Israel Centeno
En unas cuantas oportunidades aquí, en los Estados
Unidos, me han preguntado sobre la literatura venezolana. He tratado de
responder, aunque no he dispuesto de las herramientas ni del espacio
suficiente, de una manera abarcadora. Comprendo que es una pretensión, no soy
un académico per se, mi trabajo consiste en escribir y hasta hace poco,
mientras vivía en mi país, en dar clases de escritura creativa. ¿Por qué esa
necesidad de abarcar tanto, quizás de forma insensata? Una primera respuesta a esta pregunta sería la necesidad de presentar un amplio
catálogo del fenómeno literario en Venezuela y una segunda quizás, el llamado a
sentirme incluido en una tradición que dispone de ese amplio catálogo.
¿Por qué esa necesidad?
Si alguien me pregunta, estando lejos de mi país, dónde
queda Venezuela, lo primero que se me ocurre
responder es “Al Este, sólo al Este”. Entonces comienzo a preocuparme. ¿Al Este de
qué?
Para establecer una cartografía habría que comenzar por marcar
algunos puntos de referencia y es allí donde abarcando tanto, hago una primera
criba y digo en voz alta: Acá están las tradiciones, el legado clásico
occidental, el concepto de literatura universal y una vez desarmado el
mecano, la literatura iberoamericana. Visto
el continente y la península, vuelvo sobre la pregunta, ¿qué se escribe en
Venezuela? Insisto en responderme, al Este, en ninguna parte, podría ser una
recurrencia absurda, arbitraria, una necesidad de encontrarle título a una
conferencia. Antes de salir de mi país, antes de decidir dejarlo al Sur, cuando
participaba en los eventos a los que solían convocarme y a los que de alguna
manera me integraba, solía escuchar de boca de los escritores que nos
visitaban, algunos que se acercaban a congresos, a bienales literarias,
intentando aproximarse a la literatura escrita en Venezuela, casi siempre con
muecas simpáticas e ilegibles, o aburridas en sus rostros, largando algún que otro comentario por el estilo de
“¿Por qué están tan alejados de lo que se escribe en el mundo? Hay mucha
ortopedia y un poco de provincialismo. ¿Estarán al tanto de lo que se está
haciendo en el mundo?” Este tipo de preguntas me hacía sentir rezagado junto a
los míos, como si viviese en algún otro
entramado espacial. Las mismas preguntas se han repetido adentro y afuera del
país. Incluso la han hecho críticos venezolanos estableciendo una perspectiva
en el tono de su voz, quiero decir, un acento mexicano o sureño. Es como un
enigma. Muchos académicos han ido a Venezuela invitados a hablar sobre
literatura venezolana y una vez leídas sus ponencias nos dejan retórica y un
inventario descuidado, en otras arbitrario como si hubiesen recogido
impresiones hechas a la ligeras entre las tribus que hacen vida literaria en
Venezuela y a veces en los Departamentos de Literatura Iberoamericana de los
países donde estos ponentes dan sus clases.
Es extraño que se sepa tan poco de nosotros. No porque
tengamos mejores o peores autores que otros países, sino que de alguna manera
desde los tempranos años sesenta Venezuela se convirtió en un ente promotor de
la literatura hispanoamericana a través, por ejemplo, de la
institucionalización del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. Todos
estaremos de acuerdo en que si no legitimaba, al menos la gran mayoría de
aquella generación del boom latinoamericano, y los más reciente fenómenos
literarios, Roberto Bolaño, Fernando
Vallejo, Javier Marías y Vila-Matas, encontraron resonancia en ese premio. En
ningún momento pretendo afirmar que estos autores no hubiesen definido su
trayectoria de no haber existido el evento, pero tampoco podemos negar que este
premio ha sido elemento de promoción y patrocinio y de cierta legitimidad que
buscan ganar, no sé si hasta el presente, los novelistas hispanoamericanos y
las editoriales que los publican.
También en Venezuela se desarrolló un proyecto de
promoción literaria que no es desconocido para ninguna de las academias que
estudian el pensamiento y la literatura latinoamericana: la Biblioteca
Ayacucho. Agreguemos a esto que contábamos, antes de su proceso de
desinstitucionalización, con Monte Avila Editores, una casa editorial que en
sus mejores momentos desplegó un proyecto latinoamericano y su catálogo tuvo presencia importante en las
ferias internacionales del libro, en donde se leían las firmas de Tzvetan
Teodorov, Roland Barthes, Juan Carlos Onetti, Stephen Koch, y Alvaro Mutis, entre muchas otras firmas.
Entonces, frente a estas realidades, es absurdo pensar en
el rezago o en el encapsulamiento de los escritores venezolanos en uno de los
entramados del tiempo.
La relación de la literatura venezolana con la dinámica
universal, si partimos de lo anteriormente dicho, era rica y constante, sin
embargo hasta el presente, nos inquieta la pregunta: ¿dónde queda Venezuela?
Diremos: Al Este de ninguna parte o balbuciremos algunos nombres, los de
siempre: Rómulo Gallegos, Arturo Uslar Pietri, Adriano González León,
asegurándonos de no confundir alguno de los apellidos. A veces, cuando me
hablan de estos cuatro autores, me he
quedado esperando por otros, y no es que no se hayan traducido a otras lenguas
muchos otros. Se pueden encontrar algunos títulos en inglés o francés, incluso
en mandarín o en checo, navegando como mensajes en una botella, o juntando
polvo en los estantes de una biblioteca.
Es por eso que al desarrollar este texto me explico el
empeño de tratar de abarcar tanto al querer responder cuando se me pregunta por
la literatura venezolana. ¿Pero valdrá algo hacer un inventario? Abarcar es una
necesidad, probablemente personal, de sacar como si lo hiciera de un sombrero
de mago, un amplio y saludable panorama que pudiese interesar, no sólo por su
calidad, sino por el mero hecho de su existencia. Es allí donde caemos en la
trampa de nombrar, como si fuésemos Adán en el Paraíso, poner un nombre tras otro como signos vacíos, y
lanzarnos al espacio, a Marte o al olvido.
En realidad Venezuela queda al Norte de Argentina, al sur
de México y al Oeste de España. Habría que subrayar que son los tradicionales
polos editoriales de Hispanoamérica. Quizás escritores de otras latitudes hayan
tenido la sensación de pertenencia a alguno de estos ejes editoriales y hayan
sabido con mucha inteligencia, establecer una relación que termine
arborizándolos dentro de este universo enmarcado en tres direcciones.
¿Qué ha pasado con Venezuela? Habría que entenderla,
aunque resulte tedioso abordar el tema político y económico, como un país que
siempre ha dispuesto de una gran renta petrolera, administrada y distribuida
por el Estado. Hasta hace veinte años Venezuela se veía a sí misma como si no
fuese parte del resto de Latinoamérica, o por lo menos, como si pudiese vivir
una realidad distinta, subsidiada por su bonanza petrolera. Se sostiene que
muchos autores venezolanos no se lanzaron con sus manuscritos a la caza de los
comités editoriales porque les bastaba con llegar a Monte Ávila. El patrocinio
del Estado pudo haber creado la sensación de una promoción universal que nunca
fue tal. Fuimos buenos huéspedes y malos viajeros. En otro orden podría
señalarse la pereza crítica, muchas veces signada por las mezquindades
tribales, las antologías que en oportunidades llegaron a salir al exterior, se
convirtieron en acto de revancha, en la oportunidad de excluir a unos cuantos que
no gozaban de la simpatía del compilador. No importaba lo que pasase porque de
una forma u otra cualquier autor, de cualquier tendencia estética, política e
ideológica lograría encontrar su lugar y
patrocinio bajo los auspicios del Estado. De esa manera se reciclaba a veces de
forma escandalosa y frívola, los resentimientos y las simpatías.
Quizás no esté diciendo nada nuevo y esto le resulte
familiar a más de un escritor latinoamericano, acostumbrado a batirse en los
duelos tribales, pero estoy obligado a
hacerme estas preguntas, porque me resulta difícil comprender aún la
perplejidad que podemos causar cuando se requiere un análisis concienzudo de la
literatura venezolana, cualesquiera sean sus vertientes. Se escuchan las
quejas, ¿por qué han ignorado a Ramos
Sucre? ¿Por qué no llamó la atención al menos la estructura de Cubagua? ¿Por
qué los cuentos fantásticos de Julio Garmendia quedaron para el susurro?
El impulso inicial siempre es culpar al otro, buscar la
mala leche afuera. Alucinar en discusiones y echar mano a tramas conspirativas.
Cuando se me ha entrevistado, he sostenido que no hacemos ni mejor ni peor
literatura, que hacemos literatura, que estamos aquí y que somos un fenómeno y
como fenómeno deberíamos despertar interés al estudioso. Incluso he llegado a
argüir que podríamos presentarnos como materia virgen o poco trabajada. Alguien
que hiciese un trabajo de investigación sobre un buen o mal desempeño del autor
venezolano podría estar rompiendo la previsibilidad de las tesis sobre los
autores habituales. Un motivo al menos para hacer bulla, para romper la
monotonía, para generar una discusión, un debate. A veces se expresa esto con una ingenuidad y
un estado de ánimo desproporcionados y sin embargo continúan las miradas oblicuas, la sonrisa congelada,
el cuarto sin eco.
Puedo arriesgar algunas impresiones. Debo anotar que éstas
son las reflexiones de un escritor, alguien que observa desde esta mirada del
escritor.
A pesar de toda la infraestructura editorial y
promocional e incluso investigativa en la que invirtió el estado venezolano
desde los tempranos años 60 del siglo pasado, la literatura venezolana se
proyectó poco, tanto hacia el mundo académico como hacia los lectores de otros
países, no sólo del mundo, sino de la región. Podría consolarme diciendo que
nos proyectamos hacia adentro, abrimos mercados y despertamos el interés de los
críticos nacionales, creamos espacios investigativos y promovimos nuevas casas
editoriales que hicieron familiar al autor venezolano entre la gente de su
país. Pero esto es falso. Más allá del
pequeño mundo literario y de los cantones, los grupos, los segmentos
generacionales, el desconocimiento de la autoría nacional es remarcable.
El mercado editorial en Venezuela es constreñido y ahora
habría que agregarle que el único gestor cultural con músculo continúa siendo
el Estado, pero esta vez un Estado que confunde sus políticas con el signo
ideológico de quien gobierna y que exige lealtades, y que premia y castiga en
correspondencia.
Mis observaciones derivan ahora hacia lo pequeño, hacia
el autor incapaz de ver al otro autor, hacia el crítico incapaz de la mirada
crítica, porque la confunde a veces con su vena creativa, también hacia el
crítico insensible al registro inmediato e incluso al registro del mediano
plazo. Todo esto podría descubrir el don que tenemos para transparentar y
hacernos transparentes, escondiendo un soberbio complejo de inferioridad y en
otras ocasiones revelando nuestra vena mesiánica: “el autor venezolano no
existe, yo seré el autor venezolano y a partir de mi vendrán los otros”.
Probablemente la promoción ha girado en torno a estas premisas, ampliándolas un
poco, podemos llevarlas a premisas
grupales: ·Nosotros tres hacemos literatura venezolana, después de nosotros
tres vendrán los otros.”
Y es lamentable constatar todo lo anterior, porque sin
ser entusiasta, podría afirmar que la literatura venezolana hoy en día es
moderna y diversa, trasciende los estereotipos de la saga o de la novela
histórica, y cabalga sobre las distintas tradiciones literarias universales.
Porque, para estar claros, a mi criterio la literatura nacional sólo es posible
en la medida en que es también literatura universal.
En los últimos años un proyecto ideológico dejó sin casa
editorial, sin espacios críticos y sin centros investigativos a muchos
escritores que no se alinearon a sus premisas. Esta pudo haber sido la
oportunidad para reconocernos íngrimos en el mundo, con nuestro manuscrito bajo
el brazo, compitiendo y buscando espacio en lugares que antes no nos planteábamos.
El autor venezolano está retado a competir afuera, extrañado de lo que
probablemente fue una ilusión de omnipresencia editora y promotora del Estado, un territorio difícil, árido,
competitivo y ahora quizás más que nunca fracturado por diversas crisis, entre
ellas las del mercado, el cambio de las plataformas tecnológicas, y la nueva
realidad lectora a la que todo esto
conlleva. Y para variar, pareciera que estamos llegando tarde al alboroto y un
poco confusos.
En este nuevo escenario, quisiera pensar que se puede
dejar de ser invisible desde el momento en el que nosotros, quienes escribimos,
habiendo nacido y crecido en Venezuela, nos reconozcamos como autores en el
mundo.
Nuestra historia probablemente comenzó hace mucho tiempo,
con el cronista de Indias José Oviedo y Baños, y de manera temprana en la
figura de Andrés Bello, quien según Pedro Grases fue el primer humanista
latinoamericano, la tradición tuvo en él a su primera expresión universal y que
a pesar de los altibajos de las guerras civiles, que llamamos de Independencia
y de las otras guerras civiles que llamamos federales, la creación literaria pudo
hilvanarse hasta el presente, siendo siempre algo más que lo que otros vieron
en ella, inserta a contracorriente del criollismo, en las diversas estéticas
que se fueron desarrollando a través de los tiempos.
Y ahora, al Este de ninguna parte, quizás le toque a cada
autor establecer las coordenadas para que se registre en una región equinoccial
del planeta, un lugar desde donde, desde el mundo un escritor venezolano
escriba cosas del mundo para ser leídas por el mundo. Al menos hay que tener la
pretensión real de universalidad, sin confundir el número de ventas con el
impacto que origine cada propuesta a la literatura. Por esto quizás defraude ahora,
en un principio me vi tentado a hacer lo que siempre hacemos: organizar un
inventario de nombres, obras, antologías, generaciones y grupos, de etiquetar
por tendencias y estéticas, de ensalzar o deplorar, poner asteriscos y llamar
la atención sobre este autor o esta autora,
pero quisiera experimentar otro acercamiento, decirle a quien me lea o
escuche, que existimos, que al igual que todas las cosas que son, sólo basta
que quien las busque tenga buen oído y ponga atención, que como todo aquel que
se inicia en una investigación, vaya a ella sin prejuicios, con la mente
abierta y los ojos atentos, lo demás aparecerá en los motores de búsqueda y en
los arqueos sensatos al colocar la frase “literatura venezolana”.