miércoles, agosto 13, 2008

Asma

Los enanos llevan un diario, de eso sabe el maestro Eduardo Liendo, son los personajes de una opera donde ridículos e infelices acarician y peinan al gato de sus ambiciones; no usan la cresta de Elvis ni tartamudean como Claudio el gallo al sentenciar sus diminutas intensidades. A veces se los mira como a cualquier otro; algunos poseen la luz de las figuras míticas que merodean en los cantos de las quebradas o en los espejos de agua; pero me interesa resaltar en este divertimento a quienes tienen manos femeninas proporsionalmente más pequeñas en contraste a sus mermados contornos; manitas de ratas; aún así, estos fenómenos casi siempre devenidos del pequeño Napoleón son recreados por caricaturazcas manchetas trazadas en tinta china en los pliegos de pasquines decimonónicos; nunca pasan desapersividos, tienen la suerte de las hienas, y la sonrisa también, son conjurados por algún rey tuerto en un país de ciegos y de esta manera merodean con sus lentes gigantes las recurrentes pesadillas de los mortales a quienes les tiene ojeriza; vengativos, se empinan sobre la punta de sus zapatillas de bailarinas, giran en torno a sí mismos manipulando o haciendo piruetas con un banano y dos naranjas hasta desmedir la sombra de sus egos; entonces hacen gala de un ruidoso tutú, usual detalle, sorpresa previsible de sus fiestas más osadas. En sus rostro se dibuja el rictus y la sarda de algunas figuras de museo de cera, se hechan encima el impermeable rojo y la caperuza del asesino en serie de "Don`t look now" y emprenden sus correrías en las horas más perversas del ocaso vespertino por los laberintos de Venecia; impostados y traviesos, con un aire gálico, se encaraman sobre sillas y podios para cloquear como los pavos del día de gracia o los pollos brasileños de un mercado populista. Traman sus vendetas por años; a pesar de sus mezquindades, no se ahorran ensayos de cabriolas y literalmente pasan por debajo de la mesa de todos los acontecimientos buenos y malos de su tiempo, poseen la suprema habilidad de salir ilesos de los accidentes de la historia porque son aváros y andan reclamando sin pudor una libra de carne por allí; en cualquier parte donde viva su figura gemelar: el ácaro.