lunes, febrero 02, 2015

Concierto Zen




A nadie  
Entre espinos, entre sauces, en el desierto dejas la piel. Escoges y dices de este fruto comeré y comes, no hay consecuencias. Es divertido largar la mano, estirar los ligamentos, demostrarte a ti misma cuán fácil son las cosas del mundo. Recoger. Se entra y se sale, alzas el brazo en señal de triunfo, estás adentro y cuando así lo quieras estarás afuera. Nadie pregunta, nadie consiente. Dime tú, a quién visitas primero, dime y te contaré la fábula de la burbuja que crece dentro de mi cerebro. Cuéntame, íncubo, con quién te acuestas, a quién otro atormentas, dime qué lugares abres y cuáles son tus obsesiones. No te ruborices ni fuerces la rima, no es necesario, pero es importante que sepas lo de la burbuja o el cuento de Jagger. Has puesto banderas en la cima de la torre Eiffel o en el vórtice de todas las pirámides, has conquistado al Big Ben y las cumbres del Himalaya, has esquiado glaciares más fríos que la mirada de Annie Lenox. ¿Por qué dices eso de la mirada de Annie Lenox? Ella es hermosa y ha sido inmortal, sabes de lo que hablo, su mirada está sepultada bajo una capa de hollín, sus ojos son rescoldos ¿Por qué dices eso de Annie Lennox? Repites, te has puesto brava y coges un ramo de margaritas y lo dejas caer a mis pies, me has retado, me has dado la espalda, te vas sin saber que tengo una burbuja en la cabeza y que no puedo más. Jagger comienza a modular un tono largo y vigoroso frente a miles de personas, la gente lo trata de seguir, él modula cada vez un tono, medio tono, un cuarto de tono más alto y luego, más alto, sube, desafía y se queda solo, enmudece y dice, más alto no se puede, vamos a bajar o perderemos la voz. La voz se va, y si nadie la graba, se va, se va de la memoria que es peor que marcharse de la vida. Dime de una vez dónde vas a recoger los frutos. De éste comeré, cantas, y de éste también y llenaré mi cesta, cestearé y cestearé hasta colmar mis bodegas, soy avara, sólo inclínate para arrancar los higos que penden de tus ramas. Adoro las bocas grandes, todo es pequeño dentro de ellas menos el grito, todo es mínimo y no basta todo. Qué sismo, qué huracán, qué caída de polaridad. Me dan ganas de descerrajarme un tiro en un testículo, de fumarme la colilla de los cigarrillos de mi vecina puta, de cometer una fechoría o de emborracharme. Una burbuja puede crecer, es perfecta, esférica o elíptica ¿no has hecho burbujas con tu saliva? ¿Con el semen de tus amantes? Se definen y crecen, se hacen rizomas como en un poema de Eliot, parecen pequeños bulbos, salen de la tierra o sobre la superficie, a veces se desprenden y se van; crecen, crecen, míralas crecer, haz una burbuja con tu boca y mírala; cuando todo parece perfecto, la piel de la burbuja, el gel, la glicina, el azúcar que la cristaliza se fisura y sin hacer ruido desaparece, de eso va el concierto. Una burbuja crece dentro de mi cerebro. Una burbuja crece y crece. Como el lobo feroz sopla y sopla y la cabaña cae y cae. Las cabañas caen y los diques se rompen. Recordaba los ojos de Annie Lenox, sus antifaces negros, su semejanza a un vampiro; recordaba que no me has dicho qué puerta tocas primero, en qué orden estoy, cuáles son tus prioridades. Qué libros no lees, qué páginas visitas, qué promesas rompes, cuáles son tus deudas y dónde pierdes el apetito. No me dices nada y te gozas de conocer mis vueltas, esperas mantenerme a la acechanza sobre una roca en un despeñadero. Así, sobre sus patas delanteras, acechan los pumas y toca la batería Charlie Whatt  de eso versa este asunto entre tú y yo, entre todos, entre cualquiera; es la mirada que trasciende y se vuelve roca de granito, cenicero, bolígrafo, taza, pared, signo; la mirada que enfría hasta volverte sombra de un recuerdo. Se trata de un legado, de la enseñanza fatal del maestro Lao Tsé, el camino es el Tao, escucha maldito, el camino es el Tao, me dices, escucha hijo de puta, el camino es el Tao, el Tao es el camino cabrón, y desde que recibes en la cara el golpe del maestro, o te hacen tragar agua en un pozo bajo el cerezo donde habita el ruiseñor, la ves a ella con la cesta, es la cervatilla de Salomón, el canto del Cantar de los Cantares, ¡Oh, hijas de Jerusalén! Es ella, que ya no es porque el paisaje es un espejo que deslíe. A eso venimos, a distorsionarnos o a padecer, el cuerpo se me llena de diminutas gotas de sudor y me siento más infeliz y cabrón que nunca, el sudor me hace respirar con ruido, sueno a Satchmo acompañando  por un solo de trompeta. Es la nostalgia, cesteadora, es la cereza que ha caído de tu cesta, es el olor que se ha extraviado. Hay un tiempo para todo. Tiempo de exaltarse y tiempo de maldecirse a uno mismo, diría por mí el poeta, tiempo de apretarse los ojos, tiempo de meter el cuerpo debajo del escritorio, de enloquecer con astucia, y dejar de pedir tanto. No se puede andar por la vida con la mirada perruna y la mano extendida, al carajo, la vida tiene el sentido de una arruga. La corro. La corro. La paja. Mecorrolapajamecorrolapajalacorro. Le dijo el maestro Tsu a su pupilo, sólo un sentido tiene tu paso por el valle de los girasoles, aceptar. Aceptar que nunca ganas. Y que toda ganancia es ilusión. Un motivo, un motivo para bajar a este valle de los girasoles, tres te doy, perder los sentimientos, perder la memoria y morir. Entre espinos, entre sauces, en el desierto dejas la piel, escoges hoy y dices de este fruto comeré. Y comes, no hay consecuencias.