domingo, septiembre 14, 2008

Igrid Bergman ¿Y nosotros?

Va sobrando, dice, y comienza a podar tu vida, esa, la que tienes ¿puedes definirla? Ya te lo dije, el mundo en guerra y nosotros amándonos, es un diálogo ¿Lo recuerdas? Más o menos, la película, sí, la recuerdo, siempre sales al paso para defenestrar mis referencias ¿es malo? No, siempre nos quedará París, la película, en inglés por favor, siempre nos quedará Londres, en Inglés, anda. La mañana está soleada señorita maestra, hay muchas nubes en el cielo y estoy solo como esa piedra negra en la noche negra, otra referencia, un poema, el cabello negro en el cano pelo, sí y hay nubes en el cielo, cúmulos grises y extensos, estos años, van siendo varios, verdes ¿tantos? El jardín tiene más arbustos xerófitos que otros, más flores del desierto ¿Podas las espinas? nunca, las espinas se cultivan y las flores del desierto a veces duran y luego mueren y se pudren, como todo, pero más las flores y si son flores del desierto, menos; ellas, bermejas y húmedas como esa piel acariciada con furiosa urgencia, labios bermejos y húmedos y los dedos sangrantes, las espinas, el sueño, es confuso, debes despertar y tomar la libreta, escribir de inmediato el sueño, si te duermes lo olvidas; soñé con Felicia, sabía que de esto iría la historia, soñé, de alguna manera la había vuelto a ver, no era la misma; en el sueño la vi dos veces, una vez sentada en una terraza a la afueras de un centro comercial, muy pequeña; no es pequeña, debo aclararlo porque ustedes no la conocen, usaba una chaqueta negra muy grande y su cabeza casi desaparecía en la ostentosa prenda sostenida por su cuello largo, parecía una jirafa; se piensa en los sueños y estas cosas pensaba, en la jirafa con un saco grande, orgullosa e inflada, sin maquillaje, con sus ojos lacrimosos, su sonrisa tímidamente altiva, tratando de dar una respuesta a un hombre, puede haber sido él o el otro, o yo desdoblado en el sueño; no lo sé, estaba de espalda, no lo sé, comprendí; en los sueños uno tiene poderes telepáticos; ella repetía la líneas de siempre, la recordé desnuda, cierta desproporción encantadora y su armonioso vientre casi distorsionan la pesadilla en un agradable sueño erótico; no, no desaparecen las impresiones, la memoria se borra, las impresiones permanecen; estaba sentada tras una mesa blanca, bajo un toldo triste, en uno de esos días, cualquier día, pero no así la segunda vez en el mismo sueño; subía unas escalinatas, que se abrían en herradura como un anfiteatro y conquistaba una terraza extraña; no puedo precisar con exactitud sus dimensiones y formas; parecía rectangular, tenía porrones con arbustos, setos, una vista privilegiada, debí haber sentido alegría, eso pensé, uno lo piensa en el sueño: estoy alegre, Felicia me ha mandado a llamar con la Sulamita, como la otra vez; es una trampa; me alerté, te va a exponer de de nuevo en su reinecillo y le dará otro golpe a tu estima; no importa, debía sentirme alegre, me había llamado, yo daba un último brinco ligero sobre el escalón e irrumpía en la terraza y en el sueño, no en el cuento real, tenía una convicción, sería distinto, esta vez lograríamos imponer lo irracional sobre lo que nos resultase adverso y por eso sobre nosotros se cerró el cielo; la esclava o la Sulamita me había dicho, no te preocupes por nada, como lo hizo antes en la realidad, ella a su vez tendía otra trampa, las esclavas Sulamitas son rencorosas y saben esperar; si ella; subrayaba, te manda a llamar es por algo, te necesita y cuando me necesita, respondí, me desplazo unos grados en mi sensatez, me convierto en un canino y me pierdo a mi mismo; estaba allí, en un lugar de la terraza, las nubes, eran cumulares, eran de tormentas, le daban un tono lúgubre a los muros, al paisaje, a la vista quejumbrosa de la ciudad; la alegría duró poco, o nunca estuve alegre, el desorden era abrumador, la terraza era el lugar de estar dentro de su casa, luego la cocina, luego el cuarto; siempre quise estar en su habitación, profanarla, ahora estaba en todas partes, en la terraza, en el estar, en la cocina; era un halo fantasmal, un fisgón, un invitado o un entrometido; abrí la nevera y salió de ella una fuerte ráfaga de aire cálido de mar, un paisaje, el lugar por donde escapa Alicia corriendo los pliegos de la realidad; comprendí, era el momento de escapar, vacilé por un instante, no me iría sin ella, la amargura la había avejentado, la repetición de los días y de los diálogos de un argumento inútil y en apariencia desentendido y amoral, le dibujaron un rictus desesperado y siniestro, es una trampa, me repetí, si la llevas contigo te pierdes con ella ¿No era lo que quería? Perderme con ella, perderme en el Mojave o en Providence, en un lugar, en otra parte, bastaba con quererlo para verla revolcarse en el desorden, batirse con lujuria, negarse sobre los lienzos desgarrados de una naturaleza muerta, de sus paisajes bucólicos y presuntuosos; decadencia, fue la palabra, y luego muerte y luego puta, desperté, no sé si llegué a cruzar el umbral, estoy aturdido por el miedo y la rabia, va sobrando la mañana pegajosa y la saliva amarga se comienza a diluir en la realidad ; dentro de poco sólo quedará la impresión, ganas encontradas y luego apatía ¿ Y nosotros? siempre tendremos algún lugar o ninguna parte; Ámsterdam o Tucupido. Siempre o lugar son palabras contenidas en el vacío, como nosotros, ustedes, ella y las trampas; giramos sobre la tierra, en el vacío, con una certeza, nada.