jueves, diciembre 24, 2009

Agua ( Bosquejo de Navidad)

Antes de salir tuvo una visión, en ese momento la señora Mirta se interpuso; necesito hablar con usted, el cargador del agua se abría paso, permiso, salvó la puerta mientas Alberto buscaba en los bolsillo el dinero para cancelar el envío. La visión nada tenía que ver con esa figura encorvada ni con el hombre del botellón sobre la espalda. Vio a Andreina con un bebé entre sus brazos, lo amamantaba, sintió un gran dolor en el pecho, como si la leche saliera del suyo propio, era todo. Le comenzó a buscar sentido a aquella imagen y sólo encontraba sensaciones, dolor, erección, escozor en la nariz y un recuerdo, la llevaba de la mano entre sauces llorones, un parque, un camino sembrado por raíces de árboles, las paredes de la montaña tupidas por el musgos y el vapor de la humedad, quiero que veas esto, le dijo entonces, y la recostó contra una ceiba, allí, mira cómo el agua hace hervir al pozo, es frío, un espejo helado y es humeante, querida, se le acercó mucho y miró su entreseno, pudo olerlo, ver las pecas en las turgentes cúspides; luego la besó. Ese era el nutriente recuerdo. Tengo que hablar con usted, le repitió corva la señora Mirta y el aguatero ya sin el embase del agua volvía a cruzarse entre ellos; Alberto pagó, le dio una buena propina, esperaba no volver a verlo, al menos por un buen tiempo. Este viernes no puedo venir a trabajar, le dijo; la señora del piso ocho me necesita, sí, no me importa le ha debido responder Alberto, no es asunto mío, y de cualquier manera ya poco me importa. Se lo repongo el lunes Señor. No se preocupe, ese día dejo lo suficiente para que le den lo que resta del aguinaldo. Al fin la vio, tenía la cara arrugada, eran los años trabajando para ellos, y los ojos, como si se le fueran a derramar, blandos por la vejez y por el dolor del hijo recién asesinado, un año atrás entre llanto exclamaba, señor Alberto, se llevaron un pedacito de mi vida. Qué vaina, no hay respuestas para esas necedades que todos en algún momento decimos, nadie pasa liso, a todos nos quiebra la vida y nos reivindica un inopinado y exiguo sesgo. Se le disipó la rabia o la incomodidad, pero tenía que salir, Riqui lo esperaba para subir a Las cuevas de Emilia, se despediría de la montaña en ese lugar de brumas eternas, el día levantaba despejado y aunque el frío no era el de siempre, una brisa fresca elevaba el vuelo del cortinaje del balcón se la sala; hay tanta luz, pensó y luego la imagen recurrente, Andreina arrullaba al niño entre sus brazos, le susurraba algo, recuerda aquel primer beso, fue un mordisco, le mordió la oreja, luego lo respiró y de inmediato otros mordiscos; ella besaba y mordía, lo hacía con urgencia, hambre animal, apasionada. Ese era su signo, la urgencia, la picardía, la tremendura. Por eso lo inquietaba la imagen del niño ¿niño? La señora Mirta le tendió el brazo derecho y lo tomó por la cintura, él se reclinó y se dejó alcanzar un beso en la mejilla, Dios me lo bendiga, cerró los ojos y volvieron aquellos mordiscos sobre el pantalón, en medio de la premura de los abrazos encubiertos, del sofoco y del sudor adhesivo; dame una prenda, recuerda haber buscado eso, tu sostén, pero ella continuaba sobre él en el estrecho espacio donde se escondían; no tiene sentido, a veces las frases más perfectas son las más engañosas, lo son en efecto, hay quienes cobran por elaborar oraciones efectivas, tenía sentido, pero esta, ahora, una sencilla bendición, la mano extendida, la imagen de la mujer amamantando, justo en ese momento, superpuesta a la señora sarmentosa, le daba un significado de unidad al mundo, en pocos momentos estaría ascendiendo a la montaña, al día siguiente haría el viaje explorador a Boca Ratón, se pasearía por el nuevo estrado de una universidad, y luego iría a correr sobre la prolongada superficie arenosa del litoral para plantarle el rostro al Atlántico, esa corriente sería definitiva y sin embargo, todo se detenía, la subida a la montaña, el viaje, su mudanza, la despedida por siempre del para siempre, una mala frase, sus ojos se anegaron y se le quebró la voz, procuró mantenerse callado y pensar en la vida: ahora más profunda o distendida se pierde mientras avanza, se va desdibujando en el trazo, la abuela, la madre, las hijas, la esposa, las amantes. Todas sus mujeres, y con ellas tu, Andreina, en aquel beso, la imagen o el arrullo hundida en una poltrona, mas nunca sensata. No importa señora Mirta, en esta casa encontrará quien la reciba la próxima semana, otro de esos diálogos. Las portillas del ascensor golpearon el vano del boquete, el aguatero se dejó escuchar con desgano desde dentro ¿Señora viene? Alberto tiró de la puerta, respiró profundo, no te apures dijo, la imagen era envolvente, una mujer amamantando, no era Mirta, ni era ninguna otra, susurraba al niño, encadenaba palabras, algunas tiernas, otras retadoras mientras el sol de la mañana se filtraba entre las rasillas de la galería, y con la redención envolvente de su luz declaraba el silencio. Así bajaron los tres, y apenas al salir intercambiaron murmullos, se desearon buena suerte o feliz navidad, quien sabe, cada quien iba cubierto por su gracia o sepultado por el destino, siempre particular y compartido.