miércoles, mayo 27, 2009

Romanas


Eso quería decirle, si pudiéramos hablar con Incitatus, encontraríamos algunas respuestas a los dilemas que desde hace algún tiempo erosionan toda posibilidad de… y volvimos a hablar de ríos navegables y del océano mar, un asunto complicado por sus aristas, repetía, la libertad es una ilusión y tiene sus barras, no te creas, el hombre libre es un hombre sometido a la tiranía de esa ilusión, de esas cosas hablábamos ahogados por los vientos de un verano fuerte que bajaban desde la montaña, soplo incendiado por la blancura y los destellos del día exageradamente azul, quise recordar cosas, retomar frases de los romanos pero no se me daban, recordé algunas historias y se me vino a la mente esa terrible incidía sobre el cinismo, es el estado terminal de una persona, de un país o de una civilización y volvemos con eso, el bla bla bla cotidiano, la daga en el pecho, el sufrimiento, un melodrama o demasiado cinismo , es un despelote la descomposición, es el peso autoritario, la totalidad, el ya no va más y el qué se le va a hacer, el mundo marcha de esta manera y punto y la amiga que te conté me habló de la necesidad de un renacimiento espiritual, de qué va el asunto, inquiero y me responde, en la recomposición del sentido de la religiosidad, es demasiado, soy laico, le dije y entonces recordé el asunto de la enfermedad moral, del cinismo y las orgías de palacio, y sin embargo cabían las preguntas porque comenzaba a pesar tanto dentro de mi cabeza la digestión sin más de la resignificación de la esperanza, hasta lo insoportable; es como una llaga tener esperanzas, repetía, el lázaro en la nariz carcomiendo el rostro público y no tenerlas de veras, respondió alguien, decir esta vaina se acabó y como el vacío no existe, mientras puedas decir esta vaina se acabó, necesariamente la premisa dará lugar a un renacimiento, a una mirada a la Florencia de Los Medicis, una cagada, demasiada paja, la brisa insiste en armar figuras de fuegos invisibles en este verano desolador y los ardores se hacen ulceras, Incitatus y las esposas de los senadores tendrían mucho que decir al respecto o los pasquines de Catulo, uno que otro pensamiento de Marco Aurelio.

Los pinos en las colinas romanas están cenizos y el amor de quienes se han atrevido a nombrarlo es un queso y hace aguas en una bandeja bajo la inclemente canícula del mediodía temprano.