martes, enero 15, 2008

La mosca que nos dibujó Julio Cortazar

Leído en Albuquerque


Vivimos en aprietos. Hablaré de cualquier persona, y cualquier persona se puede encontrar en aprietos, ley de vida. Una de esas situaciones emplazantes se lee así: epa, dice una mujer con lentes o un hombre pequeño y culón, de barriga generosa y boca caricaturesca -imaginemos al Murmullo de Dick Tracy- : ¿Tu no has leído a "Gobi" de Nepomuceno Mac Calatrava? En verdad sólo nos queda como recurso el detalle de acción para resolver el dilema imprevisto: nos rascamos la tonsura, buscamos con la mirada un punto muerto o uno muy vivo y lleno de curvas sensuales, carne y sugerencias; y entonces, la mujer de lentes resuelve por nosotros: ¿Cómo no lo va a haber leído? Mac Calatrava recoge en sus novelas la tradición de las voces corales, sesga la metaficción y todo con un alarde de economía de recursos narrativos que enmudecen; desde que lo leí, a Calatrava, he quedado muda frente a la pantalla en blanco; rie. La mujer intensa nos ha librado del aprieto y continúa hablando de la trascendencia de lo sencillo, del reordenamiento de las expresiones urbanas, la existencia sugerida y despojada de sentido o del uso preciso de la lírica: Calatrava es innovador, asiente el hombre, saca el pecho y hace mover sus labios como si registrara un sismo: su ruda delicadeza me abisma. ¿No lo has leído? Qué si, responde por nosotros la mujer y la situación difícil queda saldada, entonces pasamos de Nepomucemo Mac Calatrava a otras inquisiciones sobre la modernidad, la imagen del discurso, los géneros desdibujados: no hay que perder de vista a John Wayne, Exclaman ¿Ese no fue un actor que hizo de hombre duro en Hollywood? Preguntamos. Aquel patán no se reservó el nombre y apellido, responde con sarcasmo la mujer respingona, envuelta en una especie de chal que no termina de ser chal y pudiera ser más bien una ruana andina o un poncho de Sonora; hablamos de John Wayne el escritor Australiano, tienes que leerlo; sentencian: es algo más que Bukoswki, va por los meandros de Coetze que, por decir lo menos, se ha venido repitiendo mucho últimamente. Debes leerlo. No recomienda, manda.


Los escritores se mueven en ciertos círculos y como ya se sabe en casi todos los círculos, la gente asume por el otro y nunca se asume algo distinto a las pautas de un incierto y gris sembrador de gustos; el hombre o la mujer que alimenta el snob y celebra las fórmulas e implanta una línea partidista, militante, religiosa o editorial en el ánima de las reuniones de los intensos; los inteligentes son adictos a los labradores de tendencias y a los sobreentendidos; y ahora a las fórmulas contingentes y exitosas. ¡Cuándo no! Este mundo no es de perdedores, casi proclaman y pasan a liquidar la profundización de un tema. Expresan sin rubor que de eso va la posmodernidad; sin embargo, en los siglos que nos precedieron, los círculos donde fluía el pensamiento "culto", eran tan superficiales como los que nos pudieran abrumar en el presente casi apocalíptico que vamos viviendo. Pareciera que todo radicase en la manera de bostezar o de hacer variaciones con la palabra "aburrido"


Escribo sobre Nepomuceno Mac Calatrava o sobre John Wayne, el australiano homónimo del boina verde, nuevo exponente de la literatura patética, estandarte perecedero de nuestro amigo Murmullos y de la intensa y cejijunta interlocutora. Las interlocutoras deberían depilarse el bozo, o masticar pastillas de menta o pegarle un chicle a los sonidos cursis que suelen resoplar.


El divertimento con mis amigos de coctel me lleva a pasear por otros escenarios, hago juegos retrospectivos y encuentro que en su momento la llama votiva estuvo a los pies de Antonio Tabucchi, Paul Auster y recientemente Michel Houellebecq; en medio de lectores y escritores más elementales, como no duda calificar a "los profanos" la amiga intensa, es el último premio nobel quien da la entrada, y toda la discusión literaria de salón, de levante o ligue buscaría inscribirse en las tendencias. A todos reconocerán como maestros lejanos e inaccesibles, faros sobre inexpugnables peñascos de sabiduría y riqueza estilística, la luz del mundo que se ha hecho verbo para rescatarnos del tedio y de la tan anunciada muerte de la novela o término de la literatura.


Deseo aclarar que no tengo nada en contra de Tabucchi, de Paul Auster o de Michel Houellebecq y Dios me libre de un desacuerdo con Nepomuceno Mac Calatrava o John Wayne; a los tres primeros los he leído con interés y entusiasmo, he encontrado en sus narrativas incentivos y gratificaciones, debo confesar, eso sí, que he llegado a ellos sin angustia, respetando mis ritmos de lectura, mis prioridades y sobre todo, sin destronar, sin hacer caer en desgracia a otros autores estimados, a los que suelo volver porque en mi caso han pasado la prueba del tiempo, por ejemplo El Lugar sin limites, de José Donoso, siempre me inspira o revela algo, nunca envejece, trasciende con mis horas y estimo con un vuelo subjetivo que trascenderá a mi tiempo.


En estos días, hace poco, realmente siempre hace poco de todo, incluso de lo más distante; en Cáceres, en el departamento donde me alojé, me encontré con dos libros; casualidades. El primero In memoria de John Ford, leí una pequeña y encantadora novela corta que recoge con intensidad y sencillez la biografía de la madre del escritor; en verdad la leí con calma, tardé en esas pocas páginas tanto como si tuviera ante mis ojos y por descifrar una novela de Dostoievski; recuerdo que un amigo me inquiría; le había dicho que estaba leyendo la novela, ¿No la has terminado? Y le respondía aún no. Ésa fue mi respuesta por una semana y el amigo, creo que comenzó a poner en duda mi capacidad de lectura. Esa novela me tomó un tiempo, me exigió un tiempo, una ralentización, una pausa; luego, había llegado a mí, no la busqué y me reveló a un John Ford fuera de moda y del muestrario de los sembradores de gustos; debo confesar que sentí entonces una especie de gracia, una epifanía, un legado intangible. Dejé la novela en el pequeño departamento que habité y desde entonces me he propuesto recordarla. Antes, hace unos meses, o hace un año, en una clase, uno de los participantes del taller que dictaba, me habló de su pasión por los japoneses, el señor Murakami, me dijo y luego lanzó la inefable pregunta ¿No lo has leído? Le respondí con laconismo: No. Creo que perdí su respeto, el alumno nunca volvió, lo defraudé; al no haber sentido una ansiedad perturbadora por llegar antes que nadie a Tokio blues, me restaba mérito, porque ¿Cómo no iba a haber leído a Murakami? Sucedió que pasado el tiempo, también en Cáceres, el libro de Haruki Murakami llegó a mi, lo leí y me gustó, y me continúa gustando El lugar sin límites de José Donoso, La invención de Morel de Bioy Casares y siento la inquietud de volver a Pio Baroja, ah, y la lectura del boom Japonés me ayudó a controlar la angustia por retomar a Mishima y Rynosuke Akutagua. Hay que ir lentos, hay que volver, nadar en el tiempo y de distintas maneras, como si hiciéramos dibujos en una piscina o fuésemos aquella mosca que vio Julio Cortazar volar de espaldas.


No me gusta aseverar, no me veo obligado a determinar si es correcto leer y escribir encañonados por la presión social como si fuésemos adolescentes preguntándonos si fumamos o nos quedarnos fuera y cortando nota, si nos intoxicamos con la droga de moda o nos mutilamos y marcamos la piel en los lugares indicados por la tribu de culto. Ahora bien, tomo mis prevenciones y sugiero mi tránsito vital, este ha sido ciertamente desordenado y se sistematiza en el vuelo de espaldas de la mosca aquella, en el dibujo de garabatos, nunca lineal, nunca dogmático. Sin procurar vender un axioma o una sentencia, puedo atreverme a compartir una humilde convicción: el arte, la expresión creativa, trasciende los dogmas. Trasciende al dogma de la academia, al dogma del Estado, al dogma del mercado y al dogma de la religión; trasciende a esos pequeños fundamentalismos que se enquistan en las tribus literarias; parafraseando a Camus, es rebelde, suele decir no y ese no en vez de negar afirma otras posibilidades e itinerarios. La negación es el sí, es paradójica, afirma y reafirma, devuelve la mirada y la proyecta, la detiene, la angustia o la sosiega.


Desde el momento en el que tomamos en serio el trabajo literario, desde el instante en el que reconocemos una voz y nos damos cuenta que contar con un sentido estético significa intervenir la realidad con el lenguaje, una mirada y un tono particular, no vivimos a gusto con lo que hubo ni con lo que hay, en todo caso creemos que podemos expresarlo de otra manera. Nadie escapa de la enajenación, pero todo el mundo debería sentir el impulso vital de resistírsele. Esto nos pone a contrapelo, no porque seamos iconoclastas per se, ni queramos destruir un mundo para fundar el nuestro, una idea en exceso romántica y muy perjudicial sobre todo en política, sino porque necesariamente la dinámica creativa diferencia y a veces excluye. No es un asunto buscado, sólo sucede cuando la autenticidad que no es necesariamente un movimiento de paradigmas, se impone sobre las corrientes de moda, los gustos de los sembradores y los dogmas de religión, de Estado, de grupo o de mercado. Siempre he creído que se escribe a pesar de y nunca con y junto a. Se escribe desde el exilio, se crea sin patria, sin clases, sin grandes arraigos, se busca la liviandad. Se mezclan los elementos en una alquimia individual; el peso es algo que ponderará un pesado; las situaciones y los personajes nos vuelven livianos, ellos requieren desnudos, algo así: respondan al mundo ficcional sin prejuicios, sean fieles a la historia, no al mundo. Exijan lealtad a la voz que los expresa y les da vida. Mientan, diría Onetti, sobre todo, mientan.


Los seres humanos hacemos cosas sin sentido, transgredimos leyes y a pesar de la derrota final, nos solemos rebelar al destino; y cuando comprendamos un poco de qué va el asunto de narrar, sabremos que detonamos acciones y estas irán en contrasentido; más que acciones protagónicas, terminarán siendo acciones antagónicas y ellas producirán las tensiones justas, las atmósferas y los personajes; el universo ficticio que encontrará una resolución en ese decurso terco; así la escritura. Escribimos como antagonistas de la realidad, es un tonto acto prometeico, pero ese accionar nos ubica por encima de la inmediatez, de la contingencia. A pesar de reconocernos en la contingencia, el lance siempre será más allá. Todo ello nos lleva a veces, muchas veces, a romper los consensos, a generar disensos y sin necesidad de alardear de una adolescencia eterna .


Las peripecias nos comprometen con las formas y el fondo de nuestras historias; y he aquí mi punto, a un autor se le puede exigir lecturas, se le puede exigir que se reconozca en un entorno, en un tiempo, al final todos somos hijos de los tiempos ¿Qué es el tiempo, ese endiablado tramposo? Se le exige oficio y calidad, pero, al menos en el campo creativo, los autores no se deben someter como divos fáciles a las corrientes y lecturas de salón, a las encuestas a boca de urna, a la presión social, al tatuaje o al piercing literario de la tribu, ni a los gustos creados por "Murmullos". Estas cosas que escribo, no pretenden ser el principio ni fin de nada, sólo son algo menos complejo y por ende más complejo porque escribir literatura, hacerlo con actitud, con la arrogante voz creativa, algunas veces ponderada, otra denostada y al frente o en contra de las tendencias inmediatas, termina convirtiéndose en una necesidad tirana. Algunos corren con suerte y tienen una compensación al momento de sus lectores, pero nunca en el sentido circunstancial de un actor en escena. En este universo solitario, la postergación es la medida y todo dependerá de un tiempo que el autor no maneja. Los tiempos son distintos, los ritmos diferentes, los garabatos en la piscina infinitos y el vuelo de espaldas, como el de la mosca de Cortazar, se convierte en el sinsentido más significante. Hacer literatura, en cierta forma y sin pretender ninguna destemplanza o tremendismo, es arriesgarse a vencer la resistencia de las corrientes, ser a pesar de ellas, pero sin aspavientos o sofocones.