jueves, mayo 03, 2007

Anda jaleo, jaleo

"Anda jaleo, jaleo; ya se acabó el alboroto y ahora empieza el tiroteo"
Se me han acumulado las determinaciones, eso pasa y exige otras determinacion. Hay que tomar una al respecto, sin dejar puertas, puentes, garrochas o vías laterales de escapes; una decisión es una decisión. En esas tonterías andaba pensando ayer. Era tarde, tomaba mi café en la panadería, detrás de un ventanal que separa al negocio de la calle. En esos momentos hay que pensar en algo; yo pensaba en la soledad; la he estado merodeando y ella me da más de una vuelta. Saberse solo, es una manera de comprenderse libre.

-( La libertad tiene un precio que no todo el mundo está dispuesto a pagar, creo que intentaba escribir sobre el asunto. La gente relaciona épica con libertad, actos heroicos, batallas, inmolación, gloria. A mi me ha dado por relacionarla con afirmaciones individuales que me diferencian y me obligan a buscar o romper consensos. Me prevengo cuando hablan de libertad en nombre de un pueblo, quien eso hace, se abroga el derecho a interpretar a un colectivo, a “desentrañar” su verdad y someter a su interpretado a sus interpretaciones: eres libre, esta es la libertad, esto soberanía, y en consecuencia actúo y te libero, te igualo, te doy paz.
Los déspotas son personas que no se imponen límites, quieren conocerlo todo, para decidir en todo, sobre todo y por todos. Un déspota deplora la especialización. Especialización es individuación; el individuo apalea a los límites de su individualidad, el déspota tiene hambre de masa, de humanidad, de universo)

Pensaba en la panadería, de cara al ventanal que da a la calle; pensaba en esas cosas vagas e inútiles que llegan a la hora del último café de la tarde; entró una mujer, hablaba por su celular, era una tipa atractiva; la vi como un personaje. Ese es el personaje que me gustaría lograr, atrapar su fuerza, su seguridad. Una mujer avasallante; pidió algo frente al mostrador, recibió una llamada a su teléfono celular, hablaba mientras salía, cruzó entre la gente que como yo, resolvía sus últimos antojos de la jornada en la panadería, y caminó hacia su carro, estaba estacionado a pocos metros; ella, en ese momento, era una figura admirada. Todo cambiaría. Un hombre se le encima, la situación resulta confusa, forcejea con ella; los que miramos el cuadro nos rascamos una oreja o contenemos el bostezo; luego ella grita, el tipo la está asaltando, trata de quitarle el celular, pone toda su mano sobre el rostro de la mujer como si quisiera arrancarle una máscara, tiene algo en la mano.
Actué por reflejos, como todos, solté la bolsa de pan sobre el mostrador y me recliné; me di cuenta que todo el mundo más o menos hacía lo mismo; en Caracas cuando la violencia transpira, la gente, de entrada, se protege de un balazo; luego me acerqué a la puerta y sin entenderlo ya estaba sobre la pareja que forcejeaba
-¿qué pasa? Pregunté –déjala - tenia la boca seca y sentí que las piernas se me irían en cualquier momento, me reservaba un ridículo seguro. El asaltante comenzó a dar vueltas, a girar, con la mujer pegada a su cuerpo, ya el evento tenía el tufo de una situación de rehenes; defino el objeto en la mano del agresor, es un revolver 38, eso creo. Mis rodillas pierden solidez, estoy por irme de bruces pero me lanzo a correr hacia ellos, el atracador luego de girar dos veces junto a su víctima, deja sonar dos tiros; debió congelarse la escena, detenerse el tiempo. Todo sucedía al vértigo. Sentí que estaba empapado, tenía la franela empapada, los otros que intentaban presionar al hombre desde las aceras y verjas, se lanzaron a cubrirse detrás de árboles, carros, macetas; ya era muy tarde para mi; o me iba de bruces o continuaba ejecutando mi rol; el hombre soltó a la mujer y comenzó a correr, ella tenía la cara roja y el celular en su mano, la gente, a esa hora pasa mucha gente por la avenida, le abría paso al ladrón, nadie se atrevía a echarle una garra, a gritar como antes: ¡agárralo, agárralo!. Muchos miraban desde el restaurante chino, "es mejor dejarlo ir, porque mañana regresa y nos da un escarmiento". Fue entonces cuando me di cuenta: ese hombre con un revolver 38 no había secuestrado momentáneamente a una mujer para despojarla de un celular, a pesar de su fuga, tenía de antemano, secuestrada, paralizada, atemorizada a la urbanización, a todo el que miró y no hizo nada; al vigilante, a la policía que nunca apareció, a la asociación de vecinos, al módulo de vigilancia – ahora casa del pueblo-. Me revisé, me toqué por todas partes, buscaba sangre, algo; sudaba. Las cosas volvían a la normalidad, retorné a la panadería, pasé a un lado de la mujer que se montaba en su auto y lo encendía. Recogí la bolsa con el pan y pagué, me temblaban las manos mucho más que de costumbre, me comenzaba a sentir mal ¿por qué actué? Por miedo. No soy un héroe, ni el coraje fue la pauta de mi insensatez. Lo hice por miedo, mis reflejos no me permitieron optar; hay muchas maneras de temer. Un acto instintivo. Atávico. Si la solicitud hubiese sido racional, es probable que yo hubiese esperado mucho, eludido, justificado. Antes de irme uno de los vecinos se me acercó y me dijo,
-Vas a tener que dejar de tomar café por un tiempo en esta panadería, el tipo puede haberse quedado con tu cara, y ese seguro vuelve.
-¿Y no vamos a hacer nada? Largué la pregunta con mucho desgano; el vecino se encogió de hombros.
En estos dos últimos meses por circunstancias distintas he podido escuchar el bramido de la muerte; la salud se nos quebrantará algún día; se comenzará entonces, el transito hacia ningún lugar. Ayer me di por enterado y de forma inmediata y empírica: la primera causa de muerte en Venezuela, es ser herido en cualquier lugar y circunstancia, por un balazo.