domingo, enero 11, 2009

1984 de George Orwell


Israel Centeno

Para comprender 1984 debemos precisar con claridad el significado del término “distopía” o “anti-utopía”. Si la utopía prefigura el mejor de los mundos, la libertad definitiva, el sueño cumplido de todos los hombres, la distopía es el peor de los mundos, la pérdida de libertad definitiva y absoluta, la sujeción al poder, el poder absoluto sobre la voluntad humana. Y paradójicamente, mientras más definitiva sea, más felicidad expresará el hombre que la habita.

Si bien las utopías van a adueñarse del imaginario colectivo e individual a partir de la obra homónima de Tomás Moro (1516), y van a buscar su realización política real en las misiones jesuíticas del Paraguay, o en los falansterios de los socialistas utópicos franceses del siglo XIX, en el socialismo fabiano de H.G.Wells o en el determinismo de Jack London, se van a separar en algún momento de la teoría política y pasarán a un territorio exclusivo de la creación literaria. Podríamos pensar que dieron inicio al género conocido como ciencia ficción y a la novela de aventuras contemporánea. La literatura utópica recurrirá a viajes fantásticos, a territorios lejanos donde se desarrollarán los modelos de felicidad suprema propuestos.

Una de las obras fundamentales de la literatura utópica podría decirse que es Erewhon de Samuel Buttler (1872), cuyo título, leído al revés, significa “ningún lugar” (Nowhere) o mejor dicho, “utopía”. Pero el conocimiento del mundo tiene un límite, y la realidad se impone a veces de manera contundente. En 1911, tras la conquista del Polo Sur, no había lugar en mundo donde el hombre no hubiera estado, y quizás, para mayor dato, no había realidad inexplorada o condición humana ajena y desde entonces la búsqueda de la utopía se enfocó hacia un tiempo futuro o hacia otras tierras, otros mundos. Ambos géneros utópico y aventurero, confluirán y se acentuará la producción creativa de la ciencia ficción. La Máquina del Tiempo, El Hombre Invisible, El Llamado de la Selva. Llegarán los años de las grandes guerras y éstos cambiarán la apreciación del universo. Sobre todo, del hombre y su futuro.

Por una parte, la revolución soviética sugerirá que la utopía es posible, pero no tardarán en irrumpir, particularmente a través de la literatura, las advertencias serias, puntos de vista distintos, señalando quizá lo espantoso que podría convertirse el futuro si el poder se fortaleciera y usurpara la voluntad individual, si el poder se concentrara en pocas manos o en una sola persona, si el sueño colectivo fuese usurpado por un líder que se apropiara de la maquinaria del Estado. Y si todo ello, haciéndose realidad, terminase por manipular la percepción que tienen los hombres sobre su mundo, quienes sufren una drástica pérdida de libertad, proclamarán en ese mundo de restricciones, la mayor suma de libertad nunca vivida.
Nosotros de Yevgueni Zamiatin (1921), Un mundo Feliz, de Aldous Huxley (1932), y La guerra de la Salamandra de Karel Capek (1936) son las primeras obras en este sentido.

Pero será 1984 la que se transforme en la más famosa distopía, la culminación de una tradición literaria que nos advierte de los peligros de la concentración del poder y sus manipulaciones sobre la realidad y la verdad, la facultad del totalitarismo para exterminar al hombre asesinando su memoria, su discernimiento; ultimando con propaganda y manipulaciones el pensamiento libre: una mentira sobre un hecho real desdibuja a la verdad y una mentira sobre la mentira desdibuja a la mentira que antes desdibujara; así, hasta la inexistencia de la mentira o la verdad, hasta entronizar un no pensamiento.

George Orwell, tras su experiencia en la guerra civil española, sufrirá una importante fractura en sus convicciones que lo llevará a declarar que el comunismo ortodoxo es otra forma de dictadura equiparable al nazismo. Todo ello luego de haber sido testigo de la represión estalinista y de las purgas de los trotskistas y anarquistas en el frente republicano: luego de vivir la experiencia de la autogestión colectivizadora en el frente aragonés y de ser testigo de una guerra civil dentro de la guerra civil: el Ejército de la república armado por la Unión Soviética y la Internacional Comunista persigue, captura, fusila, desaparece y desmoviliza a las milicias trotskistas y anarquistas. Dos caras de una misma moneda. Orwell va a denunciar la manipulación informativa y propagandística del estalinismo, la que hizo olvidar, por ejemplo, los hechos de Barcelona como si no hubieran ocurrido jamás.

Desde ese entonces Orwell ya maneja el argumento de lo que serán sus dos obras distópicas Rebelión en la Granja y 1984. En Rebelión en la Granja, escrito en 1945, se construye una fábula: unos animales se rebelan y desalojan de una granja al propietario para asumir su autogestión. Es una parodia al comunismo estalinista. Podremos ver por ejemplo que el cerdo mayor es un remedo de Lenin, quien antes de morir señala los derroteros a seguir para alcanzar la liberación del yugo de los humanos. Sus herederos, Napoleón (Stalin) y Snowball (Trotski) pugnarán por el control de la granja. Esta historia pone ante los ojos del lector la progresiva degradación de los ideales revolucionarios. EL libro en su momento encontró dificultades para ser publicado, porque fue escrito entre 1943 y 1945, años en que la alianza con la Unión Soviética era importante para Occidente y su participación en la guerra resultaba decisiva para una victoria en contra de la Alemania nazi.
Esto llevó al autor a expresar con amargura: “Cualquier crítica seria al régimen soviético, cualquier revelación de los hechos que el gobierno ruso prefiera mantener ocultos, no saldrá a la luz… Vemos, paradójicamente, que no se permite criticar al gobierno soviético, mientras que se es libre de hacerlo con el nuestro. Será raro que alguien pueda publicar un ataque contra Stalin, pero muy socorrido atacar a Churchill desde cualquier clase de libro o periódico.”

Es este Orwell decepcionado, amargado y marginado, sujeto de una paradójica censura, quien ha perdido a su mujer y padece de una tuberculosis que poco a poco lo postra, el que concibe 1984, la novela distópica más célebre de cuantas se hayan escrito hasta ahora.

En 1984 el mundo está dividido en tres grandes superpotencias: Oceanía, Eurasia y Asia Oriental. Oceanía abarca a América, Australia, Gran Bretaña y el sur de África. Eurasia nace de la expansión por Europa de la Unión Soviética. Y Asia Oriental es conformada por la China, Japón e Indochina. El mundo libra una guerra sin fin en la que se enfrentan las tres potencias, en una variable situación de alianzas y rupturas. Al comenzar la novela, Oceanía está en guerra con Eurasia, siempre ha estado en guerra con Eurasia y es aliada de Asia Oriental. Al terminar el libro, será todo lo contrario. La novela también nos cuenta la vida de Winston Smith, un funcionario del Departamento de Registro del Ministerio de la Verdad, organismo encargado de falsear la realidad y manipular a la opinión pública. Smith es un cuadro insignificante del todopoderoso Partido Exterior. Muy aparte y lejano de cualquier miembro del Partido Interior, la auténtica élite o nomenclatura, siempre liderizado por el omnipotente Gran Hermano, pero Smith está por encima de “los proles” una clase inferior.

En un momento dado, Smith comete un crimental (crimen mental) un recuerdo remoto de la infancia sobre su madre y un error del aparato que pone en sus manos los expedientes de dos antiguos y leales funcionarios caídos en desgracia y condenados a ser convertidos en no persona y vaporizados, lo llena de certeza acerca de las manipulaciones que hace el partido sobre la realidad. El trabajo de Winston Smith es alterar la prensa de tal manera que las noticias que incomodan al partido sean sustituidas por la “verdad oficial.” Es un hombre encargado a través de esta labor, de despojar de existencia a otros hombres ante los ojos del mundo, de convertir en “no persona” a supuestos traidores que en algún momento cometieron crímenes mentales contra el partido.

En Oceanía manda el IngSoc, es el partido, el partido es el Gran Hermano y tiene tres lemas: La guerra es la paz, La libertad es la esclavitud y La Ignorancia es la fuerza.

El primer acto criminal de Winston Smith es comenzar a escribir un diario personal a espaldas de las pantallas que lo vigilan. Escribir a solas es pensar libremente. El segundo delito, que rompe su sumisión al partido, es quebrantar la abstinencia sexual. Winston se enamora de Julia. Julia es una mujer militante de la Liga Juvenil Antisex y también trabaja en el Ministerio de la Verdad, pero en el departamento de novelas, encargado de escribir pornografía que será distribuida encubiertamente entre los proles para hacerles creer que consumen un producto ilícito. En esa sociedad el sexo es abominable, genera pensamientos que conducen erróneamente a creer en la satisfacción individual y no en la satisfacción que brinda el partido. Está prohibido el amor. Los habitantes de Oceanía no tienen más alternativa que el odio. Es el tercer y más fuerte motor de la sociedad de 1984. ¿Odio a qué? ¿A lo extraño, al extranjero, al contrario, al partido? Ese odio se expresa en una propaganda omnipresente y violenta de ejecuciones, de escarnio público, de traslados de prisioneros de guerra y se expresa diariamente en los dos minutos de odio contra Emanuel Goldstein, el enemigo de Oceanía. Es el único instante donde se abre una válvula de escape, todos los instintos primarios expresan un odio irracional y se superponen a imágenes donde aparece Emmanuel Goldstein, matanzas, agresiones de un lejano enemigo. Odiar a Goldstein es amar al partido y al Gran Hermano. Dudar de la maldad de Goldstein es el peor crimental.

Winston Smith comete tal crimen. Winston odia al partido, odia al Gran Hermano y quiere resistir, unirse a “la hermandad”, una organización clandestina que no sabe si existe en realidad o no, supuestamente promovida por el propio Goldstein. Pero quien lo capta para la hermandad, paradójicamente es O’Brien, un funcionario del Partido Interior, Policía del Pensamiento, quien lo delata y entrega al Ministerio del Amor donde lo torturan y vejan, lavándole el cerebro. Lo conducen a la habitación 101, un lugar donde aniquilan al individuo que ha cobrado conciencia de individualidad, allí lo confrontan con sus fantasmas más temidos, con sus recurrencias horrorosas; lo humillarán y llenarán de pavor hasta hacerlo renegar y traicionarse a sí mismo, traicionando a Julia, a su amor. El amor por Julia es la muestra fehaciente de su individualidad. Al Ministerio del amor no le interesa la redención sino el quiebre de las convicciones: si te muestran cuatro dedos y el hermano mayor dice que son cinco, debes creer verdaderamente que son cinco los dedos. El triunfo del poder se fundamenta en la depauperación, en la abjuración de todo valor propio y en el lavado de cerebro; culminar pidiendo con humildad un favor: amar al Hermano Mayor hasta el día en que se decida suprimirlo; Smith confesará su culpa y agradecerá, cada segundo, incapaz de expresar un pensamiento que no le haya sido sembrado, de esta manera denigrará de su humanidad, dejará de existir, no será; luego, lo vaporizarán.

Para concluir, 1984 presenta la única manera de hacer perpetuo un régimen totalitario, falsear la verdad, consolidar la mentira. Para que el sistema funcione hay que acabar con la disidencia y el crimen de pensamiento es el mayor delito. Para conjurarlo hay que manipular el pasado, desaparecerlo “Quien controla el pasado, controla el presente, quien controla el presente controla el futuro.”