miércoles, junio 27, 2007

Diario apócrifo de Taylor (Revelación de Esteban, el santo)

Vi entonces a Perceval ahorcajado sobre su rocín buscar aventuras; estaba cubierto de nieve, los gansos volaban cegados por la tierra blanca, detrás de ellos y entre las ramas sarmentosas de los espinos, va un halcón, le da caza a un ave rezagada, la hiere en el cuello y no la cincha; la presa cae y el animal de cetrería sesga su peripecia con las garras abiertas en un suspenso inexplicable y mortal. Perceval hunde su lanza en el barro y observa a la vida extenderse sobre el nevado de la campiña, el ganso reemprende su vuelo, su muerte ha sido una ilusión o un instante, el segundo ciego de todas las criaturas. La escena recuerda una imagen acariciada por el caballero; la sangre y la nieve juntas lo hacen añorar el rostro de la amada. Y la transparencia del agua sobre el lodo inmortalizaría su inútil exposición fantasmal entre los vivos; fue lobo o vampiro, fue la pena, el complejo y la humillación del judío errante; sus garras abiertas al vacío. Vi los olores de la vida y de la muerte, una sabiduría imposible y cotidiana, el aroma fresco de los sauces, las ramas secas y la cellisca, la belleza es todo, todo es el horror y las conciliaciones diarias.