miércoles, diciembre 09, 2009

Horroris vacui

Repican las campanas. No hay quietud. Se intenta el sosiego mínimo para la conformidad necesaria, no saltar, no tomar entre las manos nada, a no ser para protegerlo. La comodidad entre los tuyos y en el paisaje, es extraña y la certeza de la incidencia en la realidad imperceptible, para no decir inválida; entonces comienza el pensamiento a ser un eco, se reitera la palabra, vete.
Sal de aquí .

No protege lo gregario, la pertenencia es un insulto, humilla. Exige demasiado.
Vete.
Nadie dirá nada. El dolor es tuyo, no es de nadie más.
Y la vida, todos los días, el resto. Un poco, también, al menos cree en eso, es algo tuya.

Las nuevas drogas son de diseños y todos participamos en sus bacanales, una dosis cada segundo, un prensón digital. La dosis en un touch, un touch y estamos integrados, el asunto es estar en algo, esa siempre ha sido la vaina de una y de otra generación, estar en algo junto a otros muchos; y ahora movemos bites, damos palmadas sobre nuestras arterias y nos pinchamos con bites, más interesante porque no es posible mover montañas. Tiempos hubo, las otras percepciones, la búsqueda del mar de China, La seda tendida en el desierto mongol, el fuego o un cierto orden en el universo. La cosas en serio, morirse a los treinta o morirse sabio y desencantado en una ermita. Cortarse las venas dentro de una tina de agua caliente de puro desencanto se han quedado en los signos de las páginas: viene esa voz y dice, es hora de abandonar un poco. De buscar perspectiva.

Cuando se hable de la droga de esta última década, dentro de poco, nadie estará limpio, y probablemente a todos nos llegue tarde la buena intención de rehabilitarnos.

Amor, es inútil todo, son las razones del desatino, los desencuentros. Échale la culpa a los astros o a la condición civil - casado, soltero, divorciado, maricón, disfuncional, promiscuo, errático, adicto, transgenérico, carente de ideas, comprometido- ; a la funcionalidad y al rollo de los roles, búscate a un Dios o hurga mis lacras y échanos la culpa porque ha debido ser entonces cuando pretendíamos morir, amor, de amor. Amor. Luego, podemos sumar cobardías, trampas y cuentos villanos.

Se afirma la existencia una pluralidad de universo, algo imposible de procesar por la mente humana, nació de una realidad cuántica. No es un mundo paralelo, son múltiples universos y hay una frontera, un portal, el límite de Bekenstein, un lugar tope desde el cual nadie puede asomarse. En este mundo cuentan los políticos y los sociólogos, tres o cuatro mundos, y en Caracas hay cientos de Guetos, en la realidad humana cada quien pone la frontera, nadie sabe quien pone las fronteras entre los universos. En consecuencia, esas fronteras, las humanas siempre son deleznables.

Y tu amor, sigues con ese juego. No se trata de madurar ni de otra cosa; si vives lo sufieciente, verás tus saldos, tantos en rojos, tan pocos en azul y algunos no reflejados, el olvido, el olvido: estrías, celulitis arrugas. Naranja china, limón francés.

Te amé, te amé, su supieras hasta qué punto el ridiculo y la exaltación aparecía el límite, en El límite de Bekenstein y te hubiera dicho todas esas tonterías, absolutamente todas sin ruborisarme, dos, tres muchos años en El límite de Bekenstein.


Es bestial el asunto, hombres alfas, abejas reinas -y pescados ( tu has tenido tus pescaditos)-. Estamos en algo, de nuevo, aplauden a la envidia como una herramienta para la superación personal sin estar muy claros si existe una envidia buena y una envidia mala o si existen matices, nadie sabe cuál es la frontera porque morimos sin ser infinitos. Nadie debe estar claro, no existe la claridad, la claridad enloquece. Esa es la prédica.



El país debe estar muy disgustado conmigo. Yo estoy muy, muy disgustado con el país. El sentimiento es reciproco e intenso. Y por eso,

capum.