jueves, agosto 06, 2009

El eterno retorno de Charles Bovary

Gabriel se tomó un tiempo para abrir los ojos; se había desplazado en secuencias incoherentes por los entramados de la realidad, de cierta forma lo había hecho y allí estaba el dolor, palpitaba en sus parietales e irradiaba hacia la frente, los pómulos y la garganta; tenía la nariz tupida, pero el aire húmedo y el olor a paja y a barro filtraban la congestión. Insufrible. Incómodo. No amanecía en su cama, estaba sobre la tierra apisonada, sobre un catre, el cuerpo le reclamaba la mala postura. ¿Cómo había llegado allí? los animales de corral merodeaban dentro y husmeaban a esa figura desguarnecida, ovillada en posición fetal; tenía el sabor de la peste en la boca y las encías lavadas en aguardiente; el trapiche del tabaco masticado y un par de esnifadas impregnaban sus mucosas. Acetona más mierda, mierda más alcohol de quemar, la garganta seca y una pústula a punto de reventar en el cuello. Los recuerdos fueron cayendo como cerezas podridas en un pocillo negro. Nos salimos de la carretera, Mariela, el auto dio un trompito y se embaló explanada abajo ¿Dónde estás, Mariela? Gabriel trata de recordar; desapareció luego del accidente, después fui a sentarme en un terraplén junto a unos hombres; apoyaban fusiles en sus caderas, frente a unas casas de bahareque; hablaba mucho y los hombres me animaban con largas y promisorias libaciones, las mujeres sonreían, algunas se empeñaban en mostrar sus dentaduras de oro, otras, las jóvenes menos agraciadas, escondían sus dentaduras blancas, las viejas y más audaces, ofrecían grandes espacios entre los dientes y despedían el aroma del leño quemado varias veces en una misma noche. Duele. Ahora las punzadas son aguijones de alacranes, la punta de una navaja corta y un destornillador estriado gira sobre el entrecejo. Gabriel hace un esfuerzo y se despereza, en algún lugar suena un corrido, es una radio, cree reconocer a Los Corraleros del Majagual, yo me voy para otras tierras y adiós. Horas antes de que el tabaco o el chimó le amargaran el aliento, la noche inmediata, estuvo conversando sobre la ruta que seguiría Alberto; sólo vine a asegurarme de los itinerarios, debe ir desde Soledad hasta las estribaciones del sur, a ese campamento junto al codo y no a otro. Hecho, hará el trabajo y más nada, dijo uno; más nada significaba: lo regresaremos o no lo regresaremos, eso queda en nuestras manos. Mariela abre la guantera, saca una funda y comienza el ritual, crema en los codos, en los hombros, en el cuello, crema en las manos; abre un estuche, se maquilla, retoca el delineado, sólo un poco, está ausente, quisiera que me sonriera, estuviera conmigo; ella sigue en lo suyo, como en casa, estrechamente conectada a su música, a sus amigos virtuales y al amante, sé que tiene un amante, me di cuenta mientras viajamos por Roma; los hombres dan sorpresas, las mujeres participan; y aquel era el tercero y más despreciativo anuncio; alquilamos por una semana un apartamento con vista al Tiber, podíamos salir unas cuadras a cenar puré de lechuga, pollo a la Númida, platos de peras y a tomar vino; pero ni eso; se hacía traer papas fritas a su habitación, me decía, es lo mismo Gabriel, salir a la via dei Giubbonari o estar acá, contigo y sin ti, nunca podré decir que estuve en Roma o en Berlín ni en las playas de Falcón, no supuse que estar al lado de mi marido en las buenas y en las malas contemplaría ser arrojada a su continente, estar limitada a ti. Mejor no hacerla hablar, montaba el drama típico de la mujer harta de “su Charles Bovary”; entonces, me resignaba a deplorar mi suerte entre curas y novicios en los antiguos lupanares de la ciudad y volvía menos desgraciado que Cesare Borgia a los brazos de su hermana Lucrecia; pero ahora ella se mira por el retrovisor y sonríe, la llamo, la nombro, deseo que me sonría, ella se da vuelta y el auto patina sobre el pavimento, desaparece y estoy acá, menos mal que me salí de la carretera sobre el caserío, un poco de aguardiente para que usted no se adormezca, hale perico para que se nos despierte y masque chimó para que lo agrio de la vida le sepa a néctar de cayenas. Cayena se llamaba la mujer rolliza. Cayena bailaba corridos y vallenatos y me acariciaba el rostro, se acercaba y rozaba a las mías sus mejillas empapadas por el sudor. Cayena estuvo atenta, cuando me llamaron los hombres que salieron del monte, con ellos tuve una charla de negocios; güevas, te han sabido mantener alegre, pasa la noche, nosotros pondremos tu carro sobre la vía, güevas, y traiga vusté a ese fulano para que desmonte los tambores y clasifique la pasta, vea, porque ha habido movimiento de tropa por la zona y un sargento nos recomendó mantenernos en transito. Era el trabajo de Alberto, desarmar el dinosaurio y venderles un laboratorio móvil, una especie de laptop procesadora de pasta de coca, una planta portable en la mochila, los satélites cagarían ondas saturadas de estática y todos los involucrados en la elaboración de corridos populares podrían guardarse las espaldas sin comprometerse unos a los otros. Celebramos, los corridos sonaban a todo volumen, bailamos en torno a una fogata, éramos criaturas despojadas, con el legado cultural de occidente en las manchas de nuestra ropa interior. La pulcritud de Gabriel se diluyó como el bicarbonato de sodio y la acetona en las hojas maceradas; él se desplomó frente a una hoyanca, en una sepultura o en los brazos de Cayena, se reconoció en sus labios ansiosos por morderle la piel, sacarle el olor a limpio y chuparle los nutrientes; suéltela papito, suelte la lechita, fue lo último que escuchó antes de perderse en un viaje sin memoria hacia la noche en el cielo bajo del llano. Las punzadas se hicieron insoportables, en cualquier momento tendría que abrir los ojos y verse en el centro de una covacha, en un chiquero, rodeado de animales realengos, escapados del corral; hizo un acopio de fuerza y toda la bulla, el corrido en la radio, el cerdo hozando cerca de su cara, las nubes de mosquitos desaparecieron. Estaba sobre la cama dura y confortable, el cortinaje etéreo de su cuarto, con el aire acondicionado silencioso y placentero; a oscuras y al lado suyo, Mariela se tocaba; desnuda, hermosa, sacudida por espasmos y una cálida brisa en su aliento, un extravío de semen y duraznos; un susurro: Rodolfo, León Duphys.