viernes, agosto 13, 2010

A Proust moment / Un instante Proust





A Proust moment
by Israel Centeno
Christiane was getting lost in the crowd, she crossed the Anatole France bridge with a book of leather cover, she wished start the walk since the dock where couples lie naked over towels in that particular summer afternoon, shameless North African men, smeared in oils, Asians and men from Normandy, Marcel, if you would’ve been here to see it, faggots over the piers wearing thongs, waxed, bronzed faggots given to the August sun, naked and you, in mascarade, condemned, hiding yourself from years ago, over the wheezing of the asthma you went to watch over the children’s brothel the loving cadence of the reversed, to make yourself feel less weird, how was it that you call yourself? Varied, reversed, different? Christiane stopped and tried to recreate Proust’s opinion of a house elegance “pink and elegant” in the coppery houses of the good times, the good times of the embarrassment, of the unbearable and sensual heat. Gabriel, she was thinking of Gabriel, in his imperfect body, full of scars, in the angel of her smile when she talked of a Sunday, people wait for Sundays as if he is going to actually raise from the dead, people wait for Sundays as a new start, housewives in captivity, company men in bondage, the working class, the academic in bondage and Gabriel, or the angel of Christiane, flew against the light over the summer sky, between the stained-glass windows and the gargoyles, under the high sun yet over the Sena river, he didn’t draw his trail, he didn’t draw sentimental waves over the river, he went to Paris to write about you, Marcel, about your concepts of beauty, those who were built in the Garden of the Plants, at your grandmother’s house, and in the guilty visits to the children’s brothel, Marcel and to forget Gabriel, to see him in the crowd, exposed to the times without strict morality or aesthetic concepts, steam times, of men holding hands , times without children , and those things Gabriel, without you, this August times of hot air with the Moor and the Turkish, the Algerian and the Teutonic, with the plastic glasses filled of fanta’s soda, times of the ending era, times of closure. Christiane kept the romantic idea about Paris, and that is why, despite of the electric sky of the end of the world, she walked with certain flirtation and showed her beauty carrying the old book under her arm, and waited, in spite of August’s drowsiness, for the cold and moist breeze, a little gust in the moment in which the sun turns the city into a lifeless monument, past Christiane, past Christiane, the different hour from all the others, different from Gabriel’s eagerly awaited Sundays, a new hour in which the old hours wouldn’t survive and the sense of life reveals itself in the honey bread that Marcel bought when he went to his grandmother’s house, for the way of San Agustín, after passing the School of Medicine.


Un instante Proust

Christiane se confundía entre la multitud, cruzaba el puente Anatole France con un libro empastado en cuero, deseaba hacer el camino desde los muelles donde las parejas se tienden desnudas sobre toallas en esa particular tarde de verano, hombres norafricanos impúdicos, embadurnados en aceites, asiáticos y hombres de Normandía, Marcel, si hubieses vivido para verlo, maricones sobre los embarcaderos con trajes de baños de pierna alta, depilados, broncíneos maricones dados al sol de agosto, desnudos y tu, enmascarado, condenado, a escondida hace tantos años, sobre los silbidos del asma ibas a observar en los parvularios las cadencias amorosas de los invertidos para sentirte menos raro ¿cómo te llamabas a ti mismo? ¿Variado, invertido, distinto? Se detenía Christiane y trataba de recrear el criterio de elegancia de Proust en las casas “elegantes y rosadas” en las casas cobrizas del buen tiempo, del tiempo de bochorno, del calor insoportable y sensual. Gabriel, pensaba en Gabriel, en su cuerpo imperfecto, lleno de cicatrices, en el ángel de su sonrisa cuando hablaba del domingo, la gente espera los domingos como si fuese a resucitar en verdad, la gente espera los domingos como un corte de cuenta, las amas de casa en cautiverio, los hombres de empresa en cautiverio, los obreros, los académicos en cautiverio y Gabriel o el ángel Christiane volaba a contraluz por el cielo de verano entre los vitrales y las gárgola, bajo el sol alto, aún sobre el Sena, no dibujaba su estela, ni hacía ondas sentimentales sobre el río, había ido a París a escribir sobre ti, Marcel, sobre tus conceptos de belleza, aquellos elaborados en El Jardín de las Plantas, la casa de tu abuela y las visitas culpables a los parvularios, Marcel y a olvidar a Gabriel, a verlo entre la multitud, expuesto a los tiempos sin conceptos estrictos de moralidad ni estética, tiempos de vapores, de hombres tomados de las manos, de mujeres tomadas de las manos, de hombres y mujeres tomados de la mano, tiempos sin niños, y esas cosas Gabriel, sin ti, estos tiempos de aire caliente de agosto con los moros y los turcos, los argelinos y los teutones, con las sodas de las fantas en los vasos de plásticos, tiempos del cierre de era, tiempos del cierre. Christiane conservaba la idea romántica de París, y por eso, a pesar del cielo eléctrico del fin del mundo, caminaba con cierta coquetería y exhibía su belleza portando el viejo libro bajo el brazo y esperaba a pesar del sopor de agosto, a la brisa fría y húmeda, una pequeña ráfaga en el instante en el que el sol convierte a la ciudad en un monumento exánime, pasado Christiane, pasado Christiane, la hora distinta a las demás, distinta a los domingos esperados de Gabriel, una hora nueva en la que no subsistiesen las horas antiguas y el sentido de la vida se revela entonces en el pan de miel que compraba Marcel cuando iba a la casa de su abuela, por los lados de San Agustín, luego de pasar La escuela de medicina.