lunes, octubre 16, 2006

Pidamos peras a la mata de peras

La gente se quita unos años y cree que en verdad es más joven. Igual lo hace quien se pinta el pelo, o se maquilla en extremo. La finalidad última del engaño es engañarse a sí mismo. Pablo José cruzaba el cableado del pasaje dos de San Agustín del Sur, de extremo a extremo, con una pelotica de goma; jugaba todo el día a lanzarse la pelota con quien se le pusiera al otro lado de la calle. Así me hice negro, nos dijo una vez, se me quemó el pelo y la piel de tanto jugar bajo el sol. Tengo una amiga que se está muriendo de cáncer. Ha sido una sorpresa para todos los que la conocemos. A cualquiera le puede dar un cáncer y comenzar a morirse de la forma en que ella se está muriendo, pero mi amiga, hasta hace poco, nos impresionaba precisamente por lo bien que se veía, nadie hubiera imaginado que se pasaría estos momentos, sus últimos, mantenida con la única terapia que aceptó, la morfina, porque ya no hay nada que hacer. El comentario general fue la forma agresiva y repentina en como la minó la enfermedad. Unos se han quedado devastados repitiéndose lo de siempre, hay que vivir lo que se pueda porque no somos nada y otros hemos averiguado que hace más de quince años tuvo una ulcera, una mancha, algo extraño que le hacía sombra en un pezón y que ella siempre se negó a someterse a los exámenes; más tarde se enteró de qué se trataba y se negó el tratamiento, las alternativas e incluso negó a la enfermedad; no la nombraba. Es una mujer fuerte, nos dijo quien nos metió el chisme, sostuvo con terquedad que no tenía nada y así pasó el tiempo, sonriendo, viniendo a pasar las tardes de los sábados entre nosotros, sus amigos de siempre, nunca perdió el talante e hizo que brillaran sus hermosos ojos a fuerza de ignorar la enfermedad. Hoy, quienes la vamos a visitar, debemos cuidarnos de no decir el nombre de la dolencia.
No atreverse a nombrar es una forma de ponerse por encima de las circunstancias, dejar una puerta abierta para entrar y salir de lo tangible como el hilo en un tambor de labores. Es un acto de ingenua soberbia. Es librarse de la pena de reconocerse frágil, de mirarse entre los otros como cualquiera más, qué horror, esas cosas no me pasan a mi, no pasto entre mortales. Hay a quienes les resulta difícil admitirse a sí mismos, o admitir su realidad: nos ponemos viejos, nos afeamos o podemos terminar enfermando. Pero mi amiga hubiera podido curarse y darse un tiempo más.
Creo que a veces las mismas cosas nos suceden como país. Hemos pasado ocho años ignorando un diagnóstico, mirando hacia otro lado, pidiendo peras al olmo y elevándonos más allá de los acontecimientos. Hay quienes se empeñan aún en desconocer las características de lo que nos gobierna, otros insisten en compararlo con malas administraciones anteriores. Nos deslumbra Umberto Eco con sus cinco escritos morales, pero al leer sobre el ur fascismo evitamos hacer las correspondencias inevitables. Las tesis neo nazis y antisemitas de Norberto Ceressole no existieron jamás para quienes en su momento las percibieron como tutoras de la revolución bolivariana; aunque las veamos ejecutarse paso a paso y día a día en los distintos entramados de la nación, y fuera de ella también, esas fueron alarmas histéricas.
Me paseaba por el blog de Harry Almela y leí los once mandamientos de Goebbels, sentí la saliva espesa y amarga, la congoja de la desesperanza. En ese decálogo se dibujaba un rostro, un proceso, una realidad que acontece. También he resuelto un cuestionario tonto, de esos que responde la gente en las salas de espera de un odontólogo para ver si está deprimida, esta vez el asunto iba de cómo reconocer a un tirano, y aunque sé que todos estamos de acuerdo en que vivimos en un mundo difícil, no hay gobiernos perfectos, hay guerras y hambrunas en otros lugares del planeta y probablemente la especie acabe por extinguirse en una conflagración atroz, no lograremos o no nos atreveremos a decir con propiedad que esta revolución reúne en la voluntad que se ha adueñado del poder, todas las lacras del siglo que ha pasado y suma las del siglo XIX: caudillismo, fascismo, autoritarismo, antisemitismo, nacionalismo, militarismo y estalinismo. Mientras tanto, para usar y deformar un poco una metáfora de José Urriola, no extirpemos el tumor, ignoremos o neguemos cualquier alternativa por no ser cien por ciento confiable; sigamos discurriendo sobre el amarillo de la portada en un incunable de Nietzche.