domingo, octubre 25, 2009

Bosquejos para un cuento de navidad




Cada navidad era lo mismo, la obligación de hacer las hallacas, una tarea impuesta al gusto de una sola persona, nunca fue el trabajo en familia, fue un trabajo piramidal, se organizaba desde un mando único y con el criterio del centralismo democrático de los partidos estalinistas; a nuestras fiestas venían los camaradas, a veces eran muchos y por ratos abandonaban la seriedad del compromiso y de la mística para darle paso a algunas emociones ; se hacían guiños o comentarios sobre mujeres hermosas y autos. Buenas hallacas, celebraban. Buena la ensalada, y se repartía con sentido equitativo, tres, cinco, diez para ellos, algunos héroes todavía anónimos y muy lejanos del poder (siempre es una quimera o un reto, muchos los llamados, pocos los elegidos) y una para nosotros. A veces nos dejaban repetir un bollo. A eso de las tres de la tarde se comenzaba a escuchar a Mercedes Sosa, esa voz nos causaba sentimientos de mierda, pobre, nada que ver la negra Sosa con esos sentimientos, pero sí todo lo demás. Más tarde la radio; eran tiempos de radio y por esos aparatos a veces con discos, se colaba un recuerdo de París y Los Hermanos Arriagada. Era patético. Visto desde ahora es patético y desde cualquier momento sería patético, pero en el tejido de aquellos períodos de lapas se colaba la ternura. No. Una mierda. Y eso era la ternura, el sentimiento pequeño burgués de querer ir a abrazar al abuelo (de tener permiso). Los visitantes recordaban, lloraban o pasaban los días de ocio revolucionario leyendo o discutiendo cosas sobre la revolución en Cambodia. En una de esas navidades, una tía nos regaló una bicicleta o un par de patines, éramos tres patinadores; luego seis pies. Entendíamos el criterio de compartir el pan, pero ¿los patines? Nos daban permiso o nos escapábamos para lanzarnos en bicicleta por la explanada frente al bloque, un hermano junto al otro, o el hermano y la hermana, hasta el día del descubrimiento: ¡un hueco! y la caída; la bicicleta voló y luego dio una vuelta , las piernas, las muecas, los brazos; una imagen maravillosa. Mi hermana casi se fractura los dedos y pierde los dientes. En diciembre bajaba mucha neblina desde el Junquito, era un mes perfecto, diciembre frío y con miedo, pero cuando pasábamos las fiestas al otro extremo de la ciudad, era más cálido, nos gustaban más los diciembres en el oeste o al pie del Ávila, en realidad nos gustaba pasar las navidades y despedida de año en la casa de mi abuela aunque ellos no celebraran las fiestas. Fueron muchas navidades como esas y en dos oportunidades activamos el plan de contingencia, un asunto serio muy pensado y sencillo, aprendido desde siempre, se trataba de salir pitando, sacar toda la artillería y hacer una mudanza en segundos sin dejar ningún rastro, operaciones eficientes y perfectas, sin muertos. Luego les hablaré sobre los zapatos rojos y las medias blancas de mi hermana pequeña, porque esto es sólo un bosquejo para escribir un cuento de navidad que me debo.