martes, abril 08, 2008

Gracián y Prosperina




Gracián tenía dos plumas para escribir, una la mojaba en tinta azul, la dejaba correr sobre el papel amarillento y escabroso de pergamino donde anotaba sus ideas menos concluyentes; no alcanzaba a escribir un pliego, le disgustaba volver sobre el tintero; entonces, su pensamiento desfilaba al vuelo del elegante estilete negro, picado con destreza en sus partes blancas y señalado por indicios ambiguos sólo para dibujar verdades a medias. Mi trabajo es hermético, le dijo a Prosperina, el tiempo del arte no es el tiempo de los hombres, tampoco el de Dios respondió ella y le regaló una pluma Waterman dorada, precisa, de ajustado trazo y él alcanzaba a llenar con nervioso pulso una libreta verde de veinte páginas, para la posteridad, sonreía al pensarlo, no somos nada y nada nos contiene, cuán vanidosas peonzas, querida, miseria irrelevante, estas son las cosas que guardamos para escribirla en una línea difícil y sutil. Ella le dijo una tarde húmeda de invierno tropical, Gracián te quiero un poco más que a mi gato, toda una reina, sabía besar desprevenidamente; recordaron así un pasaje de Ricardo III, eran intensos, descuidados, frívolos pero intensos: la reina cautiva a veces, abeja reina sólo con los amantes. Qué forma de reír y consumirse en el orgullo de sus contiendas malcriadas, estamos hechos el uno para el otro: concederlo sería una derrota, la tuya o la mía. Gracián se ocultaba en sus despacho, el lugar donde guardaba con celo una Bereta 9 mm de trece tiros y su computador portátil, a veces entre un capitulo y otro de la novela que escribe abría un compartimiento de su pequeño escritorio y acariciaba la pistola, era una caricia voluptuosa que le recuerda, cada día lo hace una vez más, un determinado episodio del Decamerón, el señor mira inflamado de orgullo a su halcón dar vueltas en el cielo azul del mediodía italiano, Gracián vuelve la cara hacia la ventana y ve parte del cerro que lo sobrecoge, le hace pensar en un paisaje común a algunos países que extraña, en esos momentos decide doblegarse, qué importancia tiene hincar las rodillas sobre los abalorios de Prosperina, concederle todas las victorias en un mundo sin triunfos duraderos, el verdadero amor, es este, la abraza y recorre con la lengua sus pezones, lame sus muslos, sopla y sopla hasta derrumbar todas las fortalezas, lo pone al vuelo en el pergamino porque desea esconderlo del entendimiento profano, todo lo que conocemos se ha construido con traiciones Prosperina, la lealtad es contraria a la naturaleza humana, esas son frases tramposas, vuelve al pasaje del Decamerón, piensa en los Colonnas y en los Orsinis, Prosperina, Properina qué voy a hacer contigo, que vas a hacer conmigo: lealtad entre desleales a las sombras de los cipreses, la de Lucrecia y Cesare: el príncipe plagió las cartas a una dama de Florencia y se hizo pasar por ella, dicen, causó gran amargura a su hermana y le redituó celos y pasión, muy enfermo, muy torcido; darle la vuelta a un año, a dos años y sentir exactamente igual rehace la esperanza en el sinsentido; a Gracian le gustan las armas, las plumas y los animales de cetrería, a Prosperina ¿Qué le gusta a Prosperina?