viernes, mayo 29, 2009

Habsburguesana


Lutecia respingó en busca de aire, parpadeaba e inquiría muecas sentada frente a una de las mesas de la terraza de una pastelería; ostentaba el rostro quisquilloso de la revancha; el primer hijo y la felicidad propagada hasta el énfasis por las campiñas de concreto y las vitrinas de los reductos por donde escapaba, proclamaban la dicha de su fuga con el amante y el segundo matrimonio. Decía Anna enfática: eso de “soy feliz y estoy completa” delata una vida pegada a las cuatro caras de un cubo mágico: reían; un día de estos la duquesita se encontrará con el Señor y saldrá a proclamar su palabra; risas y discretos golpes de codos. Lutecia no deseaba rebatirla. Lutecia estaba feliz, regocijada en la felicidad mínima y exultante de la vendetta. Le pasé las foto de la Habsburgo a ese de quien se ocultaba con rabia, le tomé fotos con el celular y las envié, lo imagino, es un hombre decoroso y se guarda de mostrar en público sus grimas o sus escrúpulos, avejentado habrá sentido crujir sus años, no pierde detalles; Como quien no quiere la cosa hice algunas ampliaciones, sus brazos parecían piernas, las manos fibrosas ¿Él recordará sus dedos? Lo sé todo, a pesar de simular sus cosas una entiende las mareas masculinas; sí, los recuerda con reverencia: me respondió un mensaje de texto, lo tomé como una rendición, los encuentros en sus Mensager fueron una entrega, a veces me mantengo oculta y siento sus flujos y reflujos y entonces paso el archivo, allí está ¿Cómo la verá? Mataría por saberlo. Anna se acomoda sobre la silla y apenas sorbe algo de manzanilla de su taza, la mañana estalla contra los espejos de las vitrinas y las escaleras eléctricas parecen distorsiones del paisaje. También sabe cosas, lo enterneció mucho medir la circunferencia y desentrañar la imagen de un tonel, mirar surgir de la luz revelada a una ratona obesa con la expresión chica y sus ojitos a reventar, los tobillos eran pomos crepitantes embutidos en las zapatillas apropiadas, pobres articulaciones, la amortajaba ese camisón de encajes de orlas grises , elegante, recordaba ciertos rasgo hermosos defendidos por el heroico maquillaje, no era nada sin maquillaje, desaparecieron de su rostro las expresiones más queridas, sus pómulos abotagados y el mentón romo dibujaban una fruta de agua magullada, tarde o temprano a los Habsburgo le aparece el rostro del jabalí y la sonrisa triste de los perdigueros; esa imagen fue la que más le impactó al fulanito, se la subí con el temblor de la refriega a su correo electrónico. Lutecia y Anna terminaban sus infusiones e intercambiaban folletos de ropa íntima, la bulla rasgaba la armonía de las primeras horas en el centro comercial y el día decantaba sus luces en el juego luminosos de las resolanas de verano. Casi se sale con la suya, pero junio fue imposible, ella está en casa contando esas marcas indelebles en su piel, suspiran ambas agarradas de manos, urdiendo una travesura para el véspero, de alguna manera se sentían vengadas, en otro momento Lutecia y Anna habían sido la corte de una soberana y ahora la reina camina sobre huevos por la calle de la amargura; les gustó la expresión y rieron de nuevo, acercaron sus mejillas para rozar un beso y llegaron a musitar,

-Incluso el acromegálico ha ganado centímetros de cintura: así son los Habsburgo, un detalle de realeza.