domingo, septiembre 18, 2005

Exilio En Bowery ( Fragmento )


Novela. (Editorial Troya, Caracas, 1998)
Ediciones Nuevo Espacio, New Jersey, 2000)


La oscura mañana de invierno me estremeció. Al abrir los ojos no sabía dónde estaba. Desde que había dejado el país me sucedía con frecuencia. Únicamente luego del primer trago lograba despejar mis pensamientos. Comenzaba por ubicarme en el espacio. Era un inmigrante, un maldito extranjero que no se cansaba de toser y pasar hambre. Estaba bocabajo en la poltrona desvencijada, el frío calaba mis huesos. No tenía calefacción, retazos de tela y la propia ropa me servían de cobijo. Hubiese sido preferible quedarse en la oficina de Charlie, pero el muy desgraciado requiere siempre de su soledad. Imagina que está en su cubículo, aislado y desde allí organiza nuestras vidas como si preparara sus clases en el Instituto. Ya estoy harto. Un día de éstos me suicido o me pierdo en este gran país. Me pongo a recorrer las rutas como un vagabundo y a buscar tierras calientes hacia el oeste.

El negro Erwin ronca; en esos momentos es feliz. Se olvida de aquellos días tras el escritorio, donde vivir resultaba poético. Espero que de una vez por todas podamos arrancar con el proyecto, por loco que éste sea. Han sido estos últimos, meses garrafales. Cuando intentamos fabricar espaguetis, los italianos nos mandaron a dar una golpiza. En otra oportunidad, procuramos promover grupos de música latina y los puertorriqueños nos advirtieron que podíamos terminar calzando zapatos de concreto en el fondo de la bahía. Tocamos tambores en el Village y unos tipos salidos de una película de Spike Lee nos dispararon con cañones recortados. Los dominicanos no permitieron que montáramos la academia de merengue y los salvadoreños nos amenazaron con darnos de puñaladas si la tomábamos con los indios y las culturas prehispánicas. Cuando, en medio del riguroso acorralamiento, tratamos de vender un poco de perico y unas piedritas de crack, le dieron cuatro puñaladas en la panza al negro Erwin, Éstos eran de la hermana república. ¿Entonces? De nada sirve aquel discurso del sincretismo con el cual nos llenamos la boca. Nueva York es una tierra de razas fundamentalistas, en donde el venezolano no tiene que buscar. Nadie media, nadie transa. Carajo, cuánto daría por una verdadera metrópolis como Caracas.

Sólo tenemos que esperar a que sea cierto lo de Tapia. Y de ser cierto, no me quiero imaginar todas las amenazas y peligros que nos aguardan. Por mi parte, espero que Charlie continúe con aquello de los libros malditos. Los seres prehumanos de civilizaciones arcaicas resultan menos peligrosos que nuestros contemporáneos posmodernos.

- Despiértate, negro.

Continúa roncando el maldito, si es por él, se nos va el día y no comemos. El hambre me tiene mal. He tenido problemas con el estómago, eso del tequila, la esnifada y el vodka; la tortilla de maíz y el picante, el crack y las ampollas de popper son para las especies autóctonas de fundamentalistas niuyorkinos. Yo quiero salir y comerme un par de huevos con tocineta, tomar una malteada, tal como lo aprendí de estos gringos tras largas horas frente al televisor. Mi deseo no es otro que ir a Central Park y pedir una gran hamburguesa. Ésas son todas mis necesidades por el día de hoy y serían las de mañana y las de pasado mañana. Ni siquiera orinar, ni hacer pupú. Puedo pasar la vida excretándome encima.

Si Tapia no se hubiera complicado con lo de aquella mujer. ¿La habrá asesinado el muy gûevón? Lo de darle con el látigo, pase, pero quitarle la vida, no sé. Aunque sintiera desprecio por aquellas nalgotas que flagelaba, el Viejo no es un asesino. Unos fuertes golpes, las imprecaciones de costumbre y ya. Por culpa de aquel incidente el negro Erwin y yo estamos sufriendo una imponderable orfandad. Tapia era el de los contactos, él nos trajo aquí e incluso le montó la oficina a Charlie, amparado en la mafia de algunos compatriotas chilenos desde la cual desarrollaban sus descabellados proyectos. Sus relaciones con la mafia de Antofagasta nos ayudaban. Ahora todos esos hombrecitos de caras salitrosas han desaparecido. ¿A qué se dedicarían? He llegado a pensar que traficaban, pero Erwin dice que no tienen el poder para hacerlo. Lo de la trata de blancas en el barrio del dios Sol es una posibilidad, pero con todo y sus perversiones, eran hombres de extraños códigos y de una moral ajena a nosotros, pero firme. Tapia nos trajo acá y únicamente sus compatriotas nos dieron empleo, sobre todo de mensajeros. Íbamos alguna que otra tarde al muelle a entregar curiosas cajas a los hombres salitrosos de Atacama. Ellos no ocultaron nunca el desprecio que sentían por nosotros y no perdían oportunidad para humillarnos. A pesar de todo, comíamos las tres veces diarias, tomábamos cervecitas y teníamos un par de dólares en los bolsillos. Bajo esa circunstancia, la dignidad se nos hacía agua.

Recuerdo que una tarde Tapia me pidió que le llevara una de esas cajas a Mandíbulas a un barcito en el Bronx. Yo le dije que por qué no mandaba a Erwin, él era el negro ¿no? Yo no tenía oportunidad allí, iba a salir herido de aquella situación en la cual me comprometía. Pero él no quería que a Erwin le sucediese nada malo.

- Entonces, a mí que me revienten.

- Necessitas caret lege.

- ¡Anda a comer mierda!

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