domingo, septiembre 18, 2005

El día que salí a matar al presidente


Juan Carlos Méndez Guédez


Persecuciones, traiciones, crímenes y mentiras cargadas de erotismo confluyen en esta historia de desencuentros políticos y militares que bajo el titulo “El Complot” acaba de publicar Alfadil Editores. En ella su autor, el escritor caraqueño Israel Centeno, narra con precisión historias dramáticas que se ciernen sobre la ciudad, escenario de la conspiración de un grupo de izquierdistas venezolanos que deciden asesinar al líder de un proceso cívico-militar que se ampara en una rancia retórica revolucionaria.



Las sombras de la madrugada: un hombre y una mujer cubiertos por la desesperación y la ebriedad aguardan una luz de cobre entre los edificios que insinúe el retorno del amanecer.

Busco esta imagen precisa en los seis libros que Israel Centeno tiene publicados hasta ahora y resulta imposible precisar el contorno de esa secuencia que terminé inventándome para condensar la materialidad viscosa y envolvente de sus personajes.

Los lectores necesitamos de ese tipo de estrategias. Agrupar la diversidad en un punto. Quizás así nos apropiamos de la piel más honda e inaccesible que nos propone toda escritura. Y en el caso de Israel Centeno, ese ejercicio se dirige hacia ese frágil equilibrio vivido por sus personajes entre la locura y la sensatez; lo erótico y lo salvaje: lo diurno y lo nocturno; porque Centeno nos propone antes que nada una narrativa de personajes. Figuras, siluetas que se fijan como un tatuaje imborrable y que singularizan sus libros como voces que desencadenan actos, como actos que irrumpen desde el timbre peculiar de una voz.

Cuando en 1992 publicó Calletania (fue aquel un año especial para la literatura venezolana pues también circularon obras como Juana la roja y Octavio el Sabrio de Ricardo Aguaje, o Doña Inés contra el Olvido de Ana Teresa Torres, títulos que condensaron algunas de las búsquedas más destacables de nuestra narrativa más reciente), Israel Centeno subrayaba la presencia de un personaje corpóreo, tangible, un trasnochado “Coronel”, sumergido en la nostalgia por la lucha política, la bohemia estéril y el desengaño amoroso. Caso similar al de 1996, cuando su novela Hilo de Cometa nos sorprendió con la voz de un adolescente (dibujada con fuerza y nitidez); o cuando en 1998 su prosa nos sedujo con los disparatados y paródicos seres que conforman Exilio en Bowery.

Recordar los libros de Centeno es recordar sus personajes. Y sin embargo; El Complot (Alfadil, 2002), la novela más reciente de este narrador caraqueño pareciera apuntar hacia un ámbito distinto: la exacerbación de una anécdota terriblemente atractiva: una conspiración de un grupo de izquierdistas venezolanos para asesinar al líder de un proceso cívico-militar que se ampara en una rancia retórica revolucionaria.

Las conexiones que se establecen desde el principio de esta obra entre realidad y ficción son infinitas; conexiones exacerbadas por la mano de un autor que procura abrirse paso entre la situación venezolana mediante un ejercicio imaginativo de gran complejidad, una especie de dibujo superpuesto sobre los trazos más miserables y vulgares de nuestro transcurrir cotidiano. Centeno juega a condensar desde la visión periodística un país, pero reinventa ese país, lo ficcionaliza al punto de que ciertos rasgos históricos reconocibles como pueden ser el Teniente Coronel Chávez; el MVR; los esperpénticos grupos de extrema izquierda que apoyan al proceso o a las turbas bolivarianas; mantienen su interés, pero adquieren un lugar secundario frente a la principal tentativa de esta pieza narrativa: el análisis descarnado, febril, de los mecanismos profundos del poder y de los seres que se mueven en torno a sus encantos.

Así como la narrativa del sesenta analizó a la ultraizquierda desde una repetida visión épica, El Complot regresa a estos espacios, pero ahora la mirada retrata el lado siniestro del mesianismo militante, su fanatismo, su salvaje intolerancia, su mediocridad, su podredumbre y su corrupción infinita. En esta pieza los ángeles revolucionarios de la narrativa venezolana anterior alcanzan finalmente el poder y exhiben su lado más sombrío y perverso. Los seres alimentados y desarrollados dentro del clima de la conspiración, no pueden alejarse de ella ni siquiera cuando deben ejercer tareas de Estado. Su paz destructiva desconoce el sosiego; la paranoia que le ha servido durante años para sobrevivir sigue su curso y despliega sus tentáculos más sórdidos. La revolución es un animal que exigen continuos sacrificios; la sed de sangre de la revolución es infinita y progresiva y siempre sus promotores están en deuda con ella porque como explicaba el novelista Jesús Díaz: “La revolución tiene una concepción de origen judeo cristiano, la revolución es Dios y ante Dios nunca logras ser lo suficientemente bueno”.

Armada como un thriller político, El Complot es un texto musculoso, sólido que inocula al lector con su suspenso casi cinematográfico: “En Caracas había hollín, yo me abría paso entre el humo y la ceniza el día en que salí a matar al presidente”. Pero junto a su contundencia argumental, encontramos de nuevo en esta narrativa el trazado de personajes irrepetibles. Seres lanzados sobre el atisbo de la muerte y la aniquilación, seres sostenidos en un precario equilibrio que los hace oscilar entre el deseo de la claridad diurna y el frenesí por esa noche del espíritu que los absorbe y los consume.

No podemos dejar de percibir esta nueva pieza de Centeno como un ejercicio a plenitud de lo que para nosotros es la novela como género: lenta aproximación al abismo. Figuras que se acercan al vértigo con una velocidad pausada que permite detectar matices de lo real sólo discernibles en esa expansión, en esa morosidad propia del hecho novelesco. Pero además, El Complot es la novela de un creador atento a las voces de ese colectivo desde el que irrumpe su escritura, pues ante los discursos estridentes, machistas, heroicos y guerreristas que envenenan a la Venezuela actual, Centeno contrapone una mirada desmitificadora que revela el lado miserable de esos discursos redentores. No olvidemos a Jung cuando explicaba: “Aquí radica la relevancia social del arte: siempre trabaja en la educación del espíritu de la época, pues convoca a esas figuras que más faltan al espíritu de la época.”

La resolución de El Complot convoca a esas figuras del deseo, de la penumbra, de los cuerpos sudorosos que se frotan y se penetran, distanciados del fragor histórico, divorciados de esa supuesta revolución que comienza a devorarse a sí misma y que de nuevo abre sus fauces, ávida de nuevas víctimas, de nuevas masacres.


Papel Literario El Nacional

27 de julio de 2002