sábado, abril 05, 2008

La tradición insolente

Damián Tabarovsky 05/04/2008

El País/ babelia

La literatura latinoamericana más radical ocupa una posición cada vez más hegemónica en el mercado. ¿Se puede ser excéntrico y central a la vez?, se pregunta Damián Tabarovsky. Apelando a una amplia nómina de transgresores, el narrador argentino rebate el Decálogo de Vicente Verdú sobre la novela contemporánea.

Hace unos días pasó por Buenos Aires Vargas Llosa. El jefe de Gobierno le otorgó el diploma de huésped de honor, junto con una medalla recordatoria con el escudo de la ciudad. ¿Qué interés puede tener un escritor en ser recibido por el alcalde? ¿Es allí, en el apretón de manos oficial, que el escritor consuma su legitimidad? (el otro punto de consagración es novela llevada al cine. Como si la literatura necesitara de un reconocimiento externo a ella misma -el estado o el mercado- para alcanzar su propia legitimidad). A mediados de los ochenta, Cortázar pasó también por Buenos Aires, proveniente de su residencia parisina. En esa época, la de los primeros años de la democracia, el escritor oficial era Ernesto Sábato y el presidente Alfonsín sólo tenía ojos para el autor del Informe sobre ciegos. Cortázar buscó infructuosamente ser recibido por Alfonsín, y al poco tiempo murió amargado por tamaña desilusión.

Volviendo a Vargas Llosa (¿pero habíamos dejado de hablar de él?) recuerdo una entrevista de televisión realizada hace cierto tiempo. Vargas Llosa establecía una especie de división internacional del trabajo intelectual. Según decía, a Europa le toca La Razón, la filosofía racionalista; y a América Latina, la literatura entendida en su faceta realista y mágica. En un sólo movimiento dejaba de lado las tradiciones más críticas y agudas de ambas orillas del océano: la filosofía europea que pone en cuestión la razón instrumental (de Wittgenstein a Adorno) y la literatura latinoamericana que sospecha del pintoresquismo, el realismo ramplón, y la hibridación cultural.

Ese olvido también parece imperar en Reglas para la supervivencia de la novela, el decálogo que Vicente Verdú publicó en este mismo suplemento en noviembre del año pasado. El corazón del artículo no está centrado en la literatura latinoamericana, sino -según me cuentan- sería una intervención en cuestiones internas de la literatura española. En verdad, coincido con algún punto del texto, como cuando señala que "la intriga debe considerarse un recurso estereotipado". Tiene razón: nunca la clave de una novela pasa por su argumento, eso es apenas un detalle. Pero me distancia cierta fascinación por la novedad proveniente de la tecnología. Si desconfiamos del Estado y del mercado como fuentes de legitimación para la literatura, ¿por qué suponer que internet, el blog o el MP4 son buenos consejeros? La fascinación por la tecnología es tan vieja como la tecnología misma, y no resulta muy alentadora para llevar a cabo un pensamiento crítico. En el capitalismo contemporáneo la tecnología nace siempre vieja, siempre hay otro modelo ya listo para reemplazar al anterior. A la literatura debemos demandarle otra relación con la temporalidad.

Pero lo que realmente me asombra es el comienzo del manifiesto de Verdú. Entre fastidiado y decepcionado, señala que los últimos cinco premios Herralde de novela han recaído sin cesar sobre escritores latinoamericanos. Como el cigarrillo a un condenado, un premio literario no se le niega a nadie (más allá de que yo no me presento a premios literarios, la idea de que haya ganadores y perdedores ya me desagrada. Y además estoy intentando dejar de fumar). Para avanzar en sus argumentos, en un tono irónico más bien fallido, Verdú escribe: "La novela que todavía se premia responde al molde tradicional y este producto no se cultiva con la debida dignidad sino en la periferia del sistema (...) La novela con argumento son productos que caducaron en territorios de la Metrópoli mucho antes de iniciarse el siglo XXI". Es curioso, pero Verdú parece no haber registrado una obviedad del mercado español. Las editoriales españolas vienen publicando con fruición, desde hace más de una década, a autores que encarnan una tradición absolutamente opuesta a la que describe Verdú: de Bolaño a Fogwill, de Aira a Bellatin, de Villoro a Levrero, cada uno con sus diferencias bien marcadas, son sin embargo autores que se salen de la linealidad narrativa, de la idea de que la novela tiene que tener una trama ascendente, personajes bien construidos, comienzos atrapantes y desenlaces inesperados. Al contrario, sus textos son raros, transgresores, eruditos, sofisticados, casi vanguardistas. Y detrás de ellos, en España se está publicando otra generación de escritores latinoamericanos más jóvenes como Carlos Labbé, Martín Kohan, Antonio José Ponte, Israel Centeno, Guadalupe Nettel u Horacio Castellanos Moya, que van en la misma dirección. Precisamente lo más interesante (y a la vez preocupante) es que el mercado español le ha dado gran lugar, quizás como nunca antes, a la más insolente tradición literaria latinoamericana: la que hace de la excentricidad su pasatiempo favorito, del desdén por los lugares comunes su carta de presentación, del malestar frente al estado de las cosas su tema de conversación y de la ruptura con las formas establecidas su tarea cotidiana. *

Si algo debería preocuparnos a los escritores latinoamericanos no es escribir bajo "el molde tradicional", como supone Verdú, porque eso sólo ocurre con los ganadores del Premio Planeta y con algún que otro escritor de taller literario, sino el hecho de que esa otra literatura, la más radical, la más desafiante, ocupe una posición cada vez más central en el mercado. ¿Se puede ser excéntrico y central a la vez? Supongo que esta pregunta debe ser demasiado compleja para Verdú, más allá de que él use términos parecidos, como "periferia del sistema" y "Metrópoli" (así, con mayúscula). En fin, todo esto me recuerda una frase de Héctor Libertella. Libertella, muerto hace un par de años, fue el más vanguardista, culto, libre, talentoso y genial escritor argentino contemporáneo (¡Todavía no publicado en España!). Decía Libertella: "Si Argentina es un país periférico en el mundo, su escritor más periférico será entonces centralmente argentino. A mí me ha costado mucho sostener esta paradoja... ¡Cuanto más marginal, más central!". -

Damián Tabarovsky nació en Buenos Aires en 1967. Sus últimas novelas publicadas son La expectativa y Autobiografía médica, ambas en la editorial Caballo de Troya.
*subrayado de la casa