviembre 12, 2007

Fotografías

Nadie excepto tu puede tomar la foto, siempre sales en gran angular, ahora pasado el tiempo te miro y reconozco un parecido a pepe grillo. Fabricio no recuerda su cara, apenas los dedos de sus manos, son diez, dijo, son diez, eso creo; abre los ojos y siente el reclamo abstruso de la luz de la mañana, siempre invernal, desde hace años invernal, son diez y tres malas experiencias; desea quedarse tendido sobre la cama, moverse entre las sábanas y las almohadas, ayer vi a un hombre viejo, comía con firmeza de convicción, tenía el hambre de los viejos, un hambre inútil, come y sus huesos son frágiles, su abdomen se abulta, su mirada pierde sentido, come para morirse sin dolor en el estómago; eso piensa Fabricio, sus pensamientos no son los verdaderos, son confusos. Antonia es flaca, se ha marcado los huesos en la piel, hubo un tiempo en el que las mujeres se marcaban algunos músculos o dejaban hacer voluptuosidades a sus carnes; ella se marca los huesos, la amo, dice a sus amigos, persiste el amor cada vez más emputecido, afirma a quienes no saben la historia porque nunca la va a contar, serán dos; ahora expresa amargura, tiene estrías allí donde nace el brazo y debería dibujarse la curva de los bíceps; la recuerdo, estira la mano se toma una foto, es narizona y tiene estrías en los bíceps y ha engordado más de lo que nunca hubiera querido, lleva una caja de cartón cubierta con celofán a cuesta por el mundo como un caracol, va bien envuelta. Su mundo es un pañuelo, un pañuelo más pañuelo que el de los demás. El asunto es la moral, Laura. Laura era una especie de militante de la luz, tenía unas cuantas causas justas y se empinaba con ellas y también las causas justas se convertían en una casa del caracol que la ausentaba de esa vida ruda e infeliz, de las poluciones, del recalentamiento, de las ciudades terminales; Laura era medio imbécil, dibujaba a veces un sueño tan extraño y perverso como una lámina de una revista mormona; era un calco de la histérica de Freud. Ramiro dijo una vez, el bucolismo de esa mujer es un infierno, me quedo con el jardín de las delicias de Antonia. ¿A cuenta de qué viene Laura? He aprendido a ser tan caprichoso como Antonia, y Laura es uno de sus caprichos, nada más, una putada. Dos actos fallidos, dos veces ha tratado de despertar, dos veces ha abierto los ojos y le duele todo el cuerpo, la vejez llega de golpe una mañana y llega cuando estás tan joven y redecorando la casa por quinta vez, llega cuando no se justifica el marco para un cuadro ni el río de una ciudad mirado siempre desde el mismo lugar, siempre, el que me espera, el río del mismo lugar de la gran ciudad, la misma; a veces voy con la caja de celofán a las fiestas y me muevo dentro de ella como una muñeca macabra, la libertad es eso, tener mis espacios bien delimitados, mis temores medidos y pesados y hasta los caprichos al cálculo; te permito el caprichito en tu relato. Ese podría haber sido su pensamiento, despierta al fin Fabricio y Laura la salvadora de castores, el capricho, tira piedras a un estanque, un estanque pequeño, de aguas turbias, las piedras se hunden, no ha aprendido hacerlas deslizar sobre la superficie de las aguas estancadas, escucha, ponle tus prejuicios a ese artificio, el mundo perfecto sin la especie humana, los faunos muertos, las víctimas de ceras, los museos y las dignidades de las bestias en sus bosques, cúbrete de la lluvia con impermeables de plástico, continúa ese tránsito hacia la niñez más vieja, más ridícula en la muerte de tu pasado y cree sobre todo, en el salto moral que te coloca en los púlpitos más absurdos ¿A quién le hablas? A ti ¿a mi? No, a Laura. Coño con esa Laura. ¿No me la estarás inventando? No, te lo juro. Silbas en los callejones, debajo de los puentes, a la salida del metro. Ambas creen haber superado a Fabricio y Fabricio cree haberlas superado a ambas y los tres se superan cada día, vuelven a la sombra y se increpan ¡Más! Una mujer no puede bailar bien porque lo decida y afirme, ni puede amar ni esperar en el discurso vaporoso de un tema musical su redención. Fabricio le dijo a Ramiro, me he dado cuenta de mi aridez porque me he olvado las letras de las canciones, sólo me interesan las imágenes de los clásicos. Abre los ojos por tercera vez, no posterga más el día, pondrá los pies sobre el piso, caminará arrastrando el pijama y se meterá una hora bajo la ducha, si se anima, se masturbará bajo la ducha, como aquel personaje de “Belleza Americana”, recuerda, todos al final vivimos una vidita; incluso los generales y las emperatrices, los filósofos que han desentrañado algunos misterios, voltea y se regodea. El momento es lo que tengo y se pudre como un queso o un pan, casi escucha el quejido de Antonia ¿Aquel inmortal? no. ¿Aquel cuando cayó de espalda sobre él? no. El quejido del las poleas de un viejo ascensor, ese es el quejido que escucha, una puerta, la sublime cobardía de la especie o del confort más elemental, el quejido de ella, no el de la farsante (hay una farsante). Duelen las estrías, su libertad dentro de la caja, la caja a cuesta, la caja y sobre todo le duele la cara angular, la cara de grillo, no la tengo así, lo sabes y mis labios son más húmedos y reales y mi sonrisa no se repite como en las fotos que conservas, una tras otras como una mueca, una muerte, un ya pasó y no duele ¿viste? Tu conoces mi sonrisa y mis pequeños delirios, desnuda me conoces, ante nadie, empapada y feliz contigo dentro, me conoces, rómpelo todo, incluso el recuerdo. Pudiera mostrarme más promiscua de lo tolerable, más perversa y prevenida, más superficial que las otras mujeres que se disputan conmigo la belleza sirviente de un fornido y hormonado atleta de prostíbulo o plató porno. No mostraría nada a estas alturas, ni la desvergüenza maquillada ni la hipocresía victoriana, una vez te pregunté, explícame la hipocresía victoriana, eso no se explica, eso se manifiesta, creo que dijiste, eso viene con un tipo de vida y no es victoriana, es de otra índole, una gracia de la nobleza y tu no eres noble, tu riqueza es reciente, por eso eres tan cobarde. En todo momento le buscaste cuatro patas al gato cuando sabes que tiene cinco ¿no es así? Dos fracasos. Tan cobarde, mira quien lo dice, el rey del pecado frito. Fabricio sale del baño, se mira la cara al espejo, dos momentos casi penúltimos de la sinfonía, la última. Rasguñar con las garras el pudor o la estima de alguien es censurable ¿por quién? Nada, me ha provocado decirlo, mientras más irrelevante más cáustica es la saliva del beso. Los besos que das cuando el otro voltea no molestan a nadie. Los besos que no guardas, se te bajan a las tetas. Y los besos que te niegas, te hacen cada vez más vieja. Mírate ahora como se te ha puesto la mirada, y esas líneas paralelas cerca de los ojos. El día será así, lleno de contradicciones, como todos los días, las contradicciones nunca se resuelven, y el amor no deja de ser una perla al fondo de un baúl de ornatos; al menos borra las fotos, rómpelas, desparécelas, y si no tienes el valor, confróntame a la vuelta de cualquier esquina cuando la sirvienta que te hace la cama doble las sábanas o cuando, como siempre, el mundo bostece y gire para aligerar la digestión.