miércoles, agosto 11, 2010

Mcdonalds en París, pastiche/ Proustiada



Con qué naturalidad nacen esos primeros besos del amor, Cecil recordó haber leído ¿dónde exactamente? Por una de las entradas del metro de La Rue de la Convention se cuela esa ráfaga helada de mal humor, el silencio del recuerdo, es un descaro recordar ciertas cosas en París, un beso, recordar un beso en París es un tópico, parejas besándose y castaños, encinas,  mierda con los castaños y las palomas en otoño: cada beso llama a otro beso. Recuerda la punta del labio recorrer los suyos, buscar los diminutos diamantes, los cristales de sal. Con qué naturalidad nacen los primeros besos del amor, es Proust, por mil demonios, Proust y las papas fritas, había leído a Proust, comido papas fritas y besado a un hombre tan mortal como cualquier Marcel, apretando los labios uno contra el otro, dejando el suficiente espacio para el juego ¿tocar o acariciarte arrebolado por las hojas de Convention, frente a la lavandería, blanca y solitaria, semejante a una morgue,  una lluvia de besos a la intemperie,  decía, Marcel o Proust, o Marcel Proust, con sabor a Kétchup, y cortar los besos que se dan en una hora como se cortan las flores de un campo del mes de mayo, demonios, me tiene cogida, entiéndelo, sí, en Convention,  estos cristales de sodio en los labios, los restos de Kétchup, si hubiese comido una crepe de nutella, es lo adecuado para una chica como yo en París, lo ocurrente es venir de haber visto La Vida del Moises de Boticcceli y parar por una crepe;  allí el destino:  un Mcdonalds ¡Señorita, señorita, a usted le debe faltar un tornillo! Sí, el canto de la tuerca me falta, empezaba a  entender, toda la inquietud viene del fondo de la dulzura, pasa la lengua y el diminuto cristal de sal se adhiere a ella, es el profundo dolor desde el fondo de la dulzura, o aquel te amo dicho por encargo y a través del señor del aparcadero, todo eso lo haré en París o en Caracas como un fragmento de la Séfora de Botticceli, de este Sandro di Marino, Swan, Botticelli. Recuerdo la hora exhausta, la hora del hambre, la hora insaciable después del amor y es un cristal de sal en mis labios, el acre sangriento de la salsa de tomate, el deseo truncado porque sólo nos tendremos una vez más  y aún así, continuaremos con el ignoto dolor de la dulzura en ese trazo loco de tus besos que como ballena canta y llama a otros besos.